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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Joy Laville, in memoriam

El 13 de abril alleció la pintora Joy Laville, víctima de un derrame cerebral. El pasado septiembre cumplió noventa y cuatro años y, según confesó en entrevistas recientes, no tenía ganas de morir. Desde 1984 vivió aislada y serena en Jiutepec, Morelos, donde se conservó rozagante hasta el final de sus días, dedicada sin tregua al ejercicio cotidiano de la pintura. En 2012 fue merecedora de la Medalla Bellas Artes que otorga el inba y del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de las Bellas Artes. En 2015 tuvo sus últimas exposiciones en la Galería de Arte Mexicano y en el Centro Cultural Jardín Borda de Cuernavaca, donde cautivó al público con sus imágenes siempre rebosantes de frescura y espontaneidad. Joy Laville lega a la historia del arte mexicano una obra única en su originalidad y carácter personal, siempre fiel a un estilo propio e inconfundible. Una pintura llena de metáforas poéticas con guiños autobiográficos que oscilan entre la nostalgia, la sensualidad y la ensoñación de sus personajes imbuidos en espacios íntimos y paraísos perdidos.

Joy Laville nació en Isle of Wight, Reino Unido, en 1923. A sus diesiséis años de edad estalla la segunda guerra mundial y recién cumplidos los veintiuno se casa con Kenneth Rowe, un oficial canadiense con el que viaja a Vancouver escapando de la catástrofe europea. Ahí nace su hijo Trevor, pero el matrimonio se desmorona al cabo de nueve años y ella decide emigrar a México con su pequeño. Por sugerencia del cónsul de Inglaterra en Vancouver, elige San Miguel de Allende, con la idea de estudiar pintura en el prestigiado Instituto Allende. Ahí conoce al pintor de origen suizo Roger von Gunten, con quien entabla una relación artística y sentimental. Si bien Von Gunten era diez años menor que ella, su pintura ya tenía un rumbo definido y Joy supo abrevar en sus fuentes, aunque nunca fue propiamente su maestro, como se ha mencionado en repetidas ocasiones. La relación dura dos años que fueron mágicos y trascendentes en el desarrollo artístico de la pintora. En 1964 conoce al escritor guanajuatense Jorge Ibargüengoitia, y su destino da un giro inesperado e inicia la etapa de mayor creatividad y gozo en su vida. Ese mismo año tiene lugar su primera exhibición en el Instituto de Bellas Artes de San Miguel y en la Galería Turok Wasserman en Ciudad de México. En 1966 es invitada a participar en la controvertida exposición Confrontación 66, integrada por los incipientes artistas que más tarde pertenecerían a la llamada Ruptura y, ante el asombro de todos, recibe el Premio de Adquisición. Para su gran fortuna, Inés Amor –la galerista más respetada del país– descubre su trabajo en esa exhibición y se encarga de catapultarla a las primeras filas del arte mexicano.

En 1973, Jorge y Joy se casan y viajan a Inglaterra, Grecia y España. La vida con el escritor es una caja de sorpresas y sus recorridos por el país y por Europa marcan de forma indeleble su pintura. En esa época se consolida el universo idílico de Laville en el que sus paisajes intimistas se entreveran con los parajes visitados, aderezados con la experiencia amorosa y su inagotable capacidad de ensoñación y evocación. En 1980 se quedan a vivir en París y su pintura deviene cada vez más poética en su forma y contenido. Como es bien sabido, Ibargüengoitia muere en 1984 en un trágico accidente aéreo que significa para Laville un parteaguas en su vida y en su obra. Joy vive interminables días de dolor, decide regresar a México y se instala en Jiutepec. Ese mismo año se le dedica una exposición en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Dos décadas más tarde tiene lugar una gran retrospectiva en el Museo de Arte Moderno (MAM).

La simplificación de los elementos y la reducción de la composición a lo básico en una paleta de colores fríos y tenues dotan a sus obras de un carácter etéreo, inasible. Sus temas se reducen a la figura humana, sensuales desnudos femeninos o diminutos personajes que apenas se vislumbran en la monumentalidad de una naturaleza exuberante, el candor de sus flores apasionadas y, por ahí, de pronto, un animalito despistado. La fuerza arrebatadora del mar y la inmensidad de los cielos apastelados están siempre presentes como atmósferas del alma. Pequeños aviones atraviesan una y otra vez sus horizontes. En uno de ellos se fue Jorge para nunca volver y en otro elevó su vuelo Joy hace unos días para alcanzarlo en el espacio infinito. Nos deja un universo pictórico pleno de paz y armonía que despierta un gozo profundo e invita a la contemplación.

 

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