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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Macrodatos sonorosos

Si ha puesto atención al escándalo que vincula a Facebook con la compañía británica Cambridge Analytica, lectora, lector, sabrá que la interpretación de información masiva que arroja internet permite manipular a usuarios con una efectividad impensada por otros medios. Para decirlo de una forma menos oscura, el mundo virtual puede moldear “realidades” para cada uno de sus visitantes si cuenta con los medios suficientes. ¿Cuáles? El más poderoso es la “minería para inteligencia de datos” que inicia, para empezar, cuando los usuarios aceptan términos que no entienden ni investigan al abrir una cuenta de servicios.

Así las cosas, no importa si se trata de una aplicación, una red social, correo electrónico o un juego en línea, las condiciones contractuales que dejamos de leer nos han colocado en una vulnerabilidad insospechada. Esto ocasiona que la supuesta libertad con que navegamos se nos vuelva en contra, avasallándonos con noticias falsas y entornos lesionados por marcas y políticos amorales, quienes poseen tecnologías para desentrañar y usufructuar la llamada Big Data o Información Masiva: ese cúmulo de números astronómicos que contiene nuestro comportamiento más íntimo y que puede ser aprovechado con distintos algoritmos. ¿Qué tiene que ver eso con la música? Mucho.

Cuando se renegocia un tratado como el TLCAN, supeditados como estamos a instituciones culturales anacrónicas, corruptas y de carácter bananero, parece muy grave que temas de propiedad intelectual y derechos de autor en internet queden a expensas de intereses extranjeros, máxime en un entorno tecnológico como el descrito. Esto supone que la lucha entre creadores y usuarios de servicios digitales dificulte cada vez más un balance justo. Así se ha visto en las negociaciones del Mercosur con la Unión Europea, pues mientras una parte desea mayores libertades para el consumidor, la otra endurece límites y sanciones en el aprovechamiento de las obras artísticas. Ambas posturas son válidas y maleables desde perspectivas humanas, pero no desde la macroeconomía insensible.

En el centro de ese huracán invisible al que no se le presta atención mediática, se hallan miles de personas abogando por rutas intermedias; propuestas innovadoras que llevan años gestándose en pos de una globalidad democrática en la que se respete el valor de las ideas, pero sin promover una parálisis por intereses puramente comerciales. Tal es el origen de conceptos como el software libre, el código abierto y el copyleft. Igualmente está Creative Commons, una de las iniciativas que más lejos ha llegado en estos asuntos. A través de ella artistas, programadores y científicos –entre otros profesionales– consiguen licencias creativas que los protegen al tiempo que comparten su conocimiento e impulsan a otros para evolucionar en conjunto.

La plataforma establece tres capas de derechos: legal, humana y web. La primera es formal y se asienta en el lenguaje especializado de los abogados; la segunda es una suerte de traducción para el común de los humanos y la tercera está en código para que los motores y robots de búsqueda puedan interpretarla, de tal suerte que se estrechen lazos entre quienes han decidido proteger el producto de su ingenio y trabajo, pero poniéndolo al servicio de metas colectivas sin fines de lucro. Es decir que, por extraño que parezca, la decisión de “regalar” u ofrecer bienes intangibles gratuitos ha puesto en jaque a las leyes tradicionales de protección autoral, muchas veces al servicio de compañías y gobiernos leoninos.

Así es. En un mundo que exige soluciones pragmáticas como Youtube y Spotify (pagar o ver comerciales a cambio de contenido ilimitado), y que en su contrato advierten sobre la explotación de información personal por compañías asociadas; en ese mundo los músicos quedan sin rumbo financiero, a expensas de lo que se decida sin ellos, en medio de un sándwich que por un lado tiene a expertos en Big Data y negocios, y por el otro a consumidores egoístas que viven como ratones en Hamelín, siguiendo ciegamente a los grandes titiriteros...

¿No llegamos a nada con esta queja dominical? Es cierto. Lo sabemos. Una disculpa. Este abismo nos supera por mucho. Lo importante, por lo pronto, es saber que allí está y que los espejismos han cambiado de constitución en el desierto de la supervivencia musical. Ahora se embeben en unos y ceros y con cada paso hacia ellos –con cada click– son los verdaderos artistas quienes van desapareciendo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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