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Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

Eliseo Diego y el pez de indestructible púrpura

La figura de Cristo es uno de los temas más recurrentes en la literatura occidental; su presencia, a lo largo de casi dos milenios, impregna el pulso de la dinámica cultural desde que el imperio romano, antes perseguidor de su culto, terminó por adoptar el cristianismo como religión oficial. Por lo general se cree que el pez representa a Cristo por ser “pescador de hombres” o por la multiplicación de los panes y los peces, pero en realidad el símbolo deriva de un “acróstico” continuado, como bien lo explica Helena Beristain: “Las letras de la palabra pez en lengua griega (ICHTHYS) denominaban simbólicamente a Cristo entre los primeros cristianos, pues las letras eran las iniciales de las palabras Iesous CHristos THeus Yios Soter (Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador).”

La poesía mística española tiene una extensa tradición que encuentra en San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús sus cumbres más visibles, pero también hay otros poetas que, de manera más discreta, han aportado poemas cargados de una gran sensibilidad religiosa, como “Nostalgia de por la tarde”, del poeta cubano Eliseo Diego (1920-1994), en donde el alma no busca ascender a lo etéreo, sino atraer lo divino a lo terrenal para revelar el milagro a través de lo que se ama. En el poema, el medio por el cual lo eterno y lo material se comunican es el sueño: “Qué tedio los sepulta como la muerte a los ojos/ que no los cruza nunca la bendición de unas palomas,/ que tengo que soñarlos, mi amiga, tan despacio.” Así, el poeta entra en un estado de duermevela en el que el mito se mezcla con la ensoñación para dar testimonio de los protagonistas que representan la reyerta entre el mal y el bien: “Yo vi al lagarto de liviana sombra/ distraerse de pronto entre su sangre,/ quedar inmóvil, sí, tumbado.” He aquí al “caído” que se arrastra y se contrapone al hijo de Dios: “He visto al pez de indestructible púrpura,/ en la mañana arde como criatura perpetua de la llama,/ olvida los trabajos mugrientos de la sangre,/ yace perfecto y la madera sagrada lo levanta.”

Hacia el final del poema, el poeta despierta por la lluvia que ha comenzado a caer mientras él dormitaba sentado y ve el milagro en lo tangible, en lo que él ama: “Pero quién vio jamás/ el ruedo misterioso de tu falda/ mientras cortas las rosas en la tarde/ ni el roce ni la tristeza de la lluvia/ como un ajeno llanto por mi cara.// Porque quién vio jamás las cosas que yo amo.”

Así, el poema marca las tres etapas propias de la experiencia mística: la punitiva (el sueño como una metáfora de la crucifixión y la muerte que encarna Cristo , “el pez de indestructible púrpura”); la meditativa (la conciencia plena de lo que se ama); y la unitiva (el despertar como símbolo de la resurrección a través del fin último de la vida, el Amor, visto en la mujer que corta rosas en el jardín, íntimo y doméstico, del edén).

 

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