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Novecientas páginas de versos: un caso singular
'Una verdad extraña', Manuel Ruiz Amezcua, Comares, España, 2017.
Por Antonio Rodríguez Jiménez

Manuel Ruiz Amezcua acaba de dar a la luz un volumen de poesía de casi 900 páginas titulado Una verdad extraña, que recoge su poesía desde 1974 a 2017, toda una heroicidad para los tiempos que corren, donde ser poeta se ha convertido en un oficio desprestigiado que se reduce a “tú me traes y yo te llevo”, como recuerda brillantemente el autor de la edición e introducción de este volumen, Carlos Peinado Elliot. Gracias a libros como éste estamos saliendo del laberinto y del infortunio en que introdujo a la poesía española hace treinta años un grupo de comerciantes (editores, críticos y poetas) que marcaron los cánones de cómo debía escribirse si el poeta deseaba ser conocido y publicar sus libros en los lugares oportunos para que sus versos llegaran a la prensa y a las librerías.

Afortunadamente hay editoriales como Galaxia Gutenberg o Comares, entre otras, que están rompiendo con la hegemonía imperante durante décadas y están dando a conocer a poetas diferenciales y de una singularidad arrolladora, como es el caso de este libro y de otros en camino, como la antología de Pedro Rodríguez Pacheco titulada El Unicornio en el Café Libertad, de una calidad extraordinaria. Pero hablemos, aunque sea en breve, ya que es desproporcionada la longitud de este comentario sobre el poeta con lo que realmente ofrece, que es una obra magna y muy atractiva. Con el tiempo irá desapareciendo la poesía desgasificada y se irá perpetuando la autenticidad, la originalidad y la calidad como elementos básicos y esenciales de la poesía española contemporánea, ésa que desgraciadamente no se conoce fuera de España y que muy pocos han leído en el territorio español.

Manuel Ruiz Amezcua, a partir de su antología Del lado de la vida (1974-2014), ocasiona una serie de reacciones sobre este poeta casi secreto y oculto, que reaparece gracias a esta edición de Galaxia Gütenberg. Poesía –como recuerda José María Balcells–, la de Ruiz Amezcua, que ha padecido una clamorosa invisibilidad durante décadas, similar a la de otros poetas de España. Se trata de un poeta insistente en su propia obra, resistente, que ha logrado atraer la atención de numerosos críticos, tras años de existencia en las catacumbas.

Sobre este autor, nacido en Jódar, Jaén, en 1952, se ha dicho que ha intentado hacer un rescate un poco forzado pero coherente y con todo derecho. Se recogen en un libro sobre él (Singularidad en la poesía de Manuel Ruiz Amezcua, de 2016), coordinado por el profesor José María Balcells, textos de Juan Cano Ballesta, Domingo Faílde, José Lupiáñez, además de textos de Cela, Saramago, Muñoz Molina, Leopoldo de Luis, Pedro Martínez Montávez, Masoliver Ródenas, Molina Damiani, Morales Lomas, Rosa Navarro, Julia Ortega, Ignacio Prat y Manuel Rico, entre otros, un esfuerzo titánico para demostrar su singularidad. En sus versos hay elementos suficientes que demuestran la calidad poética de este singular lírico andaluz, que forma parte de esa nómina enorme de poetas silenciados por el establishment de la poesía de los ochenta. La diferencia entre éste y otros es que él no presentó batalla diferencial –excepto algunos artículos sueltos en alguna publicación del momento– y permaneció en silencio hasta que muchos años después reaccionó en solitario.

Ruiz Amezcua presenta a lo largo de su trayectoria (como se puede ver en los libros recogidos en Una verdad extraña) elementos de calidad suficientes precisamente para ser rechazado o silenciado, tales como el cultivo de los metros clásicos (sonetos), la libertad temática y el intento de ser original y coherente con sus propias ideas. Lo que provoca, pues, esa marginalidad hacia su obra, al considerársele que está fuera de la órbita oficialista. Al no presentar batalla abierta contra la poesía hegemónica, tampoco sufrió los ataques de silenciamiento total que padecieron otros poetas de su generación.

Precisamente, sin él saberlo, se colocó en una posición de postergación junto a muchos poetas de una calidad y de una singularidad notables. La ayuda de Balcells en este sentido es inestimable, ya que ha colaborado a sacar del ostracismo y llamar la atención sobre él y otros poetas de esa línea de personalidad propia que, durante los últimos treinta y cinco años, se silenciaron con la colaboración de críticos de periódicos y revistas.

Su libro titulado Palabras clandestinas (2015) está relacionado en cierta medida, aunque posiblemente él no lo conozca (habría que preguntárselo al autor), con la trilogía de Pedro Rodríguez Pacheco La leyenda del sábalo, formada por los libros Oda Civil (1995), Manual para terroristas (1997) y Delicias de Bromuro potásico (1998). Se observa en la obra de Ruiz Amezcua dolor, insatisfacción y crítica contra el sistema. En el poema “Ciudad perdida” acude a la amada como asidero para permanecer en la “gusanera” social, como él la llama, donde “todo procede de la envidia/ y desemboca en el desprecio”. Y en un tono desgarrador añade que “sólo la barbarie echa raíces […] Sólo cunde el desaliento”. Los poemas de Pedro Rodríguez Pacheco en este sentido son más irónicos, humorísticos y hasta divertidos, en una crítica tan ácida que produce la sonrisa, mientras que los de Ruiz Amezcua son muy serios y desgarradores. En su caso, no es este libro uno de sus mejores títulos, pues yo prefiero los poemas de Las voces imposibles (1993) o los de Atravesando el fuego (1996), aunque los gustos no pueden ser homogéneos y cada crítico tiene su propio sentido del gusto, que se puede convertir en algo tan personal como diferente.

En definitiva, la obra de Ruiz Amezcua es tan recomendable como oxigenante, de modo que es necesario tomarla y retomarla para conocer a uno de los grandes poetas andaluces de las últimas décadas que, por cierto, es poco conocido en México y en otros países del orbe hispánico.

 

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