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Borges y el tango
'El tango', Jorge Luis Borges, Lumen, México, 2017.
Por Marco Antonio Campos

En la Editorial Lumen se imprimió en España en 2016 y en México en 2017 El tango, un gran rescate de cuatro conferencias que Jorge Luis Borges dictó todos los lunes de octubre de 1965 “en el departamento porteño de Constitución”. Dictó, dijimos. Nadie ignora, hasta donde yo sé, que Borges quedó ciego en 1955, y pasó de un estilo literario a un estilo oral, que fue igualmente bello pero el cual sentimos más íntimo, donde oímos más al hombre, como si estuviéramos en un café u oyéndolo en sobremesa. No en balde, por eso, como si fuera una conversación, en las conferencias no faltan digresiones, repeticiones y anécdotas personales.

Las conferencias son muy bellas, pero Borges no es ni pretende ser un experto ni un estudioso del tango, sino alguien que lo ha sentido muy próximo, alguien que lo ha oído mucho más de lo que lo ha leído. Si en aquel 1965 hablaba ya de “una plétora de libros” acerca del tango, podemos pensar lo que ha sido más de medio siglo después. En 1992, cuando le pregunté a Bioy Casares en un café de La Recoleta, por qué a Borges y a él no les gustaba el tango, me repuso que no, que eso era falso, que aquello que les gustaba era la primera época, digamos la época preGardel, porque con Carlos Gardel se había vuelto operístico. Entre los tangos que encantaban a Borges estaban “Pejerrey con papas”, “El choclo”, “El entrerriano”, “El apache argentino”, “Las siete palabras”, “Garufa”, “Rodríguez Peña”, “El pollito”, “El cuzquito”, “La morocha”, “Sé feliz”… Una genialidad de Borges era volver lo popular alta literatura.

El tango tuvo como antecedentes ante todo las milongas y las habaneras, aunque estudiosos hablan también de otros géneros musicales. Borges recuerda que el tango nació hacia 1880 como baile en “casinos de baja estofa”, tuvo un “surgimiento clandestino”, principalmente en las zonas porteñas del Once y de Constitución. Se bailaba entre hombres y después lo bailaban hombres solos porque por su origen indecente las mujeres se abstenían de bailarlo. Los tangos se acompañaban con variados instrumentos: el piano, el violín, la flauta, el cornetín. Después se impondría el bandoneón, llegado de Alemania, muy parecido al concertino. Al parecer surgió en el barrio de Almagro. Por eso, por su nacimiento, Borges prefiere mucho más la definición de Lugones que considera que el tango era una suerte de “reptil de lupanar”, que la muy famosa de quien es acaso el mejor compositor de tangos que ha habido (Enrique Santos Discépolo), de que el tango es “un pensamiento libre que se baila”, definición que le parece a Borges un error, porque los pensamientos no se bailan.

Pero ¿quiénes formaron la casta fundadora del tango? Primero que nadie el compadrito, que podría llamarse según la pinta o la fama el guapo, el malevo o el orillero; están asimismo los “niños bien patoteros”, y en tercer término, quien tenía “un papel pasivo”, la mujer de mala vida, que en una de ésas era la buena. Algunos de esos “guapos” famosos se llamaron Nicolás Paredes, Juan Muraña y Juan Moreira, que pertenecían a “la secta del cuchillo y del coraje”, a quienes Borges dedicó páginas y poemas, de quienes admiró la gran valentía que él hubiera querido tener pero no tuvo. Entre las “mujeres de mala vida” se hallaban las criollas, pero había también las francesas, que cobraban más caro, y las “valescas”, que venían de Hungría y de países de lengua eslava.

¿Qué era lo que más le atraía a Borges de las milongas y de los tangos? Me doy por pensar que principalmente dos aspectos: uno, los que hacían de la valentía una religión, y otro, el sentido del humor.

El auge del tango se dio hasta promediar la década de los años diez del siglo XX, pero se apaga en los años de la primera gran guerra. A corto y a mediano plazo entró a Europa y a Estados Unidos, y curiosamente se dio una gran paradoja: una música y un baile nacidos en los prostíbulos porteños fueron los niños bien patoteros los que lo llevaron a París, luego siguió por las capitales de Europa, y ya canonizado el tango en Europa y Estados Unidos, los argentinos pudieron sentirlo como parte de su imaginación y de su sueño colectivos. Lo regresaron –dijo Borges– adecentado. El baile y la música del compadrito y del guapo se internacionalizaron gracias a esos niños bien de la provincia de Buenos Aires, quienes eran su antítesis social y económica, pero que se les asemejaban en la violencia. A partir de entonces, el tango se admitió en todas las clases sociales en Argentina. Después de todo, apuntala Borges, ser argentino en Europa correspondía entonces a dos palabras que eran un individuo y una música: el gaucho y el tango.

¿Y Carlos Gardel? Borges decía lúcidamente que no sólo los individuos sino todos los pueblos tienen sueños, y uno recurrente en el argentino ha sido Gardel. Otro sueño argentino ha sido París, y como Gardel nació en Francia, se duplicaba el mito. Los argentinos, dice Borges con característica ironía, son “franceses honorarios”. En distintas ocasiones declaró que los tangos –digamos desde los años treinta hasta los años sesenta, cuando daba las conferencias–, no le gustaban nada, y que con Gardel y [Juan de Dios] Filiberto empezó la decadencia del tango. Señala: “Los tangos se vuelven quejosos, lacrimosos. La tristeza de los tangos me parece innoble. Es una tristeza de rufianes, un poco canallesca.” Borges nos parece injusto porque Gardel cantó toda suerte de tangos, incluyendo varios muy divertidos, y cantó tangos de desconsuelo que tocan las cuerdas del alma porque tienen la música triste de la pérdida.

Quizá valga recordar las dos últimas cuartetas de un poema de Borges de 1958, que se llama precisamente “El tango”, que reviven en algún momento el paso de los años, la sordidez antigua del origen orillero y el fulgor del cuchillo en el desafío: “Esa ráfaga, el tango, esa diablura,/ los atareados años desafía;/ hecho de polvo y tiempo, el hombre dura/ menos que la liviana melodía// que sólo es tiempo. El tango crea un turbio/ pasado irreal que de algún modo es cierto,/ el recuerdo imposible de haber muerto/ peleando, en una esquina del suburbio.”

El tango es un libro que todo borgeano o todo conocedor del género debería leer, aun para criticarlo en lo mucho o poco que no le parezca.

 

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