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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria de un árbol de bosque primario

No estaba solo. También el de junto aquí conmigo medio siglo por lo menos. Y otro a su lado. Y otro más atrás. Y a sus costados otro y otros más enfrente y uno a uno a lo largo y a lo ancho del valle o la montaña, desde abajo en la parda nervadura y el calor de las raíces hasta el cielo abierto a la lluvia o la neblina. Ya no más. Nos llegaron y tumbaron por la espalda. Dispersaron la humedad de nuestras sombras. La luz se despeña desde entonces, se rompe y se quema contra el suelo abandonado a la intemperie de nosotros. Nos talaron a la mala sin medida, en la tierra rota dejaron apenas el muñón de nuestra altura. Yo los vi llegar con sus armas y aparejos. Yo vi las gruesas cuñas de hierro rojas y amarillas, el ojo del hacha con el mango pulido por el uso, el filo blanco y ciego destellando en la fresca penumbra mecida por mis ramas. Con un tajo rutinario me marcaron. A empellones de trascabos abrieron brechas para el paso de las grúas y tractores, sus grandes neumáticos lastrados con agua embrutecida, los duros relieves de sus huellas en mis musgos, hongos y hojarascas. Luego una pausa pesada de silencio y detrás la prisa y el orden preciso de la poda, el dolo voraz en secreto acumulado o con permiso en contubernio da lo mismo. Así llegaron, con el ruido de su industria y aparatos, blandiendo sus brazos erizados de ganchos, cables y palancas, las enormes garras y tijeras de acero, la ciencia de su peso y contrapesos y timones asistidos, las cadenas dentadas de sus largas motosierras. Un cabezal de tala prensó entonces mi base desnuda y cerró su abrazo concéntrico de múltiples cuchillas. Con un zumbido de engranajes sin esfuerzo cortó mi viejo tallo a conciencia madurado. Tronó en el aire mi estatura, crepitó mi fronda la aguda quebrazón de su caída y el largo cuerpo de mis años reventó sus andamiajes contra el suelo. Una nube de astillas, un ardor de polvo con resina se colgó del cielo. Era cedro y pino, encino, roble y huanacaxtle, haya, caoba, ceiba y abeto y tantos otros que por cientos de miles ya no somos cada día. Ahí mismo aserraron mi tronco; le quitaron ramas y semillas, cortezas y nidos; contaron sus nudos, marcaron sus grietas, le pintaron un número en clave de precio con destino. Trozo de mi torso, ángel telúrico abatido, en la caja de un remolque lo llevaron apilado a los mercados negros de prestigio abiertos todo el año, para hacerlo mesa o viga, curul o piso, solemne sillería, armario, retablo o combustible. En mis recónditos anillos cesó mi tiempo primario de bosque, el que hace atmósfera y oxígeno, cumple los ciclos del agua y trama con ella sus senderos; el que tiende el puente entre la luz y la materia del planeta y lo salva todavía. Sé que vendrán los cultivos infinitos de soya, palma y amapola; los asfaltos y edificios, los afanes de oros y platas y ganados, petróleos y diamantes y basura. Casi a ras de suelo, muñón en un campo torcido de muñones, al final de sus jornadas yo los vi marcharse. Dejaron zanjas de lodo, ruido y gasolina, charcos de aguas enfermas, la tierra enmarañada, fétida y ceniza. Pusieron el centro en las orillas. El viento cuando pasa se distancia, se derrama en el vacío y se vacía. Sin embargo, desde esta lejanía desolada sigo las huellas de sus pasos, su andar altivo de sicarios. Llegaré a su casa; por su nariz y por su boca entraré en sus pulmones a cerrarlos. No habrá plegaria suficiente.Y a ti te llamo aquí a que lo sepas: el desierto que me hicieron se te acerca. Noche y día en el aire cunde la asfixia de mi ausencia.

 

 

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