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Rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Salir a la calle

Hay días en los que me asombra la capacidad expresiva del español. Suele pasarme cuando estoy leyendo, o más raramente, cuando escucho a alguien hablar con precisión y gracia. Hay en México quien hace del no decir nada, de cantinflear como loco, un artificio delicioso. Por otra parte, hay quien usa el español como un instrumento de precisión, un microscopio que devela misterios. Esos son días felices, en los que siento que mi idioma, el castellano que el azar me deparó, es un océano donde habito. Lo llevo adentro, en las venas y en la mente impalpable y él me contiene como a una más de sus criaturas.

También vivo otros días en los que siento que el lenguaje es insuficiente, un balbuceo sordo: el ruido y la furia en la boca del idiota y que nada significa, como dice Macbeth en el Acto V. Escucho esa lengua sucia, agazapada como una culebra en la boca del sicario: farfulla, venenosa y contrahecha. No expresa más que basura, pero muestra el alma del asesino. Eso no es español, me digo. Es un dialecto que se cuela en las grietas que deja la violencia.

En esos días el idioma no me basta, no alcanza a formular el dolor que se quiere expresar. Días de aullar. Hoy es uno de esos días. Mientras escribo esto, hay personas marchando en protesta por la muerte de tres estudiantes de cine en Jalisco: Javier Salomón Aceves, Marco Francisco Ávalos y Jesús Daniel Díaz. Murieron porque un cártel se equivocó. Esa equivocación les costó la vida. Los narcotraficantes los desaparecieron, literalmente, pues disolvieron los cuerpos con ácido.

¿Cuántas equivocaciones llevamos? ¿Cuántos cientos, quizás miles de errores cometidos por personas que llevan un rifle o un cuchillo en la mano? Errores que enlutan este país tanto como las omisiones y complicidades de los gobiernos.

Entre el momento en el que escribo esto y el domingo en que tú lo leas, lector, otros mexicanos habrán muerto asesinados. Nuevas noticias escalofriantes habrán de entristecerte o asustarte. Hombres y mujeres serán arrebatados. Quizás ya te acostumbraste un poco al miedo, a la incertidumbre, a que la sombra de la violencia te opaque un poco, te apague la alegría. Estás harto, además. Crees que no podemos hacer nada. A diario escuchas la palabra “miedo”. Tantas veces la oyes y la dices, que ha perdido su forma; es como una mancha gris que ensombrece el aire. Es aire, sucio y ya. Hasta que una noticia horrible te sacude y te obliga a imaginar algo inimaginable.

Entonces te preguntas si hay futuro en este país.

Te dices que es denigrante que nuestro idioma, el español que hablamos los mexicanos, esté lleno de palabras que se han convertido en las pesadillas que nos persiguen: levantón, fosa clandestina, desaparecer, plagio. Los objetos se han manchado y han cambiado sus funciones: la hielera, la bolsa de basura, la maleta, la cajuela del coche, el tambo, la cobija. Todo se puede desfigurar y convertirse en la herramienta de la mano que asesina. Estamos desarmados, como lo estuvieron los tres estudiantes de cine. No podemos enfrentar a esos grupos criminales, a esos hombres que tienen una hiena rabiosa en el lugar donde deberían tener la conciencia.

Se añade a nuestra desesperanza que la línea que debería separar a las autoridades del delincuente; esa línea que debería ser clara y enfática, en México es porosa y flexible.

¿Cuántos policías han sido perpetradores o cómplices de los delincuentes? No todos, evidentemente, pero sí que los hay. ¿Cuántas muertes se deben a equivocaciones del ejército? ¿Cuántos delincuentes han salido libres debido al mal procedimiento del mp?

Creo que deberíamos salir a la calle a exigir, como nunca antes, una solución. Hemos salido, pero debemos repetir. Y ser más, engrosar nuestras filas, porque cada día hay más muertos y desaparecidos. Lo que me interesa decir es que lo que dependa de nosotros hay que hacerlo, a pesar del cansancio, del escepticismo y el miedo. Hay que tomar la calle. No es lo mismo un millón de tweets que un millón de ciudadanos exigiendo a los políticos, a la policía y a los delincuentes que detengan este baño de sangre.

Debemos repetir, una y otra vez, que esto es insostenible.

Que estamos hartos de su palabrería y de perder vidas inocentes. Hartos.

No es lo mismo la lectura de las estadísticas en un debate que la voz del ciudadano que demanda justicia. No es lo mismo un número en un papel, que el grito unánime. Ya basta, me digo.

 

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