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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Javier Cruz: 45 años de trayectoria

 

 

Para Elin, con mi eterno reconocimiento

 

Javier Cruz celebra sus cuarenta y cinco años de trayectoria artística con una magna exposición de sus pinturas recientes en la Casa Lamm. He tenido la fortuna de seguir de cerca su trabajo desde hace más de dos décadas, cuando lo conocí en la exhibición La vida en Cruz. Primeros sueños en el Museo del Palacio de Bellas Artes en 1995. Desde entonces no ha dejado de sorprenderme. He sido testigo de su evolución a través de las once muestras que mi querida colega y amiga Elin Luque le organizó en la Casa Lamm, prácticamente cada dos años. Si aquel trabajo presentado en Bellas Artes ya revelaba a un artista maduro y dueño de un lenguaje plenamente personal, con intereses temáticos bien definidos, su obra siguió refinándose a través de la experimentación técnica que ha dado como resultado una cocina plástica de una exquisitez poco común. La presente exposición, titulada Javier Cruz: árbol, rama y tiempo. Eterna naturaleza que se puede visitar en Casa Lamm hasta el 6 de junio, da cuenta de ello: dieciocho lienzos de mediano y gran formato en los que el artista despliega su impecable técnica y deslumbrante fuerza cromática.

Javier Cruz (Ciudad de México, 1952) se formó en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) de San Carlos entre 1969 y 1973. Atraído por el informalismo catalán y, en especial, por la pintura matérica de Tápies, Cruz viajó a Barcelona y abrevó en las fuentes de esta corriente que por esos años dominaba el escenario español con repercusión internacional. Fue allá donde Javier sentó las bases de su cocina plástica, que constituye su mayor reto artístico y se ha convertido en el pilar de su creación. Pintor, grabador y escultor, Javier Cruz se ha consolidado como un artista fiel a sus ideas y motivaciones, al margen de las modas y de las exigencias de un mercado que tiende a consumir un “arte” en su mayoría homogéneo y frívolo, carente de espíritu y pasión. Y es precisamente el espíritu y la pasión de Cruz lo que se palpa en sus hermosas pinturas, reflejos calidoscópicos de sus universos oníricos, de su imaginación desbordada que teje fantasías, sueños y metáforas poéticas con los colores frescos y espontáneos de su alma de niño siempre resplandeciente.

En sus inicios, el arte de Javier Cruz poseía un espíritu totémico. Se percibían las huellas de Tápies y de Dubuffet, pero también de las culturas arcaicas, mal llamadas “primitivas”, en las que lo sagrado se manifestaba a través de la evocaciónde simbolismos terrenales y cósmicos. Así, en su trabajo de los años noventa se vislumbraban ecos de Altamira o Chauvet en superficies densamente texturadas a las que incorporaba elementos extrapictóricos, como fósiles, madera, piedras, piel u obsidiana. Sus esculturas también tenían rasgos primigenios llevados a la modernidad, como la obra pública monumental (7m × 6m) que le fue comisionada para el Europos Parkas en Vilnius, Lithuania. Con motivo de su primera exposición en Casa Lamm en 1997, fui invitada a escribir el texto para el catálogo donde hacía referencia a la importancia de las máscaras que en esos años aparecían de manera recurrente en sus pinturas como elemento homogeneizador entre sus animales y sus figuras humanas. Sus figuras eran más bien monolíticas, telúricas, como extraídas de las milenarias pinturas rupestres. Con el tiempo, sus composiciones se han ido depurando, sus figuras se han estilizado y sus texturas han adquirido una fineza extrema. Su técnica pictórica consiste en la aplicación de pigmentos con alúmina sílice en combinación con los óleos, recubriendo capas y capas intervenidas con finísimos esgrafiados que revelan su calidad dibujística. Salpica el lienzo con “aguadas de color” que lo dotan de múltiples tonalidades y matices. El resultado, tras meses de proceso que requiere cada lienzo entre la intervención y el reposo, es realmente sorprendente. Javier Cruz es de los contados artistas que todavía cree en la magia de la factura artesanal que precisa de una técnica cuidada, impoluta, preciosista. Esta serie de pinturas recientes está dedicada al árbol como personaje protagónico de sus escenas plenas de fantasía y poesía, de sueños que atraviesan su mente y se instalan en sus lienzos pintados con el corazón. Javier Cruz es el mago que saca de su sombrero de Panamá un universo onírico que nos arranca una sonrisa y nos invita a volver la mirada a la infancia, para gozar la frescura y la espontaneidad que tienen poca cabida en nuestro tergiversado mundo actual.

 

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