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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Rita o la estatura humana

 

A S. G. S.

 

En la penúltima secuencia de Amadeus (1984), esa obra magnífica de Milos Forman, un Mozart demacrado y sudando mares de fiebre le dicta a su colega Salieri las notas del “Confutatis”, parte del celebérrimo Réquiem que, como bien se sabe, la muerte de su autor impidió que fuera completado. A Salieri le cuesta percibir la arquitectura sónica que se le dicta. Cuando por fin comprende y, con expresión emocionada, anota en el papel pautado mientras dice: “Sí, sí, ya entendí, eso es todo…” –dejando ver que a él jamás se le podría ocurrir esa maravilla de solidez armónico-melódica–, un Mozart agonizante pero de súbito revitalizado le revira: “No, no, ahora viene el verdadero fuego…”, y entonces eleva a la enésima potencia la belleza indescriptible que habitaba sus oídos y, a partir de ese momento, visitaría los de todo aquel que haya querido regalarse ese milagro.

Se trae a cuento ese pasaje imborrable para ilustrar lo que Rita, el documental, provocó en los sentidos del juntapalabras: la estructura está enmarcada en la ortodoxia formal, que indica dejar a los protagonistas el peso absoluto de aquello que se está contando, sin que por ello se desgobierne el sentido del relato, e incluye para conseguirlo el recurso a las despectivamente llamadas “cabezas parlantes” –expediente odioso para muchos, “anacrónico” para otros muchos, pero útil y hasta insustituible en innumerables casos–, y ese armazón se equilibra rítmicamente con la no menos recurrida inclusión, entre entrevistas, de pasajes visuales fruto de una recopilación videoasta tan exhaustiva como haya sido posible, donde –y aquí comienza el vuelo– puede verse al personaje objeto de semblanza –para quien lo ignore todo al respecto, se trata de la ya físicamente extinta Rita Guerrero, actriz y vocalista de la banda mexicana Santa Sabina–, y entonces se le ve en lo suyo, es decir, tratándose de Rita, fundamentalmente cantando en algún escenario.

 

Del alma el verdadero fuego

Como sucede en el pasaje fílmico aludido, Rita, el documental no muestra su verdadero fuego en el armado estructural ni en el formato, por lo demás irreprochables, sino en eso otro que siempre resulta mucho más difícil definir: llámelo cada quien espíritu, paisaje interno, alma… y en este caso doble, pues al tiempo que la cinta –necesariamente habiendo dejado fuera una cantidad de material que se adivina ingente– expone los datos esenciales de Rita, sempiterna chava outsider que decidió dejar su natal Guadalajara para arribar a una Ciudad de México que parecía estar aguardando su llegada, como entre líneas lo que el documental exhibe con potencia es el color, el aroma y el sabor del tiempo que a Rita le tocó pasar por este mundo, con especial énfasis en la agonía de los años ochenta y la década entera de los noventa del siglo pasado, es decir cuando Santa Sabina, hoy extinta banda de rock mexicano, junto a Las Insólitas Imágenes de Aurora –luego Caifanes, después Jaguares–, en términos poéticos, intelectuales e incluso ideológicos, le confirieron mayoría de edad a una vertiente de la música popular mexicana hasta ese momento indecisa, se diría que como la sociedad entera, entre quedarse a vivir en una mediocridad solipsista, pazguata y autolesiva o dar, Cortázar dixit, “un salto tan fuerte dentro de uno mismo, que acabe en los brazos del otro”.

 

Esculpir sonidos y silencios

Contradictoria capaz del extremo y hasta el riesgo, generosa en la misma proporción, de a ratos atrabiliaria, insoportable a veces, tremendamente talentosa, desfachatada sin miedos a la vista, pletórica de ideas y, aunque no supiera a veces dónde o cómo compartirlo, henchida de amor infinito por los otros y lo Otro, la estatura humana de Rita es retratada de cuerpo entero en el documental escrito y dirigido por Arturo Díaz Santana.

Cuenta Antonio Valle que Alfonso Figueroa, “el otro legendario fundador de Santa Sabina”, un día le explicó que, para él, “hacer música era como esculpir el silencio”. Más adelante, en ese mismo texto escrito en 2011 a propósito de la entonces reciente muerte por cáncer de Rita, citando a García Márquez, el autor recuerda que “la música es como un surtidor de las otras artes”.

Así Rita Guerrero, que esculpió en notas de rock pero también barrocas, el sonido y el silencio de toda una generación. Así Rita, como dijera el clásico, “humana, demasiado humana”. Así quien un día dijera: “estando aquí no estoy”, elevada en virtud del arte a surtidor y presente todo el tiempo.

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