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Joseph Mitchell y el periodismo humano
'La fabulosa Taberna de McSorley', Joseph Mitchell, traducción de Alex Gibert, Marcelo Cohen y Martín Schifino, Editorial Jus, México, 2017.
Por Ilallalí Hernández

Caminar una ciudad es atreverse a estar perdidos, es también explorar un mapa que se irá trazando de manera personal, fronteras que alzan sobre las marcas que cada quien mira, escudriña, bordea o, incluso, transgrede. Una ciudad, a fin de cuentas, se vuelve singular en tanto los diversos mapas individuales puedan encontrarse. Y una ciudad como Nueva York es, sin duda, un compendio de mapas trazados por infinidad de anécdotas. Adentrarse en estas callejuelas es viable sólo con la ayuda de un guía; así, una pluma que da cuerpo a esta ciudad es la única que podría traernos de vuelta.

Joseph Mitchell dibujo límites inéditos de Nueva York en los años cuarenta y trazó fronteras a través del nuevo periodismo, ése que coloca al sujeto como eje de una historia y encuentra, a través de la singularidad, aquello que convierte lo personal en universal; demostró la necesidad capital de cultivar la literatura para narrar y, sobre todo, aferrarse al periodismo; se alejó del personaje para dar cuenta del universo de éste, pero su distancia fue también una forma de aproximarse a la intimidad, a los gestos mínimos. Mitchell permitió que la historia ajena atravesase su pluma como si de un testigo atento se tratara. En este ejercicio de distancia, sucede también que todo aquello que resuena en el oído del cronista se vuelve una manera sutil de conocerlo a él mismo, sus obsesiones, la manera en que se enfrenta al mundo.

El legado de Mitchell nos sigue hasta nuestros días. Su ojo y su oído han atravesado no sólo las letras estadunidenses, sino también a los periodistas del siglo XXI. Cambió su natal Carolina del Norte por Nueva York; sólo tenía veintiún años cuando su oído y sensibilidad le abrieron un espacio como reportero de sociales, articulista y corrector de estilo en las redacciones de extintos periódicos como el Morning World, el Herald Tribune o el World Telegram. Era la época de la depresión y su trabajo consistía básicamente, por un lado, en buscar dramas para mostrar perfiles humanos y, por el otro, en cubrir la nota roja con una buena dosis de asesinatos, incendios y escándalos. Mitchell era un periodista sensible, escuchaba a las personas con atención; sin importar si se trababa de Einstein o de un indigente, su oído podía compendiar lo que los otros le decían y, como en un ejercicio de síntesis increíble, lograba sacar con velocidad sus notas, no exentas de esta proximidad humana.

Poco a poco se fue decantando por los personajes sórdidos y coloridos que normalmente se mantienen al margen de las grandes ciudades, ésos que se encuentran agazapados entre las sombras a la espera de salir con sólo un resplandor. Mitchell les fue dando un espacio, mostró en sus singularidades una ciudad que iba creciendo y relegando a los márgenes a quienes parecían no querer estar a la luz en el sistema vigente.

En 1938 comenzó su colaboración en el New Yorker, donde su obra periodística se engalanó con los amplios perfiles de personajes, y su año más productivo fue 1939. En La fabulosa taberna de McSorley se encuentra la gran mayoría de estos relatos. Su mirada fue recibida con gran éxito, dejó de lado el interés que normalmente parecía destinado a los eventos de las altas esferas sociales, a las celebridades y el jet set, para centrar su búsqueda en los personajes dislocados; comenzó a crear un estilo único que sería alabado tanto por los lectores del New Yorker como por sus propios colegas.

La intensidad de los años siguientes, el color de las estampas que mostraba y el ajetreo de Nueva York comenzó a patinarse con silencio. Mitchell se oscureció y decayó su voz hasta silenciarse por completo. A su trabajo intenso siguió uno de los bloqueos más grandes que se han documentado: durante treinta y ocho años llegó a la redacción del New Yorker, se colocó ante su escritorio y se enfrentó a la página en blanco. Cada día comenzaba y terminaba de la misma manera; curiosamente, detrás de la puerta se escuchaban los golpes de la máquina de escribir y sus colegas se preguntaban si acaso esta vez sí surgiría otra obra maestra como la que había escrito ya a principios de los sesenta, El secreto de Joe Gould, donde retoma a un personaje de sus primeras crónicas de los años cuarenta: El profesor Gaviota.

¿Acaso las historias succionan a su autor? En este ejemplar se encuentra reunida la mayor selección de las crónicas de Mitchell, muchas de ellas por primera vez traducidas al español. Entre sus páginas descubrimos esa Nueva York que no está tan lejos de existir hoy en día, no sólo ahí, sino en todas las grandes ciudades que nos permiten perdernos cuando nos adentramos en ellas. Así conocemos a una mujer barbuda que deja su trabajo en el circo porque entrar a un sindicato iba contra sus principios; el esfuerzo de un predicador callejero que atiende la línea de ayuda telefónica; el museo de un vendedor de reliquias; el día a día de la propietaria de un cine que es refugio de vagabundos; la vida de una niña prodigio; los detalles silenciosos del club para sordomudos; o el sitio que le da nombre a este libro: la taberna de viejos irlandeses que mantiene las costumbres de antaño y muchas otras historias únicas por su colorido. Personajes que dan luz sobre los rincones de una ciudad plural, quienes parecen resultado de una rica imaginación pero que, si se reflexiona un momento, se van replegando en todas las ciudades. Hace falta ver, con detenimiento, lo que para Mitchell era tan sencillo: lo anómalo, lo que no estaba destinado a tener un lugar visible en las publicaciones que iban atestando los puestos de revistas con reflectores colocados con las imágenes políticas, sociales y culturales de una época. El autor se volvió un crisol a través del cual las historias se tornan memorables. Su mirada muestra la anomalía como una gran oportunidad de vivir.

Joseph Mitchell firmó su último artículo en 1964 y nunca más volvió a escribir. Sus enseñanzas nos quedan como un testimonio del periodismo humano.

 

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