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La escritura: verdad y mentira, caos y sentido

Fernanda Melchor (Veracruz, 1982) estudió comunicación en la Universidad Veracruzana “porque estudiar letras me parecía aburri-dí-si-mo”, explica. Hasta el momento ha publicado tres libros donde la oralidad y la polifonía sirven para dar cuenta de personajes que luchan por so-brevivir. Su obra incluye crónica, relato y novela. En ella ha explorado a profundidad emociones que “nos hacen humanos”, como la en-vidia, el rencor y la venganza. Además, ha traducido obras de Francisco Goldman y David Lida.

Aquí no es Miami (2013) contiene crónicas periodísticas y textos inclasificables que la autora prefiere llamar “relatos”. En este libro aborda historias que exigen más que la nota diaria para ser contadas: avistamientos de ovnis en la playa, una exreina del carnaval acusada de asesinar a sus hijos, un grupo de migrantes indo-cumentados varado en el puerto, un exorcismo según el ritual veracruzano… Pareciera que el personaje común de estas piezas es el mismo Veracruz, marcado por la violencia y la pobreza.

Su primera novela, Falsa liebre (2013), narra la vida de adolescentes que parecen no tener futuro, y se desenvuelven en relaciones mar-cadas por la violencia: en el hogar, con la pareja. En esta obra se cuenta un día en la vida de cuatro jóvenes en estado de indigencia emocional que buscan diferentes formas escapar. Temporada de huracanes (2017) es la historia de un crimen pasional que la autora inicia dando voz directa a sus personajes, como si fuera una secretaria de juzgado. The New York Times destacó la novela dentro de la selección de libros de ficción de 2017. En su apuesta narrativa más arriesgada hasta ahora, Melchor se aleja del relato lineal y logra un discurso que, más que tocar, lacera al lector.

-La violencia, el erotismo, la misoginia, el binomio a veces difuso de verdad y mentira, son algunos de los temas que recorren tu obra. ¿Crees que serían los mismos si hubieras nacido en otra latitud?

–En general nunca pienso en términos de tema o premisa cuando escribo; incluso en mis talleres evito que mis alumnos se preocupen por el tema antes de enfocarse en otros elementos que me parecen mucho más importantes y sustanciosos, como los personajes y sus conflictos o la estructura de la narración. Por otro lado, yo no sería quien soy de no haber nacido en Veracruz, en la familia que me tocó, y en el momento histórico y social particular; por lo tanto, dudo que hubiera podido escribir de lo mismo si fuera otra persona.

 

Aunque hay muchas constantes en tu escritura, noto también una progresión de la angustia y atmósfera densa que reflejan, particularmente comparando tus dos novelas. ¿Coincides en esta apreciación?

–Al escribir mis dos novelas me interesaba comunicar emociones intensas y difíciles de digerir, me inte-resaba escribir sobre mundos opresivos y agobiantes. No creo que sea necesario explicar por qué. En buena medida porque ni yo lo sé.

 

Deseo/violencia/muerte aparecen a menudo anudados en tus crónicas, relatos y novelas. ¿Por qué?

–Tú lo has dicho, la ambivalencia es parte de la naturaleza humana, y cuando escribes sobre historias humanas debes reflejar estos claroscuros emocionales, si lo que quieres es crear personas verosímiles, tridimensionales.

 

Tus personajes –terribles, entrañables o ambas cosas a la vez– están minuciosamente construidos. ¿Cómo los desarrollas?

–Creo que los personajes son, como decía Bajtín, dobles salidos de la noche de nuestras vidas, por lo que siempre suelen tener una especie de vida propia que sólo es maleable hasta cierto grado. Los personajes están hechos de realidad, de recuerdos, de fantasías, de especulación y por supuesto, de imágenes y lec-turas. Si están bien hechos, si logran poseer esta tridimensionalidad, se convierten en egos experimentales que encarnan nuestras angustias y preocupaciones, nuestras filias y nuestras fobias.

 

Temporada de huracanes me pareció un libro complicado de leer, por lo bien que construyes su atmósfera de angustia, de violencia. No es que Falsa liebre sea una historia “amable”, pero creo que la experiencia del lector con tu segunda novela es mucho más dura. ¿Para ti la escritura sería un exorcismo, un testimonio o...?

–La verdad es que la forma de Temporada... no es la más amigable con el lector, y mientras escribía el texto dudé mucho de la conveniencia de adoptar esta forma particular, pero esas enormes digresiones contenidas en párrafos larguísimos fueron la única manera que encontré de contarla. Cada relato exige su propia forma, y yo no hubiera podido narrar la historia de Luismi y la Bruja con una redacción tradicional... Para mí la escritura es todo eso al mismo tiempo: testimonio y exorcismo, verdad y mentira, sentido y caos.

 

Hay escritores cuya obra tiene un sesgo claramente biográfico; en otros el ambiente forma parte de su sello característico. ¿Cómo es para ti? ¿Hasta qué punto consideras tu obra “biográfica” o personal? ¿Veracruz es para ti un lugar, un personaje o ambos?

Toda ficción es biográfica, de ahí lo ridículo (aunque comercialmente jugoso) que resulta hablar de “autoficción”. Toda ficción es traducción personal de otros autores, de otras obras, de la realidad misma. Para mí la ficción es la única manera, lejos del diván del analista, que he encontrado para comunicar creativamente mi verdad personal. Para mí Veracruz es un sitio al mismo tiempo imaginario y real. Pero el que más me interesa, a pesar de que mis libros aparentan ser profundamente referenciales, es el Veracruz imaginario.

 

¿A quiénes consideras tus mayores influencias en la escritura? ¿Quiénes son tus cronistas favoritos?

–Casi no leo crónica. Creo que para escribir periodismo narrativo hay que leer literatura, no periodismo. Pero me gusta mucho lo que hacen Diego Osorno y Alejandro Almazán, Leila Guerriero y Selva Almada en español; David Foster Wallace, Kathryn Harrison y John Jeremiah Sullivan en inglés, y Emmanuel Carrère en francés. En literatura hay muchísimos autores que, en positivo o negativo, han tenido influencia en lo que escribo. Pienso sobre todo en Mark Twain, William Faulkner, Juan Rulfo, Manuel Puig y Agotha Kristof, que siempre han sido referentes para mí

 

 

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