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Narrar el horror: periodismo narrativo en tiempos de guerra

Uno de los ámbitos y prácticas directamente afectados por las violencias de los últimos años en México, tanto en su funcionamiento narrativo como en su misma condición de supervivencia, ha sido el periodismo. La misión impuesta por el crimen organizado y por el mismo Estado al periodismo era la de llevar la cuenta macabra de los homicidios, despojándolos de su humanidad, des-historizando y des-materializando los cuerpos; la normalización masiva de la muerte y la construcción ideológica de su anonimato.

La decisión política de narrar el horror –y de enfrentarse al problema básico de toda narración: resolver desde dónde referirse a la realidad misma– se dio en México al menos de dos maneras: una, la de los periodistas que se adentraron en el “infierno” de la guerra contra el crimen organizado, a riesgo de que este mismo infierno se les quedara “adentro” al narrarlo, lo cual implicaría que las “historias reales” los alcanzarían tarde o temprano, como fue el caso del periodista sinaloense Javier Valdez, asesinado el 15 de mayo de 2017; otra, la de las y los periodistas que, ahogados en el horror de esta guerra, ahogados en las palabras clave de la hegemonía política de un lenguaje de guerra, como “narcos”, “capos”, “enca-juelados”, “encobijados”, “narcofosas”, “narcomantas”… decidieron narrar el “infierno” para combatir la misma gramática y normalización del horror, para salirse del lenguaje encubridor del poder criminal que se formaba en cada masacre y en cada concepto o imagen que implicaban una aceptación del punto de vista criminal para nombrar esas realidades; el objetivo ha sido combatir el anonimato y el olvido de las historias de cada “daño colateral” como una estrategia de la criminalización aleatoria de la sociedad, combatir las mismas consecuencias narrativas de la metáfora del “daño colateral”, el modo en el que el gobierno de Felipe Calderón (2006-2012) in-tentó “suavizar” los efectos de la militarización en la narrativa bélica del Estado mexicano, su manera de borrar la humanidad y los relatos de las víctimas.

Esta práctica narrativa y periodística, que tenía como objetivo devolver la dignidad a las víctimas y restituir en ellas la humanidad negada por el Estado mexicano y por el mismo crimen organizado, se autodenominó como un “periodismo de esperanza”. En el oscilar de estos dos periodismos están también grabadas las alternativas políticas del reconocimiento de las víctimas y de un potencial proceso de justicia, que también implica un re-conocimiento de sus experiencias narradas; así como el momento empírico y explicativo que necesita toda “práctica narrativa” para causar efectos jurídicos e históricos, que se pueden sintetizar en las siguientes inte-rrogantes: ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó lo que pasó?

Periodismo de historias reales: el momento empírico de una verdad narrada

En el periodismo de las “historias reales” encontramos también la estrategia de restituirle a las víctimas tanto su dignidad como su capacidad narrativa. Entre los propósitos de sus narraciones, en su libro Historias reales de desparecidos y víctimas del narco (2012, Aguilar). Javier Valdez señalaba los siguientes:

darle voz a las víctimas que padecieron el temible levantón, el secuestro impune y la tortura, darle voz a esos hombres y mujeres que iban al trabajo o platicaban con sus amigos afuera de su casa y grupos armados tomaron sus vidas, golpearon sus huesos y sueños y deseos, y a punta de chingadazos, puntapiés, culatazos y puñe-tazos sometieron su espanto para conducirlos a una habitación fría, húmeda, amueblada por la indefensión.

Doy también la palabra dolorida a sus seres queridos que han dejado trozos de su vida en Ministerios Públicos, semefos, cementerios y los sitios más recónditos donde opera la maldad, en busca del hermano levantado hace unas horas, unos meses, incluso años; porque para quien es señalado por los sicarios la perra muerte es lenta, eterna y mientras más larga sea la búsqueda, más hondas son las raíces de las desesperación, más se pudre el ánimo de las familias y las lágrimas se vuelven lodo por el odio, la desolación o una amarga ternura.

Además, en esta forma de narrar el horror también se construye el momento empírico y problemático de una verdad sobre estas violencias: las historias concretas, íntimas y subjetivas de los que fueron “enganchados” por el crimen organizado para sembrar, cultivar y cosechar marihuana y amapola, por ejemplo; amarrados a una silla y “desmayados” en medio de balaceras que duraban cuatro días, como se lee en el relato “Veinticinco metros de manta”, de Javier Valdez. Ramiro, un indígena lacandón, da su testimonio –a través de la voz, en tercera persona del singular, del narrador-periodista– de este infierno del cual es sobreviviente, en una escena que pone al límite la espacialidad criminal de ese infierno, es decir, al caminar por el valle de muertes que va dejando esa guerra que entrelaza a los cárteles del narcotráfico con la sociedad exterminada y los gobiernos en turno:

El mismo oficial le dice, casi le aconseja, que si quiere que le pongan una venda en los ojos. Pregunta por qué. Afuera hay muchos muertos. Él se niega. El militar no dijo cuántos, pero portaba un rostro serio. El lacandón pensó que no eran tantos. Pero sus ojos, ésos que se abren frente al abismo y la muerte apabullante, le dijeron que había tomado una mala decisión: pasó entre cerca de treinta cadáveres, seis de ellos de mujeres, en un tramo de apenas diez metros, cuidando de no pisarlos, aunque fue inevitable: danzó esos pasos cortos y largos, brincos, compases abiertos, a veces lento y otras veces brumoso, entre cabellos, brazos, piernas, sangre.

¿Cuál es la experiencia narrada de esta danza de los sobrevivientes en el cementerio al aire libre y de fosas clandestinas que ha dejado esta guerra contra el crimen organizado? Los testimonios de los “resucitados” llevan también al límite las posibilidades de “imaginar” lo que es la violencia directa sobre los cuerpos “sacrificados” por la guerra; son al mismo tiempo la evidencia empírica de que este horror muchas veces está en un “más allá” de los registros judiciales y políticos, en una brutal escenificación que desfonda cualquier intento de simplificar, normalizar y estereotipar a la misma violencia. Cada “masacre” es un brutal universo de sentido que, al ser narrada por “dentro”, se vuelve única, intransferible en su condición de extermino aleatorio y en el que cada figura, la del Estado, la del crimen organizado y la de las víctimas, juega un papel diferenciado: los sobrevivientes caminan casi desmayados por ese valle de la muerte en la que se oyen tiros y masacres en la disputa por los territorios y por la espacialidad criminal de la nación, en la que las fuerzas armadas, los gobiernos en turno y el mismo Estado mexicano le piden a los sobrevivientes y a la sociedad entera que se venden los ojos para no ver ni explicarse las razones de este cementerio.

Al mismo tiempo, es difícil situar el lugar que van ocupando, en el entramado narrativo de las violencias, las escenas que dejan estas narraciones: a pesar de que se valen de una construcción narrativa que utiliza alegorías como la de “la danza” o “el resucitar” de los sobrevivientes, la unidad que le da sentido a estas narraciones no pondera la dimensión artística de sus relatos. Sin embargo, es claro que, sin estos recursos retóricos, sin las metáforas de la danza o la resurrección, los testimonios de los sobrevivientes no tendrían la fuerza política de construir también una verdad desde “adentro del infierno”. En el último de los casos, narraciones periodísticas como las de Javier Valdez rompen directamente con la normalización deshumanizadora de metáforas bélicas como la de “daño colateral”, trabajando narrativamente desde el punto de vista de las víctimas y de sus historias reales de sobrevivencia y testimonio: “Eran las cuatro de la mañana. En la puerta de su casa, a solas, con la calle alejándose y la madrugada en su apogeo, se quitó la coraza y abrió sus cavidades al llanto. La muerte lejos. Y ella, a salvo, resucitó.”

Entre las cenizas hay otro modo de narrar el horror

Un libro paradigmático sobre este periodismo re-humanizador de las víctimas y que abiertamente se inscribe en una estrategia narrativa entendida también como “periodismo de paz”, es sin duda Entre las cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte (Marcela Turati/Daniela Rea (coordinadoras), 2012, Sur+Ediciones), un texto heterogéneo que desde su coautoría ya entiende el acto narrativo como algo compartido, un “esfuerzo colectivo” por narrar esa “vida” que se olvida en los relatos de “muerte”, como en las “narrativas” del crimen organizado y del mismo Estado mexicano. Elia Baltazar, Lydiette Carrión, Thelma Gómez Durán, John Gibler, Luis Guillermo Hernández, Vanessa Job, Alberto Nájar, Da-niela Pastrana, Daniela Rea Gómez, Marcela Turati y Cristina Rivera Garza (autora del prólogo), son las y los autores colectivos de estos relatos que definen su perspectiva para narrar de la siguiente manera, esto en la nota introductoria del libro, escrita por Marcela Turati y Daniela Rea:

En ese extraño, nebuloso campo de batalla, varios periodistas nos sentimos retados a escapar del horror, o por lo menos a no quedarnos paralizados ante él. A combatir, con investigación, datos, análisis y testimonios, el anonimato oficial de las víctimas. A recoger las historias de familiares, sobrevivientes y testigos que describían una realidad distinta a la narrada por los hacedores de la guerra en sus mantas o en sus boletines oficiales. Sentíamos esa urgencia de gritar que detrás de cada una de las noticias sobre los asesinatos, quedaban víctimas heridas y silenciadas que necesitaban solidaridad, ser escuchadas, atendidas.

Esta perspectiva narrativa implica una ética del relato y de la re-escritura de la violencia. Una concepción plural del relato que se vale de metáforas como la fogata, esa práctica comunitaria transformada en símbolo de resistencia en la comunidad purépecha de Cherán, Michoacán, para resignificar la palabra, el enunciado y la función política de esta narrativa, como afirma Cristina Rivera Garza en el prólogo:

Es importante estar al tanto de los periodistas desaparecidos, de la rapacidad de los narcotraficantes contra las comunidades indígenas, de la saña con que son tratados los migrantes centroamericanos en un tren que no por cualquier cosa le apodan “la bestia”, en su paso por territorio mexicano, del dolor que pesa en los corazones de los padres y madres de familia que han perdido hijos adolescentes en Ciudad Juárez, de la violencia que envuelve las vidas de tantos jóvenes en las pandillas urbanas de la Sultana del Norte, de la depresión que ataca, y ataca sin cuartel, a comunidades enteras sin la posibilidad de recurrir a ningún tipo de cuidado médico, de las venganzas que han tasajeado incluso a los que denuncian la violencia ex-trema por internet.

No es difícil advertir que en esta definición política de la narración resuena un intento de recuperar una función ancestral y colectiva del relato de matriz oral, sólo que actualizado, incluso reconocido como uno de los orígenes de las literaturas modernas: las historias que se contaban al caer la noche ante el fuego, el momento narrativo en el que la comunidad se reconocía como comunidad viva, contradictoria y que transmitía su sentido del tiempo y del espacio, pero también sus estrategias de sobrevivencia.

Las crónicas y reportajes que componen el libro abordan el “levantamiento” armado en Cherán, Michoacán, el 15 de abril de 2011; la figura de Las Pa-tronas, mujeres que en el sur de Veracruz auxilian y se solidarizan con los migrantes centroamericanos (“Los migrantes empezaron a llamarles Las Patronas, no sólo por el nombre del barrio sino como una forma de respeto. En México y Centroamérica se llama patrona a una mujer con autoridad, pero que también cuida y vela por sus hijos. El grupo ahora está formado por 14 mujeres, familiares y vecinas del barrio que todos los días sin descanso cumplen con su ‘servicio’, como llaman a la tarea de preparar y entregar comida y agua.” “Vida en la ruta de la muerte” (Alberto Nájar), la conformación del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad; relatos sobre las víctimas de desaparición forzada, la resistencia comunitaria a esta “hojarasca” de violencias en las montañas y en la Costa Chica de Guerrero, el olvido y la memoria como una articulación problemática de la justicia y la sobrevivencia… en fin, el libro es también un mapa de resistencias narradas, una re-escritura de la guerra desde el ángulo de lo que resiste y sobrevive, los relatos de una heterogeneidad de luchas desde la perspectiva de las víctimas, pero también una historia crítica de las estrategias de la criminalidad en las que se funden las estructuras locales del crimen organizado con gobiernos y policías, en las que se les impone a las pandillas locales el proceso de transformación del “sicariato” y su contraparte, es decir, el asesinato sistemático de adolescentes que viven en las franjas de esta criminalidad. También se reconstruye una experiencia parcialmente afortunada para revertir el destino de muerte de estos mismos adolescentes, en donde, “por un momento, la avasalladora realidad de la marginación se ha detenido. Sólo suena el acordeón. Sólo existe la cumbia”. (Lydiette Carrión)

Lo insólito de esta propuesta narrativa quizá radica en revertir periodísticamente el veredicto jurídico, político y narrativo que reza así: “Los muertos cotidianos eran culpables de su muerte” y que quería imponer, como si fuera sentido común, esa matriz ideológica de la normalización, impuesta sobre y desde el horror, desde la muerte como re-victimización y olvido. Este veredicto se invierte para nombrar y reconocer a seres humanos concretos, que no sólo adquieren sentido en los números y cifras de la muerte aséptica de los informes o que aparecen transfigurados solamente desde la violencia indeterminada y aparentemente aleatoria. Más bien, dejan de ser fantasmas sin nombre para que sus vidas sean evocadas, así como sus propias sobrevivencias.

Lo que este periodismo se impone narrativamente, como una tarea también de sobrevivencia del género discursivo mismo, es documentar cómo es posible que una “comunidad casi extinguida” sea capaz de “desarmar la desesperanza”. Cómo es posible que, ante una retórica de exterminio, normalización de los asesinatos y feminicidios, el periodismo narrativo también haya sido capaz de rearmar su sobrevivencia a través de relatar la muerte desde la perspectiva de la vida, la que se opone a la narrativa hegemónica de los ase-sinatos; relatar la forma en que las víctimas sobreviven en la memoria de los que las evocan y de los que leen estos textos:

Nuestro punto de partida fue que esta guerra no merece ser contada sólo desde la sangre, desde la brutalidad, desde el sinsentido de los asesinos uniformados y no uniformados. Merece ser contada desde la dignidad de los sobrevivientes, desde las costuras invisibles del amor que se asoman entre las ruinas, desde las personas sanadoras de almas, desde quienes se hicieron escuchar cuando salieron a las calles a gritar su verdad en público, desde las que se organizan con la inquietud de hacer algo. (Marcela Turati/Daniela Rea)

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