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'Procesos de la noche': crónica y memorial de la desgracia

Nacida en Ciudad de México en 1982, Diana del Ángel es poeta, traductora y activista por los derechos humanos. Maestra en Letras mexicanas por la unam, la editorial Almadía le publicó el pasado 2017 la crónica titulada Procesos de la noche, en la que boceta la personalidad de Julio César Mondragón –uno de los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, que fue asesinado y cuyo rostro apareció desollado, según la cndh, a consecuencia de la mordedura de perros y roedores. Asimismo, en el libro –prologado por Elena Poniatowska– la autora documenta el alegato jurídico para recuperar y exhumar el cuerpo del normalista masacrado.

 

-Con el riesgo de tropezarme con el simplismo, te pregunto si hay dos bandos latentes en tu libro Procesos de la noche. Por un lado, quienes se afanan en buscar la verdad y exigen justicia (la familia de Julio César Mondragón, amigos y allegados); por el otro, quienes se oponen a ella, funcionarios de bajo y alto nivel en la estructura de poder.

Ciertamente creo que la realidad es más compleja que decir estos son “los buenos” y estos “los malos”, sin embargo, esta dicotomía es útil como punto de partida en tanto se problematice. Por ejemplo, el juez de Iguala ayudó mucho a agilizar los primeros trámites relativos a la diligencia de exhumación, eso diríamos que es algo bueno. Más tarde, el mismo juez optó por un procedimiento que alentó en demasía el proceso de reinhumación. Así que allí están las dos caras en un mismo funcionario de gobierno. Lo que sí creo inamovible en cuanto al propósito de buscar la verdad y la justicia no sólo para Julio, sino para todos los afectados por la violencia, es que esta búsqueda vendrá en primera instancia de los familiares –las víctimas indirectas–, no del Estado, ni siquiera de las ong’s.

 

Las mujeres ocupan un lugar protagónico en tu crónica: abuela, madre, esposa, novias, abogada, cronista, narradora… El orbe patriarcal queda desdibujado salvo para el ejercicio de la violencia.

–Sí, creo que hay una presencia mayoritaria de las mujeres. Eso se debe a las circunstancias, por ejemplo, quienes tienen la prioridad jurídica sobre el caso son Marisa, Afrodita, mamá de Julio, Melisa, su hija. Sin embargo, el abuelo, los tíos y el hermano de Julio estuvieron presentes en todo el proceso; también los compañeros que integran el colectivo El Rostro de Julio fueron un sostén primordial, ellos no podían ir a las diligencias porque todos ellos trabajaban –el colectivo El Rostro de Julio se formó con voluntarios– y no les era posible faltar a sus trabajos. Asimismo, menciono en el libro que hubo otros compañeros que nos ayudaban sobre todo para manejar y lo hacían sólo por amistad; no hago públicos sus nombres por cuestiones de seguridad, sin embargo expreso mi agradecimiento. Lo que quiero decir es que aunque las mujeres tienen mayor visibilización dentro del libro porque el trabajo emocional y jurídico recayó sobre mujeres –Marisa y Sayuri–, personalmente creo que sin el apoyo de algunos hombres no habría sido posible sostener todo el trabajo.

Ahora bien, es cierto que del lado del Estado la preponderancia es de los hombres y eso sí tiene que ver con la cultura machista en México, es decir, salvo la jueza de Tenancingo, el resto de las mujeres con las que nos encontramos no tenía puestos de mando.

 

El retrato moral de Julio César Mondragón es abarcador, incluye sueños y esperanzas, coquetería y machismo, pobreza y educación, itinerancia cam-po-ciudad, clase social y raza, infancia y orfandad, pero no su formación política, ya que precariamente se informa de su ideología, aunque sí queda bien asentada su condición de líder moral.

Esa imagen fue la que surgió en los testimonios que recogí, en un principio yo también esperaba saber más de su ideología, pero no fue eso de lo que me hablaron y desde luego hube de respetar lo que las personas me contaron. Pienso que de haber podido entrevistar a quienes fueron sus compañeros en la Normal de Ayotzinapa tendría más información al respecto; espero tomar esos testimonios un día de éstos y tal vez allí encuentre esa faceta de Julio.

 

Por cierto, la relación de Julio César Mondragón con las normales de Tenería y Ayotzinapa queda fuera del diagrama de tu narración. Sólo tangencialmente se trazan los vínculos con estas escuelas.

–Es cierto. Julio ingresó primero a la Normal de Tenería que está muy cerca de su casa en San Miguel Tecomatlán. Según lo que contaron su hermano Lenin y su tío Cuitláhuac, Julio empezó a cuestionar algunas decisiones sobre el destino de los recursos dentro del Comité de Estudiantes. En esas fechas, murió la abuela de Julio, Guillermina Fontes, y él se deprimió al grado de faltar un tiempo considerable a la escuela. Esta situación fue aprovechada por las autoridades de la Normal para darlo de baja; sus familiares creen que sólo fue un pretexto para librarse de los cuestionamientos de Julio. Después Julio estuvo un semestre en la Bene-mérita Normal de Maestros, en Ciudad de México; de hecho allí se hizo uno de los primeros actos por su memoria –el 29 de abril de 2015– y Marisa nos dio algunas fotos que Julio se había tomado en esa escuela. También pasó por Tiripetío, en Michoacán, pero allí no aprobó el propedéutico. Después le contó a su hermano que no lo habían aceptado porque preguntó en qué se iba a usar el dinero del boteo. Como puede verse, Julio buscó de muchas maneras educarse para ser maestro, uno de sus tíos decía que “estaba como obsesionado”. Y bueno, finalmente hizo su examen para Ayotzinapa y pasó el propedéutico…

Ahora con tus preguntas me doy cuenta de que hay muchas cosas por decir de Julio. Lo cierto es que en el momento de armar el libro elegí pensando en lo más entrañable que, desde mi punto de vista, son los recuerdos del hogar y de la infancia.

 

Julio César Mondragón sufre una triple orfandad: tal vez nunca conoció a su padre, el abuelo que remplaza a esta figura, muere, y Julio mismo deja a una hija en el desamparo.

–Es duro pensarlo así. En cuanto a su padre, por desgracia es un caso común en México: el abandono paterno. Aunque Julio tuvo el apoyo de su abuelo y de sus tíos, también tuvo el interés de conocer a su padre, pero no sabemos si logró dar con él. En cuanto al abuelo, era el mayor de los Mondragón, su muerte fue muy dura para la familia, sobre todo porque entonces Julio seguía en un refrigerador de Servicios Periciales en la cdmx. En cierto modo, don Raúl murió esperando el regreso de su nieto; a su muerte dejó a sus hijos y su otro nieto con esa carga.

En cuanto a la bebé, sí tendrá que vivir con la ausencia de su padre y en algún momento conocer su historia. No pienso que esté en el desamparo total pues están Marisa, sus abuelos, sus tías que han ayudado en su crianza; ellas le hablan de Julio y le dicen que aunque ya no esté físicamente las está cuidando desde el cielo. A mí eso me parece una manera muy constructiva de asumir la ausencia. Marisa cree que los colibríes que se encuentra son mensajeros de Julio y para su buena suerte siempre aparecen en momentos significativos del proceso o en el jardín de la casa donde vive con su hija. Todo eso se lo transmite a su hija y es una manera de hacer presente a Julio en su vida. La nena se sabe el nombre completo de su papá, también le gusta mucho caminar y la gente que conoció a Julio dice que tienen la misma mirada.

 

En la crónica la abogada y el equipo forense argentino resuelven cómo abrir cada puerta que las instancias legales cierran a su paso.

Así es, y es que cada oficio bien hecho, cada documento ingresado, cada evidencia aceptada, cada puerta abierta implicó una batalla burocrática. Yo le decía medio en broma a Sayuri, que no se podía quejar de falta de adrenalina en su trabajo porque cada trámite, por pequeño que fuera, ponía en vilo todo el caso. Desde luego es absurdo que la abogada o los familiares tengan que tronarse los dedos o encomendarse al santo de su devoción cada que hacen un procedimiento. El eaaf fue un gran aliado, su directora, Mercedes Doretti, también es toda una profesional y el resto del equipo acompañaron con sus mejores saberes y su calidad humana a los familiares de Julio y a Julio mismo.

 

Tu libro evidencia la escasa formación y prepa-ración de los agentes estatales involucrados en la impartición de justicia. La estampa que ilustra este pasaje es cuando en Servicios Periciales los peritos no saben cómo obtener una muestra del cuerpo exhumado de Julio César.

–Sí. Hay muy pocos peritos acreditados adecuadamente y también hay cada vez más demanda de estos especialistas. Ello ha ocasionado que los familiares de desaparecidos se formen –a veces en la marcha y a veces mediante cursos– en materia pericial para buscar posibles fosas, para marcar el terreno, para desenterrar los restos. Ellos están supliendo al Estado.

Una de las veces que fuimos a la pgj de Guerrero le preguntamos a una de las peritos que estaba en la recepción cuál era su especialidad y nos dijo que hacía de todo, tanto informes dactilográficos, autopsias, levantamientos de cuerpo, balística, etcétera. Esta generalidad contrasta con la especificidad del eaaf, que tiene un especialista como Steve Symes, quien se ha dedicado a analizar huesos en contextos de tortura durante más de veinte años. Aquí entra otro sesgo socioeconómico, en México no hay muchas escuelas de formación para peritos, hasta hace poco me imagino que no era una carrera muy demandada, mientras que los especialistas del eaaf han estudiado en Estados Unidos y Europa. Pienso que el Estado tendría que dar una capacitación de primera –en todos los sentidos– a quienes trabajan en materia pericial.

 

Dos grandes apartados dan forma a Procesos de la noche (“Rostro” y “Proceso”). El primero registra la oralidad, afín a la familia y los amigos; en el segundo se constata un lenguaje jurídico, declinado por el Ministerio Público, los forenses, los abogados, los médicos legistas… También en los usos del lenguaje se tensa otra batalla por la verdad.

–Sí, el lenguaje en tanto instrumento es susceptible de ser usado en beneficio o en perjuicio de otros. Lengua es poder. De ahí que sea tan importante comunalizar los lenguajes de resistencia. En el caso del len-guaje jurídico o del forense nos enfrentamos a tecnicismos que requieren de un “iniciado” en la materia, también depende de quien lo use, si es un abogado del gobierno o un defensor de derechos humanos. Ahí es donde una se da cuenta de que el lenguaje es una herramienta que podemos usar también los de abajo. Por otro lado, me parece importante hacer un espacio para las voces que han sido sistemáticamente marginadas. Acallar nuestra voz para escuchar la de los otros. Aguzar nuestros oídos para escuchar a quienes siempre han hablado pero no han sido escuchados. Creo que la verdad sólo es posible con las voces de todas y todos.

 

En Procesos de la noche, narrador y autor se alían en una misma figura, por lo que objetividad, veracidad y militancia se funden en un mismo relato. ¿Podría ser de otro modo la crónica en México?

–Pienso que no. Aunque estudié literatura y conozco la discusión en torno a la muerte del autor y los desarrollos posteriores, pienso que la realidad siempre va más rápido de lo que podamos sistematizarla. Si bien tengo claras las categorías y aprendí en clase la necesidad de separar “autor” de “narrador” o “yo lírico”, pues creo que es una separación útil para el análisis literario, nunca pensé en ello mientras tomaba notas o escribía las crónicas. Para mí Procesos de la noche es la concreción de una búsqueda de muchos años, la manera de aliar mi escritura con la labor social, pues casi siempre eran prácticas que hacía por separado. En ese sentido, el libro no es del todo literario, pues en buena medida los recursos de la literatura están puestos al servicio de otra cosa que está más allá de la literatura, que la contiene y nos contiene a todos, y que yo llamo vida.

 

En este libro el narrador es un observador participante que hilvana el relato a partir de su empatía con la víctima y la familia, ¿el cronista se debe abocar a la exigencia de verdad y la demanda de justicia, o sólo dejar testimonio objetivo de la tragedia?

No me gusta poner las cosas en términos de “deber” o “no deber” pues ante todo creo en la libertad. Me gusta más hablar del deseo, y sí, creo que como cronista y ciudadano –facetas que tampoco son fáciles de separar– tenemos derecho a la verdad y derecho a exigirla, pero creo que el ámbito de esas acciones está más allá del libro y de la escritura misma. No digo que no sean herramientas útiles, pero son sólo eso. La exigencia de la verdad y de la justicia pasa por otras acciones que implican necesariamente la participación colectiva; mientras que un cronista puede tomar solo sus notas y escribir “a solas” sus textos, la exigencia se hace en colectivo.

 

¿Para ti la crónica es un vehículo de denuncia, formación de conciencia, instrumento de lucha social y memorial de latrocinios?

–Pienso que la crónica es una herramienta que permite dar cuenta de los hechos, narrar lo que sucede in situ. La crónica está ligada a lo que sucede en un lugar y espacio determinados. En el caso de México, los actos más comunes son violentos, por eso son materia de la crónica. Sin embargo, creo que hay distintas maneras de narrar la violencia, se puede hacer desde el amarillismo, desde la nota roja o desde la revictimización de las personas que han sido violentadas en sus derechos; esta forma no me interesa. Creo en la importancia y necesidad de narrarnos como comunidad desde otra mirada: la de la resistencia. En este sentido para mí la crónica es una herramienta para articular nuestra historia desde la resistencia, desde la vida. Espero haberlo logrado un poco en Procesos de la noche y espero mejorar en el futuro.

 

Percibo una tendencia en la narrativa mexicana contemporánea por documentar los agravios sociales desde la crónica, el ensayo o la poesía, aunque es una marca indeleble de la crónica desde el siglo xix, cuando los viejos cronistas atestiguaban con su vida la insurgencia y apuntaban los males o las taras sociales en los diarios de la época. Pienso en títulos muy recientes: Aquí no es Miami (Fernanda Melchor, 2013), Los niños perdidos (Valeria Luiselli, 2016) o Anamnesis (Clyo Mendoza, 2016).

El siglo xix mexicano es una de las etapas más entrañables de la literatura para mí; aunque no es muy leída. Yo dediqué mi tesis de maestría y de licencia-tura a estudiar El Pensador mexicano, de José Joaquín López de Lizardi y creo que leyendo al Pensador aprendí mucho sobre cómo escribir para los que no son especialistas. Pienso que la literatura del xix da cuenta de cómo se forjó una idea de nación, me gusta mucho leer a Ignacio Manuel Altamirano, a Vicente Riva Palacio, sobre todo sus crónicas, que a pesar del tiempo conservan mucha de su fuerza narrativa y épica. Claro que ellos conjuntaban en su práctica las armas y las letras, lo cual se nota en sus textos, eso ya no es muy común en nuestros días.

A diferencia del xix, actualmente en México no se está forjando una nación –de hecho ya poca gente habla de la nación o del amor a la patria, quizá también porque es difícil definir alguno de esos dos términos–, en todo caso, por hacer un paralelismo simple, podríamos decir que somos testigos del derrumbe de lo que fue –o lo que se intentó que fuera– México. Esta situación nos interpela a todos, algunos responden y de entre ellos varios respondemos con la escritura. Es significativo que menciones ahora a tres escritoras, yo añadiría a Daniela Rea, Sara Uribe, Cristina Rivera Garza, Alma Guillermoprieto y Marcela Turatti, entre muchas otras. Aunque también hay hombres –Javier Valdez, John Gibler, por mencionar a dos–, creo que es importante señalar la labor de las autoras en esta narración del México actual.

 

En Latinoamérica, una vertiente de la crónica se decanta en relatar el malestar en la sociedad, los latrocinios contra una comunidad o las tragedias del ciudadano. ¿El cronista es un agente que a través de la narrativa de los hechos procura el cambio y la conciencia social, valiéndose de la crónica como memorial de la desgracia?

–En una mesa sobre periodismo actual, Fabrizio Mejía apuntó que el origen de la crónica en Latinoamérica era Operación masacre, de Rodolfo Walsh, a diferencia de Estados Unidos cuyo punto de partida sería A sangre fría, de Truman Capote. Al margen de que esta afirmación pudiera ser discutida desde la historiografía, creo que es innegable el carácter político de la crónica en Latinoamérica y eso tiene que ver con su historia. El caso de Walsh ilustra muy bien esta puesta en marcha ante un contexto de violencia, pues su libro es el único testimonio de un crimen que la dictadura argentina buscaba ocultar. Así ocurre con muchos textos periodísticos y literarios de hoy en día, es decir, que son el testimonio de lo que está ocurriendo. A mí me gusta pensar que dan cuenta de lo que fuimos, pero no de lo que seremos.

 

Como título, Procesos de la noche se aleja de tu elocuencia de tu poesía, que reemplazas por una re-tórica militante y académica.

–No lo había pensado así, pero es posible. A decir verdad, yo tenía la impresión de que el título era lo más poético del libro, pero claro que eso depende de la lectura de cada quien; además estoy consciente de que la palabra “procesos” en el contexto alude al ámbito jurídico y forense.

 

Dada tu inclinación por la poesía, no encuentro raptos líricos en tu crónica, ¿cómo mantuviste fuera esa tentación por la imagen o la metáfora?

–Esa es la pregunta que más me tardé en responder, porque no sabía qué decir. Hace poco tomé conciencia de que durante algunos años estudié con seriedad la retórica y allí todos los autores –desde Aristóteles hasta Antonio López Eire– hablan de lo importante que es elegir el lenguaje, las figuras retóricas, el tono, para que un discurso funcione, es decir, siempre hay algo que es oportuno o adecuado a cada situación y el éxito de un discurso estriba en encontrar esa oportunidad, en construirla. Pienso que todo esto estuvo presente en mí mientras escribía las crónicas, aunque no fuera consciente de ello. No hubiera sido oportuno hacer metáfora o dar cauce al discurso lírico –fácilmente hubiera tendido a lo panfletario o cursi– de ahí mi elección por un discurso preciso y pulcro.

 

Te vales de un manejo depurado, pulcro y sintético del lenguaje con el que elaboras esa narrativa de la infamia que es tu crónica, ¿la práctica de la poesía te sirvió de auxilio para lograrlo?

–Pienso que sí. Creo que la poesía estuvo presente sobre todo en cuanto a procedimientos, en la búsqueda de la palabra precisa, aunque en este caso no fuera para crear una imagen, sino el relato lo más cercano posible a lo que había presenciado.

 

Finalmente, ya que tienes relación con la abogada de la familia Mondragón, ¿podemos esperar el relato del proceso jurídico que ella encabezó?

–Eso no lo sé de cierto. A veces es difícil actuar y documentar al mismo tiempo. Llevar el registro de las actividades es una actividad en sí misma. Sin duda creo que el relato que pudiera hacer Sayuri Herrera sería de mucha utilidad para la defensa de derechos humanos y para la memoria histórica.

 

¿Leyó tu crónica? ¿Cuál es su opinión?

–Sí, de hecho las crónicas que fueron publicadas en el sitio del colectivo eran leídas por ella y el compañero encargado de medios, pues había que ser cuidadosos con lo que se haría público. Ella está contenta por la existencia del libro, sobre todo porque es una posibilidad de que el caso sea más difundido

 

 

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