Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Tomar la palabra
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Tomar la palabra
Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

A dos de tres caídas…

 

El Peligro Populista contra Los Seis Formidables. Jamás hubo lucha similar a lo largo de esta era democrática y sin adjetivos. Acaso sólo en los años sesenta del siglo de oro tulancinguense viose en la Arena Libertad, gallera isabelina de cemento y vigas tembeleques de oyamel, a Galento mexicano, de dos metros trescientas libras, enfrentar simultáneamente a tres adversarios. Y eso en relevos australianos, o sea que el tal no tenía que surtírselos en bola sino de uno en uno, ante un respetable público nada selecto (en rinsáid una viejita más soflamera que los mosqueadores de pasillos vendedores de dulces chicles chocolates muéganos y máscaras, en preferente de chile de dulce y de manteca, en gayola la broza tutifruti). Además había, así fuera nada más para taparle el ojo al macho, un réfere patas planas y burriciego que disimulaba bien cuando el trío le echaba montón al gigante aquel. Eran otros tiempos y peor nada.

En cambio ahora, ¿habráse visto ventajismo igual? Para mí que ni en el Coliseo, en el romano, digo, seis contra uno en súper libre, con límites de tiempo a favor de los polemistas intelectuales comunicadores autoconsiderados formidables. Así que cuando el ídolo de las multitudes, Tabasco Ipsum Condimentum Acipenser, plebeyo provinciano aflojado en terracería más conocido como El Peligro Populista, aparece en escena para vérselas con el león hexacéfalo, recibe una contundente bienvenida de aire acondicionado en autobús de línea. Él, acostumbrado al calor de la muchedumbre delirante en todas las regiones y poblados del imperio que visita, amoldado al tributo de vítores, cánticos, guirnaldas y hasta sahúmas de copal y jehuite santo, siente que se le hiela el cicirisco. Tal silencio podría haberlo animado, pero qué esperanza, si es un silencio pesado, denso, despectivo, muy distinto al que las masas le despachan como algodón de azúcar cada que empieza a desplegar, a ritmo de trombón zacatecano, su oratoria precaria y su pronunciación costeña (asaz censurable para los ñores de la cultura imperial).

Desde que le avisaron de qué iría el pancracio aquel, supo que la mesa estaba puesta para sus aleves contrincantes. Pero bueno, pensó, la cosa pudo estar peor, porque las reglas las impone el cuico bueno de la tortuosa contienda. En efecto, es el comisionado organizador, Mal filius Corduvae, quien quita pone designa dicta los temas en cuestión, a los patricios presentes, a los moderadores, las normas simples (esta es la guerra y todo se vale, excepto hablar despacio y enojarse). El que se enoja pierde, dice la regla de oro. Desde luego que no por taparle el ojo al macho sino para asegurar la victoria de Los Seis Formidables y de paso sobajar más a los partidarios de El Peligro Populista, el árbitro central es Leon filii autem Regula de Stercore, hijo del reverendo inventor de mesiánico mote adaptable a las circunstancias. León, hijo de la reverendísima dama que metió en un mismo tacho a quienes estaban a favor de El Peligro Populista. El mismísimo León quien, por no dejar de ser como lo pintan sus ilustres congéneres y progenitores, pregonó que los enmascarados Cástor y Pólux o Neoliberal Uno y Neoliberal Dos, son formidables por esto por lo otro y porque, faltaba más, aparte de árbitro este mil usos ha de ser el comandante en jefe de Los Seis Formidables, ya ven cómo es esta democracia de atole que nos han ido dedeando, muy parecida a torear un cuaresmeño confiando en que no nos va a picar.

Llega la hora, todas las precauciones han parecido pocas, la fe y las apuestas de los Dieciséis Magníficos están con Los Seis... El Peligro Populista apenas comienza a desentumirse de la gélida recepción, cuando lo entierran hasta el cuello en la arena, cerca de donde está a punto de brincar la fiera, no vaya ninguna de sus cabecitas a fatigarse. Y sí, de un solo brinco ésta salta encima de El Peligro..., quien con trabajos testerea, aunque eso le basta, por el momento, para esquivar la dentellada más cercana, y no conforme con esa osadía, aprovechando la insobornable ley de la gravedad, le planta un mordisco quirúrgico y plenamente persuasivo en los testículos al león de seis cabezas cuando éste va aterrizando. El público presente y todo el chayoterío espinoso que atestigua el suceso, reprueba los malos modos y la poca preparación del vencedor. ¡Así será bueno, pinche tramposo!, dirán las cámaras, los altoparlantes, las de ocho y los noticiarios horario triple a.

 

comentarios de blog provistos por Disqus