Usted está aquí: Portada / Para Leer / De novelas y no/velas
Usted está aquí: Portada / Para Leer / De novelas y no/velas
P12_R1Web.jpg
De novelas y no/velas
'Una novela criminal', Jorge Volpi, Alfaguara, México, 2018.

Una novela criminal, de Jorge Volpi (México, 1968), es, ¡o casi!, nuestro A sangre fría, aunque a dicha obra no se aluda a lo largo de sus casi quinientas páginas. Retrocedamos, por favor, a ese “casi”. Esa palabrita tan pequeña que denota falta, o exceso, o ambos; un elemento –o más de uno– que impide al reseñista anunciar triunfalmente: “¡La gran novela mexicana de 2018!”.... además de valiente, precisa, exhaustivamente documentada, y que ofrece al lector la oportunidad de sacar sus propias conclusiones. Pero…. ¡ay!, ¡ya se escribió esa otra nefasta palabrita, también de cuatro letras. Esta novela, a la que denomino así porque como tal se proclama desde el título, y lo reitera a través de la narración, “esto es una novela”, en realidad no es una novela (¡ya lo dije!: respiro), y el que no lo sea no tendría por qué impedir que se le catalogue como un gran libro. Este “reportaje literario” se permite muy pocas licencias, digamos, “poéticas”, como volver legible el dialecto legaloide y reiterativo de las actas, y exponer de manera casi pornográfica el cáncer que ha roído las instituciones encargadas de impartir justicia en México, a partir del caso de la presunta secuestradora francesa Florence Cassez. Truman Capote también insistía en que A sangre fría era una fiction novel, pero sus críticos se refirieron a ella como “crónica”, “relato verdadero”, “relato documental”, al tiempo que, unánimemente, la designaban Obra Maestra. Capote, sin embargo, no cometió el error de titularla Una novela criminal. Aunque no periodística al cien, Volpi le debe muchas de sus cualidades y aciertos –la mayoría–, a su metodología más propia del periodismo que de una novela documental. No es raro que algunos supongan que la insistencia de presentarla y re-presentarla como “novela” se deba a que resultó ganadora del prestigiado Premio Alfaguara de Novela 2018, lo que desvirtuará la lectura de sus potenciales jueces… y los más enconados alegarán, parafraseando a David Markson, ¡esto no es una novela!

Pero me ahorro la polémica sobre si Una novela criminal amerita o no el Premio Alfaguara, y otras suspicacias que incita una obra de estas características. Volpi no deja títere con cabeza. Revisa desde cada ángulo posible la “triunfal” captura de unos “secuestradores”, en diciembre de 2005, montada entre los medios de comunicación –muy concretamente Televisa, y para mayor precisión, Carlos Loret de Mola y su reportero estrella, Pablo Reinah– y la Agencia Federal de Investigaciones. La inventiva –me rehúso a llamarlo “ingenio”– de las autoridades, terminó por bautizar a esta banda como Los Zodiaco cuando uno de los policías torturadores reparó en que ninguno de los presuntos secuestradores tenía el mismo signo zodiacal. A quienes se exhibió como cabecillas fue a un par de incautos que, como se expone en el libro, tuvieron la mala pata de cruzarse en el camino de un vengativo empresario: un vendedor de coches llamado Israel Vallarta, y su exnovia, en proceso reconciliarse con él, Florence Cassez, una guapa francesa pelirroja que empezaría a laborar como recepcionista en unas oficinas de Polanco justo el día de “la emboscada”, suscitada el 8 y no el 9 de diciembre. Libres de antecedentes penales, esta fotogénica pareja fue exhibida como una versión postmoderna e interracial de Bonnie and Clyde; se les condenó en vivo y en directo, pisoteando sus más elementales derechos humanos, todo para maquilar la telenovela de mayor rating en la historia del hoy zozobrante Canal de las Estrellas, aunque tv Azteca obtuvo su tajada.

El hecho es que la mayoría de los mexicanos creía en la culpabilidad de la pareja, si bien Florence, por sus características –mujer, atractiva y extranjera–, era más, digamos, mediática, y la que recibía toda la atención… incluyendo las “cartas abiertas” de Carlos Alazraki que exhiben mucha más misoginia que indignación. El autor está firmemente convencido de la inocencia, tanto de Florence, a quien consigue entrevistar en un pueblo de Francia donde actualmente reside con una hija pequeña, fruto de una fallida relación con otro mexicano, como la de Israel Vallarta, encarcelado hasta la fecha, lo mismo que casi toda su familia (afuera sólo quedaron sus padres y su hermana Guadalupe). Según se infiere, Volpi se convenció conforme avanzaba en su investigación, exhaustiva y cotejada, que incluye entrevistas con involucrados de ambos bandos, a excepción de los “secuestrados”, cuyas declaraciones ministeriales presentan severas inconsistencias. Uno de ellos, Ezequiel Elizalde, que resultó hijo de otro secuestrador y sobre el que pesan sospechas de formar parte de la verdadera banda (se tienen nombres y apellidos, y sin embargo caminan libremente por las calles), pasó a convertirse en algo así como el “Sancho” de Isabel Miranda de Wallace, el personaje más novelesco, dentro y fuera de este libro, quizá demasiado afectada por el irresuelto secuestro y muerte de su hijo (Volpi cuestiona oportunamente las reacciones violentas de esta señora que inspira más temor que respeto). Durante la campaña de su anómala candidatura por el PAN para jefa de gobierno de Ciudad de México, su discurso reflejaba más resentimiento y anhelo de venganza que buenas intenciones, y el mensaje, bien claro, era el mismo del entonces presidente Felipe Calderón: no importa quién cometa los crímenes, sino quien los pague.

 

1213
VIDEOS
comentarios de blog provistos por Disqus