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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Las filiaciones mulatas de Jaime Chabaud

 

Yanga, seguido por En mexicano se dice chaquetear, de Jaime Chabaud, editado por TeatroSinParedes, es el libro que precede también un tomo con dos obras de teatro: Anamnesis, seguida por Niños chocolate (2016). Es una muestra de la pasión de Chabaud por la historia, pero sobre todo por las múltiples historias del pasado que no terminan por decirnos todo, pero que intervienen el presente de muchas maneras, al colocar sobre nuestra cotidianidad viejos problemas que nos siguen acosando con la actualidad del presente.

Me referiré solo a Yanga, a pesar de que Niños chocolate también tiene una impronta histórica, estructuralmente muy semejante. Yanga está cerca y muy lejos; se puede decir también que está en emergencia en un México que inicia el reconocimiento de una tercera raíz que también lo constituye, con todos los claroscuros hipócritas y simuladores que justifican los crímenes del pasado en una ignorancia hisrica que invisibilizaba y negaba nuestros pasados.

La obra se acompaña de dos textos para iniciar el recorrido por las obras. Uno es de Salvador Lemis (“No retumban los tambores mientras corre la sangre”, un título enigmático), quien estudió artes escénicas en la Universidad de la Habana, donde muchos académicos estudian la negritud y la hispanidad, y están habitados por esa dualidad africana y gallega que caracteriza a la isla, con sus escalas de gris que dieron como resultado esa pureza que es la mezcla, como dice la canción de Jarabe de Palo, que permite descubrir en este mundo de antimigrantes que “en lo puro no hay futuro”.

Lemis enfatiza la actualidad de la añeja protesta para “proponernos una revisitación narrativa acerca de los orígenes de esta rebeldía; a la par que es un canto impulsor a que nos rebelemos hoy”. Es muy interesante la visión de este ensayista, porque parece reconocer lo que de inconsciente puede intuirse, asociarse, puntuarse en esta forma de distancia que construye el dramaturgo para inmiscuirse, tanto en la historia como en la vida, en esa extrañeza vestida con otra piel, que cruza sus propias experiencias sensoriales, erótico-históricas y políticas, para construir/imaginar y lograr que lo mulato se inscriba hasta en la dedicatoria de una obra que deja ver cómo se resiste y se entrega a ese trenzado de fascinaciones que no tienen respuesta a todas las preguntas que el texto se plantea desde el corazón de unos personajes inciertos históricamente, pero totalmente verdaderos estéticamente.

El texto de Chabaud tiene lo que de buen poeta posee como dramaturgo que coloca en las voces que lo habitan una heteronimia imaginativa, auténtica, sobre todo en los monólogos que poseen la fuerza de lo épico, de la conciencia que testifica su propia transformación en el camino mismo de la enunciación que aclara y parece nombrar por primera vez, en el transcurso mismo de la articulación verbal, los avatares de un pensamiento dolido, encarnado y que protesta con vehemencia frente a nosotros como si hubiéramos colocado el grillete, azotado su espalda y poseído su cabellera en un puño apretado como un corazón de odio al que ningún daño consuela. Una poética de gran musicalidad contemporánea en la cáscara de un castellano de la época que reconocemos sin dificultad, porque nuestros indígenas también son portadores de esos anacronismos –como lo han mostrado Rulfo, Revueltas, Arreola, Magdaleno, Rojas, Muñoz, Azuela y Yáñez, que reproducen el eco del eco evangelizador.

Lo que no me atrae es la colocación episódica de una especie de glosario al que se deben los personajes para explicarle a su interlocutor de lo que están hablando, al modo de un recuadro que podría colocarse en el programa de mano, en caso de un montaje, o al final de la obra, del capítulo o del tomo en el caso de un libro. Me disgusta la caducidad que insufla a la obra esa manera adoctrinante de diccionario, que define o explica en qué consisten esos nombres que vienen de lejos y que, en algunos casos, son jerga o un lenguaje vernáculo.

El pudor que provoca autoeditarse tiene como ventaja secundaria enriquecer el jardín del vecino. La visión que puedo tener como un periodista involucrado en el teatro es distinta a la que puede tener un lector que verá ambas ediciones como una postura estética frente a la dramaturgia de hoy y ante el crecimiento de un cuerpo textual que constituye, paso a paso, un repertorio de cara a lo que somos y hacemos con el teatro más duradero y más pensado en nuestra lengua y en México. Pero, ¿quién es el Yanga de hoy, dónde está y cómo fluye en escena?

 

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