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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Leonora Carrington: como el agua que fluye (I de II)

El 6 de abril de 2017 se celebró el centenario del natalicio de Leonora Carrington, la entrañable artista de origen británico que emigró a nuestro país en 1942 y vivió hasta los noventa y cuatro años desbordante de lucidez y creatividad. En el curso del año pasado se llevaron a cabo numerosos eventos para conmemorar su natalicio. Los festejos culminan este año con la apertura del museo que lleva su nombre, inaugurado el pasado 22 de marzo, en un recinto recién habilitado para tal fin dentro del Centro de las Artes San Luis Potosí Centenario, que a partir de ahora alberga una exhibición permanente de esculturas, joyas, grabados y objetos de la colección de la artista; ahí mismo tendrá lugar un Centro Internacional de Estudio y Difusión del Surrealismo, todo esto impulsado por su hijo, Pablo Weisz Carrington. Hace unas semanas dio inicio la exposición Leonora Carrington. Cuentos mágicos en el Museo de Arte Moderno capitalino y próximamente también se abrirá el Museo Casa-Estudio en la que fuera su última morada en la calle de Chihuahua 194. Se contempla para el verano la apertura de un tercer espacio dedicado a la artista en Xilitla (también San Luis Potosí) cercano al Jardín Surrealista “Las Pozas” creado por Edward James, quien fuera su coleccionista y amigo. Muchos museos para una sola artista que ni siquiera es mexicana de nacimiento, han cuestionado algunos, pero lo cierto es que el público mexicano profesa un profundo cariño, admiración y reconocimiento a esa excepcional creadora que hizo de nuestro país su patria adoptiva y ocupa un lugar central en la historia del arte mexicano de nuestro tiempo. Su celebridad en el ámbito nacional e internacional se debe primordialmente a su extraordinaria creación plástica, de una belleza y originalidad poco comunes, pero también al hecho de que por muchos años fue la última sobreviviente del grupo surrealista original liderado por André Breton en París en los años veinte y treinta del siglo pasado. Y eso no es de extrañar si pensamos que ella ingresó al núcleo surrealista con sólo veinte años de edad y siendo una incipiente pintora y escritora. Con su talento y audacia deslumbró a las celebridades del grupo y Breton la incluyó en su magistral Antología del humor negro (1940). Si bien por muchos años su pintura fluyó paralela a su creación literaria –ella incluso decía que no veía ninguna diferencia entre sus imágenes pintadas y las escritas– con el tiempo su escritura fue relegada a un segundo plano. Su arte cautiva a un amplio público de propios y extraños, pero intuyo que sólo una minoría ha leído sus cuentos y novelas. Por esta razón se aplaude la reciente iniciativa del Fondo de Cultura Económica de publicar una edición conmemorativa del delicioso relato La trompetilla acústica (1976) acompañada de ocho imágenes inéditas de la artista de la década de los cincuenta, incluidas a modo de encarte. Sería de agradecer que dentro del marco de estos festejos se reeditaran todos los libros de Leonora que están agotados en nuestro país.

Este vasto programa de eventos conmemorativos –también ha habido puestas en escena y producciones documentales– ha de contribuir a una nueva lectura de su trabajo y de su personalidad, porque en Carrington vida y obra están íntima e indisolublemente ligadas. Entre más observo sus pinturas, más inaprehensibles las percibo. Y eso me entusiasma. Ríos de tinta han corrido en el intento de descifrar sus enigmáticas escenas, y desde luego en este sentido hay numerosos estudios serios y profundos de los colegas especialistas, pero en lo personal me inclino cada vez más a la idea de dejar de buscar la interpretación de su críptico lenguaje cargado de símbolos, y dejarse simplemente llevar por la fluidez de sus misteriosas escenas finamente bordadas con pasión y poesía en cada lienzo y olvidarse de las ideas preconcebidas. Ella nunca se sintió surrealista y siempre rechazó esa o cualquier otra etiqueta que constriñera la libertad de su creación. Lo importante de su pintura es su exquisita calidad técnica –como pocas en el arte contemporáneo– y la intensidad de su imaginación desbordada. ¿Leonora pintaba imágenes de la mitología celta, de las leyendas y mitos ancestrales, de las filosofías ancestrales, de la magia y el ocultismo, la cábala, la astrología? ¿O pintaba lo que soñaba, lo que recordaba, lo que vivía? ¿Acaso lo vivido en vidas pasadas? Qué más da. Ella lo intuía así: “Mi memoria tironea hacia la imagen nítida de algo jamás visto, aunque recordado y tan intensamente vivo que siento que me posee. […] El mundo que pinto no sé si lo invento, yo creo que más bien es ese mundo el que me inventó a mí.”

(Continuará…)

 

 

 

 

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