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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

¿Dónde está Junip?

 

Formado en Suecia hace diecinueve años, Junip es José González en voz y guitarras, más Tobias Winterkorn en órgano y sintetizadores (antes estaba Elías Araya en la batería). José nació en Gotemburgo pero posee ascendencia sudamericana. Como es imaginable, a la distancia escuchaba trova y folclor latinoamericano, canciones de protesta con espíritu libertario. Así, para cuando grabó su primer disco en solitario (Veneer) ya había escuchado lo fundamental de aquel repertorio, la música de su propia generación (tuvo otras bandas de rock) más autores clave de clásico y flamenco. Cursaba entonces estudios en bioquímica. Pocos, empezando por él, se imaginaban el éxito que vendría a partir de 2004. Premios, conciertos llenos, ventas de oro y platino, todo se cimentó con la salida de un segundo trabajo, In Our Nature, por lo que augurábamos una prolífica carrera solista. Sin embargo, González regresó con sus amigos de adolescencia para cerrar el círculo y presentar Fields, un álbum extraordinario que trajo hace unos años al Festival de México. De allí que nos brincara del estante en una mañana reciente.

Normalmente, cuando en la cabeza de un músico se suman influencias venidas de culturas y tiempos distantes, los resultados suelen ser abigarrados. Más interesantes son, empero, aquellos proyectos en los que cada adición provoca la eliminación de algo a cambio, un equilibrio, una charla refinada en que va prefigurándose su esencia. Por ello es que escuchar a Junip es tan disfrutable. Porque no hay desperdicio. Lo que se añade exige que algo quede ausente. La manera como presentan sus canciones, la producción sónica, pasa por esa misma tesis. Hay una certera elección de micrófonos, amplificación y efectos, desde luego, pero mesurada siempre. Es así que cada pieza cumple su promesa, tal como el viaje de una flecha que serpentea guardando el perímetro de impacto.

Ahora bien, el grupo no es un disfraz de González. Lo ronda con arreglos democráticos y un temperamento diverso. Allí están la fragilidad de su voz, la inteligencia de sus letras, los acordes cíclicos de su guitarra, elementos a los que se añaden rasgos psicodélicos e hipnóticos que, sin caer en la vaguedad del falso ritual, consiguen un espléndido entramado rústico, orgánico, comparable con momentos de bandas como The Flaming Lips o Radiohead. Eso sí, lo de Junip es más oscuro y, paradójicamente, más ligero. Sigue mostrando un sello folk pero con vocalizaciones elaboradas y complejas que, por su reverberación y armonización, recuerdan fugazmente a Elliott Smith.

Cabe destacar la visión de Tobias Winterkorn y del propio Elias Araya. No se trata de meros soportes para el cantante. El primero sabe dar paisajes, argamasa para la unión del trío, pero además consigue momentos de improvisación melódica exquisitos. A él se debe, en gran medida, que Junip se mantenga en la frontera que divide la melancolía de la felicidad. Sus dedos hablan de esperanza pero a través de una reflexión sin visceralidad. El segundo fue en sus filas un intérprete diáfano y sencillo al que jamás vimos caer en la tentación del terremoto. Sus tambores aún suenan magníficos. A él se debe, por si fuera poco, la imaginería visual del conjunto. Otrora estudiante de artes en Finlandia y Noruega, fue el responsable del diseño gráfico en distintos trabajos de González. Tristemente, abandonó al conjunto dejándolo en dúo. Eso se dice.

Sobre Fields, podemos decir que fue cocinado tras dos ep’s anteriores (Black Refuge y Rope & Summit). Es coherente en la alquimia equivalente, pues los recursos están pensados para no superponerse. “In Every Direction”, el track inaugural, es probablemente el más “rockero”. “Tide”, el que cierra la obra, es hermoso por abierto y lento. Entre ellos destacan “Always”, “Without You” y “Sweet and Bitter”, canciones cuya lírica apuesta por el uso de una espiritualidad empolvada por instantes de rima que triunfan profundos y rigurosos en su métrica. Tiempo después, en 2013, salió un disco homónimo que logró una vendimia justa, por lo menos en su estética. Una decena de canciones pop con aires psicodélico-andinos y temperamento nórdico. Extraordinario. Pero entonces sobrevino el silencio. ¿Dónde está Junip? No lo sabemos.

José González sacó un disco más (Vestiges and Claws), cierto. La última vez que vino a México fue en 2016. Actualmente anda girando por los Países Bajos y no se ve que vuelva pronto. Ojalá nos equivoquemos. Creemos que a sus dispersos seguidores en nuestro suelo se sumarán otros, lenta pero seguramente. Verlo de nuevo –en solitario o al lado de Junip–, sería un remanso entre tantas provocaciones grandilocuentes. Esperaremos escuchándolo con paciencia y dedicación. Le recomendamos lo mismo, lectora, lector. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

 

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