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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

El 11 de noviembre de 2003 nació La Leyenda. El 11 de septiembre de 1978, en Pensacola, Florida, aquel niño nació por primera vez, cantando con el desgarro de quien sabe que su lugar de nacimiento puede ser una eventualidad, pero también una invitación a regresar, porque Ali Eskardarian era un niño iraní cuyo padre tenía una profesión, ingeniero de la Fuerza Aérea, que les permitía viajar, incluso en una época en que se cernía el Pavor Islámico, personificado en el Ayatola Jomeini.

En la única novela que alcanzó a publicar en vida, The Golden Years, que en su traducción al español recibió el “escandaloso título” de Sexo, exilio y rock and roll (Malpaso Ediciones, 2016, España, traducción de Santiago del Rey), Eskardarian, que oficialmente nacería otro día 11, a los treinta y cinco años de edad, narra una infancia que remite a párrafos de las horrorosas profecías de Nostradamus. Pese a vivir en la relativa seguridad de un edificio a prueba de bombas en Shiraz, nunca superó el terror de las sirenas nocturnas y el tronido de las bombas iraquíes. Una de éstas casi lo alcanza y hiere mortalmente a su mejor amigo, durante un recreo de la escuela. Normalmente disponían de tres minutos, tras dispararse la sirena, para ponerse a resguardo, pero esta vez la bomba cayó en el patio de la escuela contigua casi al tiempo de activarse la alerta. Ali pudo estar en el lugar de su amigo Reza. Empezó a albergar la sensación de que su vida terminaría en cualquier momento, la cual persistió incluso cuando logró escapar con su familia a Alemania en 1989, donde llegó en el preciso instante en que el Muro era derribado.

La narración de Sexo, exilio y rock and roll no es lineal, de tal suerte que no sabemos exactamente en qué momento Ali decide transformarse en un “rockero salvaje”, que canta algunas de las canciones más dulces del mundo, con una voz que no se parece a ninguna, aunque por momentos recuerde la de “los Bobs”. Al arrancar la novela ya forma parte de un grupo compuesto por emigrantes iraníes llamado The Yellow Dog, que se encuentra en su etapa de telonero de rockeros importantes. La banda se formó en Irán, donde la música occidental penetra de manera ilícita y tiene mucha más repercusión en los jóvenes de lo que puedan imaginar. Tras decidir que quieren salir al mundo, sus miembros empiezan a irse, como gotero, a América, concretamente a la ciudad de Nueva York, donde Ali dispone para ellos de un refugio en un mugroso loft de Brooklyn, y además funge como su traductor del farsi ante las autoridades de Inmigración.

Independientemente del variopinto menú de drogas, los súbitos cambios de chica de una escena a otra, los enamoramientos platónicos del pequeño rockero salvaje –“se parece a Prince”–, y los tríos y gang bangs, lo que más llamó mi atención fue la inquebrantable pureza del corazón de Ali, así como esa sólida ingenuidad que caracteriza a los idealistas; en lo absoluto –y perdón si echo a perder un poco la parte publicitaria– me remite a Jack Kerouac, ni a ningún beatnik; ni creo que haya pretendido escribir como alguien en particular. Experimenta la imperiosa necesidad de plasmar su enojo contra la guerra y el hambre; y que Mana, Josephine y Allison, especialmente Allison, sepan lo mucho que significaron para él, y que sus amados compañeros de giras, excusados desbordados y orgías tengan claro que los ama pese al primitivismo de su conducta. Huelga decir que Ali es como el “hermano mayor”: los demás chicos frisan los veinticinco años, mientras que él está más cercano a la edad de Jesucristo que a la de Jim Morrison o Kurt Cobain.

Perfeccionista con su música, indulgente con la inmundicia humana, pequeño y oscuro como Prince; beatíficamente habituado a ser confundido con terrorista, a partir de su cumpleaños número treinta y tres en que su “regalo” consistió en presenciar el derrumbe de las Torres Gemelas, Ali Eskardarian alcanzó a concretar una novela que, decía él, no quería que fuera una cualquiera, sino “la gran novela iraní-americana”. Un incrédulo editor holandés, Oscar Van Geldersen, empezaba a creer que Ali no fanfarroneaba, cuando el último miembro del grupo, que hasta ese momento no contaba con un bajista, Akbar Mohammed Rafie, veintinueve años, molesto con una demoledora crítica a su técnica por parte de Ali y Arash Farazmand, el baterista, abandonó furioso el loft para retornar más tarde, introduciéndose por la ventana, y vaciar una pistola sobre los miembros del grupo que no habían salido de juerga esa noche, entre ellos Ali Eskandarian, que así nació como Leyenda.

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