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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De palabra generosa

 

Con mucha menos elocuencia y, desde luego, mucho menor poder de convocatoria, pero aquí se ha dicho varias veces y de varios modos algo como lo siguiente:

"El porvenir del cine es la resistencia local ante la invasión estadunidense. No se debe competir con la producción hollywoodense, sería imbécil. La única manera de hacer algo diferente es filmar cine de calidad, con raíces; destinado a un público local. Es la guerra entre la variedad de la cultura y la uniformidad de la economía. Una cultura uniformizada no tiene sentido, una economía uniformizada, sí. Es importante para cada país hacer su cine para reflejarse, pero también es que cada gobierno reconozca que el cine es un arte, y que considere que éste debe ser defendido."

Quien afirma lo anterior es Jean-Claude Carrière, uno de los guionistas más sólidos y respetables del espectro cinematográfico mundial de todos los tiempos, en particular gracias al trabajo desarrollado junto a Luis Buñuel –a Carrière le debemos los guiones, entre otros filmes, de Ese oscuro objeto del deseo, Diario de una camarera y Bella de día–, en virtud de lo cual el medio fílmico mexicano le es absolutamente familiar.

La cita proviene del extenso, disfrutable, diverso y –se dirá aquí esta palabra la primera de muchas veces– generoso libro recientemente publicado por el doble colega Juan José Olivares, titulado Alquimia audiovisual, que la Secretaría de Cultura ha tenido a bien editar este año, como parte de su colección Periodismo Cultural.

Que no se escatimen elogios aquí obedece primero e inevitablemente al hecho de que, en razón de nuestra ya añeja convivencia en la misma redacción, este juntapalabras conoce de primerísima mano el trabajo del querido Juanjo, pero sobre todo tiene que ver –el entusiasmo– con la obra en sí, generosa como se ha de insistir, y como es su propio autor, que se dio a la tarea nada sencilla de preparar un volumen que recoge, representa y sintetiza un trabajo que abarca años y lustros ejerciendo esa labor nobilísima, compleja y envidiable del reportero, en este caso dedicado a temas de cultura y espectáculos. Así presenta el propio Juanjo su regalo:

A muchos los conocí cuando era adolescente. Los veía inmersos en la pantalla o sólo sus nombres… Esas figuras fueron las constructoras de lo que me producía una enfermedad placentera: cinefilia, que no me he atendido con ningún galeno y de la que no quiero curarme.

Con algunas he convivido en un palmo de terreno: hemos compartido mesa o ideas. Otros me han abierto las puertas de su casa.

Estos son los encuentros que quedaron plasmados en lo efímero y lo sucinto, en lo intenso y lo limitado de las páginas de un periódico. Son breves charlas con efigies históricas del cine mundial.

Tras esa modestia de quien sabe dar al entrevistado su lugar –sin el pésimo gusto de Muchosotros de envanecerse o pretender una equivalencia verbal imposible con el interlocutor en turno–, están entre otros los nombres de auténticos indispensables como los siguientes, aquí citados sin orden de ningún tipo: Volker Schlöndorff, Jean-Jacques Annaud, Héctor Babenco, Walter Salles, Juliette Binoche, Bille August, Terry Gilliam, Emir Kusturica, Werner Herzog, Theo Angelopoulos, Sharon Stone, Danny Glover, Ennio Morricone, David Cronenberg, Zhang Yimou, Monica Belluci, Fernando Birri, Patricio Guzmán, Mike Figgis, Fernando Pino Solanas, Ulrike Ottinger, Álex de la Iglesia, Wes Anderson, Mohamed Al-Daradji, Jean Claude Carrière… Pero como este libro es a su manera dos libros –Cortázar mediante–, en la sección “El eterno legado. Para que no me olvides… Charlas con personajes de la música y…”, Juanjo deja libre su otra pasión profesional y habla con mitos vivos de ese otro ámbito del alma, verbigracia Caetano Veloso, Fito Páez, Gustavo Cerati, Nina Hagen, Lisa Gerrard, Robert Smith, Oumou Sangare, Charly García, Rubén Blades, Brian Eno…

En todos los casos el autor –y no sobra la insistencia–, gracias a su dilatada experiencia, consciente de las claves profundas y las virtudes de su oficio periodístico, le da la voz a su interlocutor y lo sabe conducir a la exploración dentro de sí mismo, trascendiendo la circunstancia fugaz de la oportunidad editorial y obteniendo así piezas que, como lo demuestra esta Alquimia audiovisual, no dejan de ofrecer a los lectores el análisis, la semblanza, las constantes formales, plásticas, ideológicas, estéticas, de aquellos creadores que, como diría Carlos Monsiváis, conforman en buena medida nuestra educación sentimental.

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