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El padre y el infierno
'Nunca más su nombre', Joel Flores, Editorial Era, México, 2017.
Por Ricardo Guzmán

Una de las constantes humanas es el conflicto entre padre e hijo. Muchos mitos griegos se han perpetuado hasta nuestros días: el padre que devora al hijo, el hijo mata al padre, el hijo abandonado a su suerte o cambiado de cuna, el padre que desconoce al hijo y muchas variantes más. Una novela que tiene como primera referencia el conflicto eterno y generacional entre padre e hijo, tiene recorrida la mitad del camino en el imaginario del lector; no importa que éste no tenga un problema paterno como el descrito en la novela de Flores, sabe de qué se trata, sabe qué se siente.

El narrador, un escritor que transita entre Zacatecas y Tijuana, ha huido durante años del encuentro con un padre que, además de golpear a la madre, abandonó a la familia cuando el hijo era pequeño. Su renuencia con el padre llega al extremo de llevarlo a contestar, cuando le preguntan por su progenitor, que ha muerto. Y la vida parece estarle funcionando con la esposa, cuando recibe la llamada en Tijuana para que vuelva a Zacatecas a despedirse del padre, quien “se está muriendo”. La disyuntiva personal es clara: ¿qué podría importarle la muerte de alguien a quien ha dado por muerto desde niño? Pero la esposa, siempre conciliadora, interviene para que vayan a Zacatecas.

Como contrapartida de su nula relación paterna, el escritor contempla el fallecimiento de su suegro, quien fue un padre ejemplar y cuya familia es capaz de todo por estar a su lado. El escritor plantea los extremos para contrapuntear el deterioro emocional y familiar del narrador, mostrándole cómo deberían ser las despedidas de los padres. Pero no el suyo, piensa él: lo ha menospreciado toda su vida; prefirió al hermano mayor, quien sí tenía los atributos buscados por el padre; ha golpeado a la madre; jamás respondió económicamente a sus obligaciones paternas y en una ocasión que lo vio, décadas después de que los abandonara, el padre se puso violento e insultó a la madre, quien prácticamente crio sola a los hijos. Es como si lo hubieran desheredado en vida: le han quitado al escritor la posibilidad de recibir algo, cualquier cosa, no sólo material, sino afectiva, moral, educativa, por parte de ese padre que prefirió ausentarse, beber exageradamente y siempre menospreciar a la madre.

Una novela presumiblemente autobiográfica, al menos en las locaciones donde transcurre la acción, que nos habla a todos sobre las carencias formativas y cómo afectan a los hijos. Especialmente para aquellos que, ante la figura paterna y sus elecciones familiares, no pueden evitar sentirse desplazados de su amor, alejados de esa persona que debería ser el primero en proteger a los hijos y cuya única acción ha sido sembrar la semilla de la autoconmiseración en ellos para enfrentar este extraño ideal mexicano de ser buen hijo, aunque el padre no lo merezca. Mientras el hijo debe resolver su problema, la sociedad a su alrededor lucha con otras violencias; así, en esta novela, la delincuencia parece ser una extrapolación del conflicto interno del personaje: la violencia está adentro, pero también afuera: estamos en medio de un torbellino que impide la paz y la calma.

 

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