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Las barrabasadas contra el español
'Las malas lenguas. Barbarismos, desbarres, palabras, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas, Juan Domingo Argüelles, Editorial Océano, México, 2018.
Por Elena Méndez

Cuando estudiaba Lengua y Literatura Hispánicas me hice más consciente del buen uso que debe dársele al idioma español. Así, lograba percatarme de que hasta mis maestros, preparadísimos, de vez en cuando cometían errores garrafales al hablar o escribir. Como un par de ellos, que llevan el mismo apellido y son miembros correspondientes de la Academia Mexicana de la Lengua. Uno comentó en clase que llega un momento en el que al escritor debe dejar de importarle “si lo alaban o lo denostan” (sic). Otro glosó un trabajo escolar mío, donde había escrito “a El Comandante” (refiriéndome a Fidel Castro, que aún gobernaba Cuba), anotando: “Hace siglos que ‘a + el’ se contrajieron (sic) en ‘al’ ”. No hay que admirarse, por supuesto, de los errores ocasionales, sino de los reiterativos y generalizados que constituyen un verdadero maltrato del idioma.

Las malas lenguas, de Juan Domingo Argüelles (Chetumal, 1958), trata precisamente de dicho tema, analizando 423 casos de términos o expresiones utilizadas en el español.

Entre las múltiples causas que deforman el idioma se halla la corrección política, que da lugar a ridiculeces como llamar “adultos mayores” a las personas ancianas. Al recurrir a estos eufemismos se pretende, supuestamente, no ofender a ese sector poblacional; sin embargo, sólo se entorpecen la claridad y economía del lenguaje.

Un término bastante extendido es “bizarro”, en el sentido de “extravagante, raro, caprichoso y extraño”, acepción que, no obstante, es rechazada por la Real Academia Española, pese a que la de “valiente” o “espléndido” se encuentra en franco desuso. Aquí, Argüelles le concede razón a los hablantes y no a la institución, a la que no pocas veces califica de “rancia”, por sus incongruencias y lento proceder.

Otro caso donde se le otorga razón al hablante, así como ocurre con la popularizada acepción del término “bizarro”, es “viralización” y sus derivados. Dichos neologismos han cobrado un rápido y fuerte arraigo, dado su uso específico para todo aquel contenido que “se propaga exponencialmente” a través de internet.

Un caso realmente desopilante consiste en sustituir la palabra “trasero” por el galicismo derrière, que suele escribirse mal (sin acento o sin la ‘e’ final) y pronunciarse peor. Este vocablo es muy común en las llamadas revistas del corazón, donde abundan los consejos para realzar dicha parte del cuerpo, así como las críticas o panegíricos a las nalgas de tal o cual famosa. Tal uso resulta absurdo, explica el autor, porque nuestro idioma tiene el término adecuado, y una amplia sinonimia, para designar esa región anatómica.

Argüelles es muy enfático al sostener que está mal empleada la palabra “género” para referirse a la discriminación sexual, pues, como explica: “en español ‘género’ y ‘sexo’ son cosas diferentes: ‘género’ tienen las palabras, pero no así las personas: éstas tienen ‘sexo’, como muy bien lo define María Moliner en el Diccionario de uso del español (‘carácter de los seres orgánicos por el cual pueden ser machos o hembras’).”

Más adelante, en la entrada relativa a “violencia de género”, el autor cita al prestigiado filólogo Lázaro Fernando Carreter, director de la RAE en los años noventa, quien aclara que tal violencia más bien es “‘de superioridad’, sea sexual, física, de poder o de otras clases”.

El quintanarroense propone: “en atención a la verdad y a la claridad idiomática bien estaría decir y escribir ‘violencia contra la mujer’, ‘violencia contra las mujeres’ o, en el peor de los casos, ‘violencia por razón de sexo’, entendido el sustantivo femenino ‘razón’, en la acepción de ‘motivo’ o ‘causa’ (DRAE) […] Esta última expresión, ‘violencia por razón de sexo’, aunque mucho más minoritaria en su uso, tiene la ventaja de poder aplicarse no sólo a la violencia que se comete contra las mujeres, sino también contra los homosexuales y transexuales por el hecho de serlo”.

El nivel cultural de una persona no lo inmuniza automáticamente contra las barrabasadas del lenguaje, como la de aplicar el adjetivo “obsceno” a lo que es “repulsivo”, aunque carezca de connotación sexual, que es a lo que se refiere el vocablo. Incluso personajes como José Saramago, Premio Nobel de Literatura, han incurrido en el equívoco. El portugués afirmó en alguna ocasión: “Lo obsceno es que se pueda morir de hambre.” El Diccionario panhispánico de dudas aclara que la confusión ocurre por la influencia del anglicismo obscene: “grosero o indecente”. En español, “obsceno” sólo deberá emplearse para las representaciones grotescas del sexo. Asimismo, habrán de utilizarse adjetivos como “vergonzoso”, “censurable” o “vituperable”.

Líneas arriba se aludió al prestigiado galardón sueco, que innumerables veces se pronuncia y escribe incorrectamente, tanto por el vulgo como por enterados, que dicen “Nóbel” o “Nóbeles”, en vez de pronunciar el término en singular con acentuación en la última silaba; y en plural, en la penúltima. Además, en plural deberá escribirse con la letra inicial en minúscula. Y, en ningún caso, habrá de confundirse con “novel”, es decir, con “principiante”.

Justo mientras redacto estas líneas, leo en la versión electrónica del diario El País, de España, que, tras una serie de desafortunados escándalos, la renuncia de otra integrante de la Academia “llega después de la salida de […] Katarina Frostensony y la de la secretaria permanente, Sara Danius, encargada de anunciar el Novel (sic) de Literatura”.

Aunque la extensión del volumen haría pensar que se trata de un mamotreto aburridísimo, el autor de Las malas lenguas se encarga de que la lectura sea fluida y de que soltemos la carcajada ante semejante compendio de faltas de ortografía, de ortoepía, redundancias, pleonasmos, entre otras burradas que tan despreocupadamente se cometen contra la lengua española.

 

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