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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

¿Canallitas? (i de ii)

 

Comienzo por el canalla mayor. La alabanza en boca ajena es vituperio, se dice. Y él, no conforme con los vituperios de cuarenta y tres por ciento de votantes, se ufana de ser el único de tener una vida limpia, juatevrdatmins. Él surge como Venus de una concha, aunque no de nácar sino de ostión. Es un milagro mayúsculo aunque con las limitaciones propias de su entorno, que no consiste precisamente en un lago de cristal sino en bocas de alcantarilla a donde vienen a dar los últimos desechos de un régimen podrido. Es inmaculado según la propaganda de tres partidos políticos consolidadamente afamados: PRI, Panal y Verde. Mi única mancha es el vitíligo, dice el guión de una escena que no es chusca por lo dicho sino por la originalidad: n’hombre, un genio. ¡Milagro!, algo limpio, por infinitesimal que sea, brota de este miasma venérea. Hosanna, es el más preparado, el formidable, la salvación, corean los bien retribuidos voceros que tachan de mesiánico al adversario político. Este prodigio de limpieza y rectitud representa la seguridad ante el peligro, el futuro de modernidad ante el prerito bienesteroso, la conciliación a huevo ante la obsesión por el poder. Él, con trayectoria de cinco secretarías de Estado cinco en dos sexenios dos, fustiga con su transparencia a quien rehúsa confesar de qué vive. Él, hijo de tigre, pintito, y de la de la divina providencia se viste de ciudadano cuando de hablar de honestidad se trata, o de antorchista cuando va a muerte por la presidencia siguiendo el ejemplo electoral del Estado de México y Coahuila. Él, sin ser priista, asume haber quitado y puesto cabezas en el PRI. ¿Y qué resulta de tanto decir suyo? Un total de egolatría, emisión aciaga a la sombra silenciosa de los mercenarios, complicidad –por decir lo menos– en la desviación de miles de millones de pesos del erario y, en consecuencia, corresponsabilidad en las penas, miedos e iras de ciudadanos imposibles de convencer. ¿Qué suma? Mentira pura, como escribir un libro que se acaba de escribir y que está por aparecer pero del que se desconoce el título, como ignorar las corruptelas maquinadas antes, durante y después de su paso por la Secretaría de Hacienda, como intentar (fallidamente) exorcizar su acartonamiento con calumnias a una luchadora social, con la entrega de una supuesta prueba de cargo a su adversario, con manoteos pérame-pérame al moderador.

Paso al candidato segundón, el canalla que flota a salvo de las leyes gravitacional y jurídica gracias a que, primero, en Chihuahua tiene un salvoconducto en el exsecretario general adjunto del PRI acusado de desviar recursos públicos para financiar campañas proselitistas; segundo, a que los cargos de lavado de dinero, enriquecimiento inexplicable y “moches” (cobro legislativo de comisión por gestionar recursos para ayuntamientos) no son exclusivos del PAN ni de la clase política, y tercero, porque este canalla es la pieza a la que apuestan los mexicans hampones máximus frente al riesgo de intentar otro fraude electoral para encaramar ahora en la Presidencia de la República al canalla mayor. Así que es el segundón, quien ha obtenido a pulso el apodo homófono de su apellido desde que se apoderó del PAN, quien cada día se supera a sí mismo como topillero y mitómano. Él, que acusa de anacrónico a su único contrincante real, sólo puede ostentar su oficio de jilguero en tiempos en que ni los priistas, de Salinas para acá, usan ya los artefactos de la oratoria y la declamación, y dejan ese oficio a los Fernández de Cevallos y a los Álvarez Icaza. Él califica de antiguallas las propuestas que luego copia con el descaro de quien se sabe impune ante los medios oficiosos u oficiales. Sin embargo, su fase más siniestra, la de mentiroso contumaz, se ha manifestado a todo color en las pantallas chicas. El jilguero cantaba, pues, para decir y desdecirse una y otra y otra vez, con desvergüenza, fingiendo divertirse con las acusaciones, intimidando de diversas formas y dibujando sonrisas de tarascada, sonrisas irrevocables que, no obstante, bajo su cáscara de autosuficiencia, traslucían al gesticulador egocéntrico e inescrupuloso dispuesto a transgredir cuanta norma social o individual le impida alcanzar sus metas. Empero, al revelar lo que en realidad es, su rictus mostró a un homínido elemental, de pesadilla, a un canalla siempre capaz de falsificar lo que sea y mentir con los dientes, pero siempre, también, delatado por sus ojos.

(Continuará.)

 

 

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