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Casa sosegada
Por Javier Sicilia

Casta meretrix

El epíteto duro, brutal, lúcido, es una de las mejores definiciones de lo que la Iglesia es. No lo acuñó ninguno de sus detractores –el mismo Voltaire, que la llamó “la Infame”, no tenía la altura espiritual para ello–, sino San Ambrosio, padre de la Iglesia y maestro de San Agustín en el siglo IV.

Independientemente de interpretaciones como la del cardenal Biffi, que intentó en 1996 darle la vuelta al calificativo meretrix, los términos de Ambrosio son inequívocos. Están relacionados con la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses (2, 1-12) y con las interpretaciones que de ella hizo otro maestro de Agustín, Ticonio, quien habló del cuerpo bipartito de la Iglesia, uno izquierdo y otro derecho, uno culpable y el otro bendito. Son también y, por lo mismo, parte de la propia vida de la Iglesia en la historia.

Cuando la Iglesia obra con un espíritu evangélico –pensemos en Francisco de Asís, Juan XXIII, Teresa de Calcuta, Óscar Arnulfo Romero, por hablar sólo de unos cuantos–, la Iglesia expresa su parte casta. Cuando, por el contrario, se expresa como una institución jerárquica y burocrática que, como cualquier Estado o cualquier institución mundana, defiende sus intereses y sobrepone su estructura y su ideología a su vocación evangélica, expresa su condición de meretrix. El ejemplo más claro en el historia próxima es el de Pío XII. Su concordato con Hitler, su desprecio por los judíos, su germanofilia, su pensar a la Iglesia en términos jurídicos, diplomáticos e institucionales y no en teológicos evangélicos, lo llevó a abandonar no sólo a los católicos de Polonia, sino a los seis millones de judíos que el régimen nazi asesinó. No hubo de su parte una condena perentoria ni un llamado al mundo católico a la resistencia y la oposición. A diferencia de hombres como Maximiliano Kolbe, que en Auschwitz cambió su vida por la de otro prisionero para morir en su lugar; del general de los Jesuitas, Bernhard Lichtemberg, que oró públicamente por los judíos y murió mientras era transportado al campo de concentración de Dachau; del jesuita Alfred Delp, condenado a la horca por ayudar a escapar judíos; de los hermanos Scholl, miembros del grupo estudiantil la Rosa Blanca, guillotinados a causa de su oposición al hitlerismo; del pastor luterano Dietrich Bonhoffer, vinculado con la Operación Walkiria para asesinar a Hitler y asesinado en la horca; a diferencia de muchos otros católicos y protestantes, Pío xii, que tenía la fuerza y la autoridad para enfrentarse a la barbarie, guardó silencio y obligó al rostro meretrix de la Iglesia a hacerlo junto con él.

Como lo ha mostrado Hans Küng (El judaísmo. Pasado, presente y futuro), Pío XII y una buena parte de la Iglesia de entonces, prefirieron salvaguardar la institución que preservar y dar testimonio del Evangelio. Entregaron la condición casta de la Iglesia a su prostitución más abyecta frente a crímenes de una atrocidad inaudita. Hágase lo que se haga, es imposible reivindicar la figura y la Iglesia de Pío XII. Su complicidad con la shoa y su prostitución con el nazismo son inocultables.

Algo parecido sucede hoy con la Iglesia mexicana. Pese a tener un Papa de gran altura evangélica, pero cercado por una curia de Estado, nuestra Iglesia, con sus excepciones, ha guardado un silencio timorato ante los crímenes que desde hace doce años azotan a México. No ha habido, por parte del episcopado mexicano, una condena perentoria ni un llamado a la organización de sus fieles para denunciar y detener la ola de crímenes que nos invaden y que son fruto de la corrupción del Estado. Semejante a la Iglesia de Pío XII, nuestro episcopado ha preferido preservar sus relaciones con el poder, que dar testimonio del Evangelio; ha preferido el fracaso moral que el abandono de los privilegios que el Estado le concede; ha preferido pensar a la Iglesia como una institución más que como el rostro de Cristo. Eso genera escándalo, en el sentido de actos que permiten o hacen el mal. Nada es más espantoso que la corrupción de la integridad del Evangelio. Lo dijo su fundador: “Es imposible que no vengan escándalos. ¡Pero ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y lo echen al mar …”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

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