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Entre penumbras
'Bilis negra', Mario Sánchez Carbajal, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 2018.
Por Ilallalí Hernández

Un golpe contundente y seco es el primer sonido que regala Bilis negra, y estará presente el resto de la novela como un recordatorio. “Tu papá”, le dice su madre al protagonista, y éste corre a la habitación de su padre donde lo encuentra “tirado en el suelo, muy cerca de la puerta del baño, caído sobre su pecho con los brazos lánguidos a los costados y la cara pegada al suelo, abatido, con el cuerpo replegado y con la misma indefensión y el gesto de abandono de un muerto reciente”. Con ese inicio, cada personaje toma su lugar en la historia: la madre como un quejido; la hermana afuera; el hijo asume la voz narrativa y da cuenta en primera persona de su padre melancólico que, como una profunda niebla, cubre la vida de quienes habitan esa casa.

En la Antigüedad el hombre era el centro del universo y un reflejo de éste, y por eso los humores eran cuatro elementos que, en equilibrio, permitían al ser humano existir de manera balanceada. Se trata de dos pares de humores con cualidades opuestas, que representan un elemento y se relacionan con un órgano del cuerpo: la sangre es caliente, húmeda como el aire, aumenta en primavera, se relaciona con el corazón; la bilis negra, fría y seca como la tierra, acrecienta en otoño, armoniza el bazo; la flema, fría y húmeda como el agua, se eleva en invierno, se relaciona con el cerebro; y la bilis amarilla, caliente y seca como el fuego, aumenta en verano, regula el hígado.

Una persona invadida de bilis negra se ve dominada por la ataraxia. Así es la conducta que dicta el quehacer cotidiano del padre del protagonista de Bilis negra, un hombre ausente de la vida. Su figura se torna un fantasma, una sombra silenciosa que sólo muestra su cuerpo como un cúmulo de necesidades que se limitan a lo fisiológico y, mientras tanto, la familia orbita en torno a su alma enferma. Algunos lo cuidan, otros se alejan, otros más renuncian a su propia existencia por estar ahí, atentos a la nueva manifestación del cuerpo, del dolor inexplicable del alma y del vacío.

Un golpe contundente, el llamado del enfermo tendido en el piso, más como un cascarón, es el primer sonido que recibimos del libro y resuena en cada breve capítulo que brinca del paso distante al cercano. Conocemos al padre, cuya vitalidad se va desdibujando con el paso de los años. En la infancia del protagonista está un padre de emociones desiguales; en la adolescencia, con la primera recaída, la figura que venía fluctuando entre altas y bajas cae en picada, la imagen del padre se resquebraja y el hijo asume el lugar simbólico en la casa; las mujeres (madre y hermana) recurren a él, buscan ayuda, consuelo y complicidad. El padre va petrificándose, se torna el peso que los demás cargan cada uno a su manera, abandona su ley, y su otra vida –la previa a los eventos, a la manifestación de la bilis negra, a la invasión melancólica– es sólo un recuerdo vago. La madre comienza una nueva vida; la hermana se embaraza. El hijo se ata al padre, pospone su vida, más de veinte años sin haber terminado la preparatoria –eso será después”, parece decir, cuando el padre esté bien. ¿Qué será estar bien? ¿Sanar o morir? Un golpe contundente, un hombre joven tendido en el piso, la familia que llega a esa habitación, abre la ventana para que los humores se dispersen, la bilis negra, la espesa bilis negra que es también sangre, la sangre que comparten el padre y el hijo.

Porque la sangre es el lazo que va amarrando la trama.

El hijo sueña: “Estaba cambiando un foco en la casa de mi abuela […] al mover la instalación eléctrica se soltó un polvo blanco que me cayó en los ojos [...] Seguí intentando cambiar el foco pero la rosca daba vueltas y vueltas sobre el socket y no apretaba ni se sostenía, en lugar de dejarlo, supuse que la falla se solucionaría con mi insistencia, así que no sé cuánto tiempo más continúe aferrado intentando enroscar el foco hasta que escuché a mi espalda la voz de mi abuela. ‘En esta casa no se dio a luz, pura penumbra’, dijo justificando el problema de la instalación eléctrica.” El libro está henchido de imágenes poéticas que nos sitúan en la penumbra, lo que se advierte desde la portada con la obra La máscara de la muerte roja, de Odilón Redón. La muerte también es una condición; al final, la bilis y la sangre están relacionadas, sólo basta esperar un golpe, el final, el contundente.

Bilis negra fue ganadora del Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela 2015.

 

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