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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Yanga, la ficción histórica de Mulato teatro

Yanga, escrita por Jaime Chabaud y dirigida por Alicia Martínez Álvarez, es un trabajo que requiere de un contexto, de una periferia de orden histórico para entender mejor y valorar la poética que su directora ha puesto en escena y que una compañía ha integrado a su breve y significativo repertorio de creaciones.

A quien sea aficionado al teatro, la carrera de Alicia Martínez le será familiar, porque durante poco más de dos décadas le rindió honores a los poderes dramatúrgicos de la máscara, a tal grado que es una de las referencias obligadas para entender el desarrollo de esa perspectiva artística, plástica, de docencia e investigación. Martínez Álvarez no sólo posee la riqueza de lo académico y el rigor que da la investigación, el cotejo y la multiplicidad de fuentes, sino también una raigambre popular que no le da la espalda a los hacedores más humildes y entrañables.

No está en el programa el nombre de Octavio López Zaragoza (mascarero en Coyolillo, Veracruz), pero una de sus máscaras aparece en este montaje y forma parte del pasado de esta gran poeta de la escena que es Alicia Martínez, y que es un hilo que traigo aquí para pensar esa enorme madeja de producciones que realizó con su Laboratorio de la Máscara, que cumpliría veinticinco años de pensar el rostro bajo el manto animado de la puesta en escena, lejos de la inmovilidad de la bodega, del museo y de la tienda de artesanías.

No se explicaría este montaje sin el rico pasado artístico de Alicia Martínez: Entre guerras y fronteras es una obra sobre el mundo desgarrador del conflicto social; Cómo vivir con los hombres cuando se es un gigante, de la dramaturga canadiense para niños y jóvenes Suzanne Lebeau, y El viaje de Tina, una pequeña obra maestra escrita por Berta Hiriart de la que me ocupé en este espacio, en donde se subraya esa devoción y profesionalismo en torno a la máscara.

Tres obras, entre otras, que conducen a Yanga y explican ahora ese trenzado entre la construcción de un personaje con toda una psicología que permite darle una posición subjetiva a un discurso histórico en donde algo hay de idealizante y cosificador sobre este gran cimarrón que le da nombre a una ciudad, la cual se honra de ser la referencia del primer territorio libre de esclavitud en América Latina.

En el museo regional de Palmillas, en la ciudad de Yanga, territorio libre de esclavitud desde 1630, muy cercano a Córdoba e inicialmente conocido como “El pueblo libre de San Lorenzo de los negros”, está parte de esta historia. Hay un cuadro que anuncia la puesta en escena que montó (en la sala Villaurrutia del CCB, donde se presenta de jueves a domingo y hasta el 24 de junio) Alicia Martínez, al modo de un fresco, de un mural animado tan vivo como la embarcación que permitió la fuga de la Mulata de Córdoba a través de los muros inexpugnables de su prisión burocrática, cultural y religiosa.

Al inicio de la obra sentí un rechazo provocado por algunos pasajes que percibía incómodamente didácticos, pero finalmente terminé por reconocer que la vocación del poeta, historiador, editor y profesor Chabaud se dan cita en este trabajo, no sólo resuelto en el papel (Teatro sin Paredes) sino también en el largo aliento de la escena y en una poesía que no baja de intensidad: por momentos con la danza, en otros con el canto, en otros con la pura imagen de los objetos y los seres que pueblan la escena. Una exposición de magníficas contradicciones que llegan hasta hoy, como anunciaron previo al estreno Martínez y Chabaud, al declararnos que somos esclavos del salvaje capital, de una cultura voraz y de nuestra propia insensibilidad e ignorancia.

Es innegable que Chabaud también escribe con un tambor intenso batiéndole en su corazón, en una lucha por la autenticidad, por visualizar a través del amor y la trascendencia una tercera raíz que él, por lo menos, vive a diario, y está en la mayoría de los discursos políticos pero cuesta mucho incorporar a lo mexicano, a las múltiples identidades grupales que nos conforman.

Mulato teatro, fundado por Marisol Castillo y Jaime Chabaud en 2005, bautizada así hasta 2014, mucho después de que sus precursores se amancebaran y concibieran dos mulatos, es “evidencia de la mezcla y sincretismo de buena parte de América Latina”.

Quedan visibles tres raíces: la indígena, la europea y la africana, a través de las artes escénicas en este trabajo pensado para doce personajes y resuelto con seis poderosos actores: Jesús Delgado, Marisol Castillo, Fabrina Melón, Esteban Caicedo, Jorge de los Reyes y Diego Garza.

 

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