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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Una lanza por el imss

Hace unos días, en ocasión de la boda del príncipe Harry y la estadunidense Meghan Markle, el New York Times publicó una encuesta, un poco lela, en la que parejas compuestas por estadunidenses e ingleses manifestaban cuáles eran las diferencias más acusadas entre las dos sociedades. Todas las respuestas eran más o menos previsibles, excepto una que me dejó viendo visiones. En ella, la mujer era la inglesa. Y decía que ella tenía una visión de la vida mucho más relajada y optimista porque, ojo, “en Inglaterra el Seguro Social es universal y gratuito y esa parte del futuro no me preocupa tanto”. En cambio, se sabe que en Estados Unidos todo cuidado médico es impagable y las aseguradoras son muy avaras, lo que influye en el carácter del marido que se inclina por el fatalismo. El hombre, casi de forma mexicana, cada vez que se enferma de lo que sea, antes de pensar en el diagnóstico, comienza a hacer cuentas acerca de si puede pagar el tratamiento.

Me quedé viendo visiones. En este país, en este México con tantas carencias, hubo un tiempo en el que el IMSS y el ISSSTE sí velaban por la salud de una mayoría que no podía pagar el cuidado privado. Podíamos, pues, ser un poco como los ingleses. Después llegaron gobiernos que han desmantelado minuciosamente el IMSS y el ISSSTE, la salud privada está en manos de unos cuantos que cobran hasta el uso del instrumental y ahora estamos c asi como los estadunidenses: entre lo rebasado y lo impagable.

No hay como una situación extremosa para que las prioridades de la vida propia y la ajena se aclaren. Ahora mismo estoy en medio de uno de esos procesos: debido a las particularidades del sistema de salud pública en México, he pasado una buena parte del último mes muchos días en una silla pequeña al lado de una cama en un hospital. En el cuarto donde están esa silla y esa cama hay otros dos enfermos, uno grave y el otro en vías de recuperarse. Las camas están separadas por cortinas y éstas generalmente están plegadas para que la luz que entra por la ventana ilumine a todos. Así, aunque uno no quiera es testigo de la fragilidad de todos los que estamos ahí. Una mañana como otras, una persona fallece. Se oye la voz de un camillero que pregunta, haciendo un fallido esfuerzo por ser discreto, si hay mortajas –no estoy inventando nada– mientras la afanadora trapea rítmicamente y canta algo que tiene que ver con el mundial de futbol. Sentada en la silla de marras trato de escapar y leo. Pero lo que pasa me llama poderosamente la atención porque hay algo crudo y verdadero, despojado de cualquier eufemismo, en todo lo que me rodea.

Yo quiero contar, porque de algo debe servir, que una de las escenas que me ha dejado una impresión más honda fue ver cómo un enfermo hacía por explicar sus síntomas a un médico cansado. Un enfermo que contaba con un vocabulario muy limitado y que se desesperaba. Finalmente, el médico –que se ha de tropezar con esto a diario– dio un diagnóstico que el pobre hombre no comprendió.

Me dio mucha tristeza. En la vida de ese enfermo al sufrimiento físico se suman una especie de niebla que no puede describir, un miedo que no puede expresar y una sumisión obligada a una explicación cuyos términos no se le alcanzan. Entonces el binomio educación-salud se me presentó de forma clarísima. No sé ni cómo escribir esto sin que suene trillado, porque es una idea manoseada por los políticos más abyectos: debemos cuidar los logros sociales de generaciones anteriores, porque sin educación es muy difícil participar en el cuidado de nuestra salud y sin salud no hay nada.

No repetiré aquí lo que la gran parte de los mexicanos sabe: el imss no puede satisfacer la demanda; los sueldos son de risa y todo está muy desorganizado. La burocracia, ese gigante que todos padecemos, tiene la garra metida en todo y sin embargo, el hospital se mueve y se salvan vidas. Hay médicos fabulosos mezclados con otros que van sólo –me imagino– porque están pensando en la pensión; enfermeras tiranas y otras que demuestran una solidaridad impagable; lavabos descompuestos; filas interminables y una asombrosa camaradería entre los enfermos y sus familias. Creo que si ese fenómeno se pudiera repetir en el resto de nuestra vida colectiva, de nuestra vida como sociedad, estaríamos muchísimo mejor.

¿No sería lógico pensar que si somos solidarios después de los temblores y en el hospital, lo demás debería ser pan comido?

 

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