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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria de la ballena azul

En la múltiple historia del agua, voy a la orilla de mi tiempo. No bastan los siglos de mi origen, cuando eran los antiguos continentes y el mar de Tetis mi matriz, tampoco que supieran de mí los argonautas, o que tus dioses me hayan consagrado ángel y demonio, cimiento de países, isla mutante, condena, refugio o salvación. Porque me has hecho como dices y reclamas tu alimento, y alumbro a veces con mi aceite tus calles y tu casa y lubrico tus finas maquinarias; porque soy forraje que nutre a tu ganado o cubro con mi cuero las plantas de tus pies, y con las ceras y grasas en los huecos de mi cráneo y mis entrañas pinto tus labios y fijo en tus mejillas y las palmas de tus manos el vapor de tus afeites y fragancias, en el mismo azul que condensa el fondo y las distancias de los mares, poco a poco hasta los huesos ahora se disipa el azul de mis espaldas y se borran mis contornos. Encallo en las ásperas arenas aturdida por tus ruidos, me alcanzan y empantanan tus derrames de petróleo, tus densas mareas de basura. Los brillos lunares de mi lomo al emerger de noche o su relumbre solar al mediodía, los surcos azulados de mi vientre, la gracia limpia y poderosa de mi aleta caudal un instante enarbolada al horizonte, de pronto no serán y para siempre si no cesan los arpones y no callan tus milicias sus sonares. Cada vez más se hará menos el mundo y será más grande mi ausencia que mi cuerpo colosal. Serán entonces otros los océanos y más pobre sin remedio tu mirada. Ya no me imaginas. Ya no me intuyes o adivinas en tu infancia. Sólo me calculas y en eso cifras el tamaño de mi muerte sin ritual. No requieres ya el viento de las velas, los aparejos y remos de madera y el empuje del sudor. Hoy me encuentras y señalas desde arriba en el aire digital y bajo el agua, y diriges a mi nuca o mi costado tu cañón. Una punta barbada de acero se abre adentro y detona su pentrita; se quiebra mi columna, se rasga mi boca, se disloca mi lengua. A veces faltan uno o dos arpones fríos que les llamas, o colgarme sumergida de cabeza hasta la asfixia. En tu furor de cacería y el ardor de tus industrias, es asunto de minutos dices de nuevo satisfecho con tu ciencia. El sigilo y la eficacia en demasía de tus armas sólo dejan en los días que no pasan el mórbido estupor de la matanza. Y es también así la misma orilla del tiempo en que navegan conmigo la vaquita marina, la ballena corcovada, el ajolote y el coral, el tigre y el gorila, la ceiba, los manglares y el canguro, el oso pardo y el polar, las abejas y elefantes, la mariposa soberana, los grandes hielos y sus frágiles alturas, el cachalote y el cóndor y el jaguar y más y más a punto de tu nada, a merced del celo con que cunde tu avidez su atávica violencia. Tanto sabes de mi cuerpo los usos de su muerte; poco o nada alcanzas de mi vida. No puedes seguirme más allá de mis viajes de estación. Si a flor de superficie cuando asciendo resuena el surtidor de mis alientos y desata el cielo su misterio terrenal; si en la tibia luz somera de las aguas o al borde de la hondura que oscurece, tiendo el largo y suave y lento y claro vuelo de mi nado, apenas comprendes su antigua resonancia, la noble trabazón de su alfabeto, la raíz de su alegría. Tampoco conoces el sentido de mi voz, ni lo llano y lo sagrado del planeta que te mira a los ojos con mis ojos, lo que saben y dicen de ti que si te atreves quizás podría salvarte. Sabrás entonces que te pierdes si me pierdo. Y será contigo inapelable tu miseria.

 

 

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