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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Leonora Carrington como el agua que fluye ( II Y ÚLTIMA)

 

En la entrega pasada se reseñaron los eventos conmemorativos del centenario del natalicio de Leonora Carrington que tuvo lugar el 6 de abril de 2017 y que culminan con la magna exposición que se inauguró hace unas semanas en el Museo de Arte Moderno capitalino. Una muestra extensa y ambiciosa integrada por unas doscientas obras que merece más de una visita para poder ser disfrutada plena y cabalmente. Leonora fue una artista prolífica que trabajó hasta el final de su vida con la dedicación que requiere la exquisita técnica que desarrolló desde sus inicios, inspirada en la pintura italiana del trecento y quattrocento, y la tradición renacentista que estudió a profundidad. Su vasto corpus pictórico está muy bien representado en la muestra, y adicionalmente se han incluido otras facetas creativas y objetos poco conocidos, como la producción de tapices que realizó con los artesanos de Chiconcuac, un biombo que se presenta por vez primera y en el que despliega su fauna fantástica, carteles para grupos feministas de Nueva York, una pintura de protesta que realizó después de los acontecimientos del 2 de octubre de 1968 y unas cuantas esculturas de pequeño formato que son una delicia. Su obra escultórica de gran formato es ampliamente conocida y considero que fue muy audaz de su parte el hecho de haber emprendido el reto de producir piezas monumentales a una edad avanzada pero, a mi parecer, el prodigio de Leonora se aprecia mucho más en los pequeños formatos en los que queda impresa la huella de su finísimo oficio.

La selección de pinturas abarca toda su trayectoria y se va concatenando con los pasajes de una vida apasionante que se vislumbra en muchas de sus obras a manera de guiños irónicos y en algunos casos humorísticos. En el lienzo Memorias de abajo, que da inicio al recorrido, la pintora esboza a manera de catarsis su paso por la clínica psiquiátrica en Santander, tras haber sufrido un colapso nervioso a consecuencia de la captura de su amante Max Ernst por los alemanes en 1940. También de carácter biográfico es el espléndido autorretrato titulado La posada del caballo del alba en el que vemos a la joven Leonora de veinte años de edad acompañada de sus dos alter ego que aparecerán en adelante en repetidas ocasiones, el caballo y la hiena, que son para ella símbolos de libertad. Al paso del tiempo, sus pinturas devienen cada vez más crípticas y su interpretación da lugar a muchas lecturas. Cada escena es un universo de símbolos donde amalgama sus estudios de la cábala, la astrología, los mitos ancestrales –sobre todo los de origen celta–, la alquimia, las ciencias ocultas, las filosofías orientales, la cartomancia, etcétera. Se presentan a lo largo del recorrido y alternando con las obras, las lecturas que la marcaron e influyeron en su imaginario: un título relevante es The White Goddess (La Diosa Blanca), de Robert Graves, estudioso de las culturas matriarcales de la Antigüedad a partir del cual Leonora incorpora a su iconografía la figura de las Diosas como símbolo inequívoco de la fuerza del poder femenino. Se ha dicho que Carrington fue una feminista avant la lettre y ella se identificaba con esa etiqueta: “Ser mujer sigue siendo muy difícil todavía”, expresó en repetidas ocasiones. “Y debo de decir, con un mexicanismo, que sólo se supera con mucho trabajo cabrón.” Y en efecto, la artista trabajó prácticamente hasta su muerte, acaecida el 25 de mayo de 2011, a sus noventa y cuatro años de edad.

Entre las prodigiosas pinturas que atrapan la mayor atención del público, las cuales hay que escudriñar con toda calma y dedicación, algunas piezas de talante lúdico llaman la atención: un par de personajes fantásticos recortados en papel y cartulina y pintados al óleo, y unas máscaras extrañas de factura minimalista y reminiscencias primitivas, elaboradas sobre distintos soportes. Junto con la serie de máscaras que realizó para la obra de teatro Opus Siniestrus en los años sesenta, estas obras dan cuenta de la versatilidad de su creación. Un detalle que me pareció fuera de lugar es la presentación de sus cartas de amor a Renato Leduc exhibidas fuera de contexto y haciendo alarde de una intimidad que merecería ser tratada con mayor delicadeza. ¿Le habría gustado a la autora verlas exhibidas ahí, entre sus pinturas? Leonora fue un espíritu libre contra viento y marea, pero discreta y elegante hasta el final de sus días. Su obra es como el agua que fluye: siempre la misma y siempre distinta. Viva, intensa, inasible.

 

 

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