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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

La canción-esperma y el óvulo-playlist

Al principio era la música en el rito de la lluvia, el funeral o el casamiento, libre y sin ataduras. Luego pasó al concierto formal que dividía clases y tribus. Cuando se pudo grabar, rogó a la noche inmensa para que una disquera se interesara en su éxito y pervivencia (tubos de cera, discos, casetes, ipods, la Nube). Luego vino la angustia por que la radio la tuviera en las preferencias del mes, con o sin payola de por medio. Entonces llegaron promotores y empresarios que podían contratar a sus creadores, los artistas, de quienes dependía seguir produciendo material eficiente, negocio en zona segura.

Dicho de otra forma, cuando las canciones dejaron de ser peces de río para reproducirse en criaderos radiales nació la industria y, con ella, los estanques llamados Listas de Popularidad, ecosistemas de moda y convención social. El dinero de los melómanos fluía a borbotones para todos los involucrados, las estaciones moldeaban gustos, impulsaban a compositores dispuestos a mutar facilitando el mecanismo del eterno desove. En esa perversión, es verdad, hubo cuidadores de calidad –contados y en extinción– que sentían una responsabilidad estética, histórica y moral; que entendían la naturaleza prístina de la música. De los cincuentas a los ochentas, con todo y sus grandes variaciones, los disc-jockeys (locutores que ponían música en medios y espacios públicos) determinaban preferencias. Pero llegó el paradigma digital. Todo se hizo pequeño, ligero y portátil subrayando la posibilidad del universo individual, aislado, aparentemente diseñado a gusto propio pero que, visto el día de hoy, se constituye exclusivamente con las piezas que otros ponen a la mano. ¿Ejemplos?

Las grandes compañías de streaming (música que rentamos sin poseer) ofrecen sin intermediarios físicos lo que el consumidor “quiere”, cuando lo “necesita” y ordenado en la forma que “prefiere”. En otras palabras: parecen fomentar el libre albedrío cuando en verdad acotan nuestra selección a través de matemática, estadística y programación, eso que hoy llaman analytics. Así, entregada al capricho de quien paga, la tecnología pulveriza discos y geografías reduciendo la vida de un músico a canciones aisladas que, tal como los espermatozoides, buscan fecundar pasajeramente una Lista de Reproducción con gran cantidad de usuarios.

Hablamos de una carpeta, de un compartimento virtual en el que se aloja un grupo de canciones o videos relacionados por criterios que no necesariamente apelan a clasificaciones estéticas. Allí está “Heavy Metal Classics” con más de 300 canciones abocadas a ese estilo musical, lo cual resulta fácil de comprender; pero también “All Out 70’s”, “This is js Bach” o raras ambigüedades como “Intense Studying”, “Corre con rock” o “Relaxing Piano Music Consort”. Es así que la cantidad de listas crece diariamente luchando por la preferencia del perezoso, que por su lado evita a toda costa la búsqueda, resorte fundamental en toda evolución. Configuradas por editores, celebridades, artistas o simples melómanos que desean volverse playlisters para cobrar por espacios, estas listas también son diseñadas por algoritmos que interpretan gustos y comportamientos sin que intervenga mano humana. En tal vorágine, los nombres de canciones, creadores y productores quedan en último plano, supeditados a que el interés por su brevísima aparición alcance para que alguien interrumpa actividades –al menos durante segundos– y mirando una pantalla pueda averiguarlo.

No negamos los fascinantes avances de la inteligencia artificial ni vamos contra inercias culturales. Son estructuras nuevas que aún debemos entender y que seguirán “avanzando”, pero en su imperio las canciones parecen espermatozoides de corta vida buscando angustiosamente una playlist a fecundar. Y perdone la metáfora machista nuestra lectora, lector. Nos parece clara. Los caciques de este reino invisible en que las corporaciones carecen de grandes edificios son las marcas y las sociedades que manejan derechos de autor, ésas que pueden –si a su voluntad conviene– cobrar las regalías de músicos que no saben reclamarlas.

Finalmente, hay que decirlo, se vienen realidades más complejas. Verbigracia: si el sacrosanto usuario quiere relajarse y las compañías distribuidoras tienen programadores capaces de crear algoritmos que compongan música con criterios específicos (duración de una canción, escala en que será compuesta, velocidad, compás, motivos rítmicos y melódicos, contextos armónicos); si hemos llegado a ese punto, ¿para qué pagarle a compositores, productores y editores que seguirán cobrando regalías dependiendo de las reproducciones? Recomendación: involúcrese con la tecnología pero investigue la identidad de artistas y obras, cuestione la oferta que recibe y sacúdase la libertad impuesta por el dinero ajeno. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

 

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