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Biblioteca fantasma

Antiheroína

Patricia Medina es, junto con Dolores Castro, la mejor poeta viva de México. Para defender tan aventurada afirmación, en el caso concreto de Patricia, habría de escribir un ensayo. De momento me concentraré en su única novela, Contracorriente, publicada por Planeta en 1991. Hay en la multipremiada poeta jalisciense, nacida en 1947, algo de aristocracia corrompida y cierta distinción desmoronada que se reflejan en su poesía como en su prosa, más que en la radical ausencia de joyas. Nunca ha ocultado que sufrió una crisis que la condujo a esa clase de encierro que bestializa a los seres humanos. Aunque como con Emma, protagonista y narradora de Contracorriente, la experiencia parece haberla hecho desarrollar un vocabulario libre de pudor cuerdo (impostado) que le permite articular sus emociones sin restricciones ni artificios.

Emma nunca se define como poeta, aunque su forma de narrar –en primera persona– la expone como tal. Pese a llevar el nombre de la adúltera libresca de Flaubert, se deja engañar. Su historia de amor con Raúl es una farsa desde el primer instante. La joven Emma acude a un baile junto con su mejor amiga, Merín. Raúl se hace acompañar por su mejor amigo, Marcos, que es a quien Emma ve por primera vez y la atracción es mutua. Pero los caprichos de Merín son como la palabra de Dios. Se empeña en bailar con Marcos y Emma no tiene más remedio que quedarse con Raúl, que tampoco está tan mal. Pero a Raúl quien le gusta es Merín, Emma es demasiado rígida para su gusto. Este estira y afloja entre los cuatro jóvenes habrá de extenderse inexorablemente hasta que Merín, acaso por el simple hecho de derrotar a Emma –simple peón de aquella intrínseca competición– termina casada con Marcos. Raúl, por despecho, a su vez se casa con Emma, herida por el proceder de su amiga. Entre Emma y Raúl existe una cierta química que les permite sobrellevar los primeros años de matrimonio y engendrar dos hijos: Mario y Martha. Emma ni siquiera se entera en qué momento la carrera política de su marido se eleva por las nubes. En medio de este proceso, Marcos muere, y Merín, dolorosamente joven, busca a su antiguo admirador en busca de consuelo, sin la mínima consideración por quien todavía es su amiga. Mario y Martha son pequeños todavía cuando Raúl abandona a Emma para casarse con la viuda de su mejor amigo y mejor amiga de su mujer.

El eje de la historia es la reconstrucción de Emma que, tras perderse en el alcohol –la doble traición, la muerte del hombre que verdaderamente ama– y ser ingresada por su aún esposo en un manicomio, opta, primero en nombre de la maternidad y luego de sí misma, por emerger entera del sitio que, se supone, debiera ser una prisión donde purgar su orgullo, aunque seduce a un joven psiquiatra y conoce a Félix, que habrá de ser su amigo y confidente pese a haber violado a su propia madre. Emma es consciente de que Raúl se ha abierto camino en el mundo de la política de la peor manera posible; que ha incurrido en corruptelas, incluso en asesinatos. Ya en la universidad, su hijo Mario, consciente de las bajezas de su padre, inicia un feroz activismo contra los que son como él, mientras que Martha se convierte en la voz de la conciencia de su madre; es ella quien, con palabras fuertes y carentes de compasión, la insta a recobrar el amor por sí misma. Patricia, por cierto, es madre de otra poeta, Patricia Velasco, mujer de gran carácter que se refleja en versos de fuertes pisadas.

Contracorriente coincide con el auge de la llamada “literatura femenina” que para la mayoría, no siempre con justicia, no era otra cosa que novelas rosas. Nada más apartado de ese concepto que la novela de Patricia Medina. Es probable que sea la razón por la que pasó inadvertida para un público deseoso de romanticismo e historias de mujeres liberadas a través del orgasmo. Si bien Emma logra rehacer su vida con un “buen hombre” llamado Jorge, sus sentimientos hacia éste no son arrebatados, sino tiernos y plácidos. Nada sugiere que la protagonista haya sido “rescatada” por nadie que no sea ella misma (y sí, una pizca de seducción femenina). No hay, pues, “historia de amor”, ni heroína convencional, ni guapo semental. Contracorriente se aproxima mucho más a la bildungsroman; por momento provoca pensar en La mujer rota, de Simone de Beauvoir. Por momentos duele igual… pero termina siendo su antítesis; como dice Emma, “degradarse es desentenderse de la propia conciencia que nos ha dicho verdades incompatibles con las aprendidas …”

 

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