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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Ariel 60

El pasado martes 5 de junio se llevó a cabo la sexagésima ceremonia de los premios Ariel, galardón con el que la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas reconoce a lo más destacado de la producción fílmica nacional. Como es tradición –con rarísimas excepciones en los últimos años–, el evento tuvo lugar en el Palacio de Bellas Artes y, como es tradición también, tuvieron verificativo un hecho y una situación, de naturaleza e importancia disímbola pero igualmente atendibles.

El hecho

Éste consiste en que, para no variar, la ceremonia misma pasó mayormente desapercibida para el público en general, es decir, tanto para quienes el cine representa una fuente relevante ya sea de entretenimiento o de cultura, o ambas cosas, como para quienes son, por decirlo de algún modo, consumidores de fama y premios ajenos relativos a la cinematografía –piénsese en los millones de abismados cada principio de año en los muy inflados premios Oscar, que Todomundo atiende puntualmente, así no haya visto ni la cuarta parte de lo que ahí se premie.

En el caso del mexicano Ariel, la situación anterior, de invisibilidad persistente, obedece a una larga serie de razones: están para comenzar las de carácter histórico y, de éstas, entre las principales destacan las ligadas a la naturaleza conceptual y temática de nuestro cine, tan ajeno en general a todo aquello a lo que se ha acostumbrado al gran público a considerar digno de ser tomado en cuenta; después están los vaivenes de una producción otrora flaqueante, hoy boyante pero de todos modos ignorada, así como el muy disparejo tratamiento mercadotécnico dado al cine nacional a la hora de exhibirlo. Por otro lado están las razones coyunturales, entre las cuales resulta forzoso destacar que la promoción mediática, la generación de expectativas y, por consiguiente, el interés que los Arieles son capaces de generar en dicho público es en realidad tan limitado, que un año tras otro todo pareciera condenado a quedar como una suerte de acontecimiento “sólo para enterados/interesados” y no como lo que, en teoría y también esencialmente, debe ser todo reconocimiento cinematográfico, es decir, la coronación de una trayectoria –trátese de un filme o de cualquier persona involucrada en su hechura– que necesariamente tuvo como indispensable paso previo el cotejo con un público masivo, tan numeroso como sea posible.

Un paliativo a esta situación lamentable ha sido, desde hace algunas ediciones, la transmisión televisiva de la ceremonia y, en tiempos recientes, la que se hace a través de las redes cibernéticas; empero, ya sea de forma diferida como ha sido alguna vez, o transmitida en tiempo real, en el caso televisivo lo mismo que en los servicios comunicativos en internet, los niveles de audiencia obtenidos no son, ni mucho menos, para festinar la disponibilidad de ese par de ventanas sin las cuales, no obstante, la visibilidad del Ariel sería incluso menor.

La situación

No se dice nada de lo suprascrito en desdoro del Ariel, por una causa muy sencilla: que éste –o la Academia que lo otorga, pues– no tiene la menor culpa de que el fenómeno cinematográfico en México se halle distorsionado en grado tal, que seguimos padeciendo la muy desagradable paradoja de contar con una producción consistentemente superior a las quince decenas de filmes anuales, de los cuales sólo son estrenados, si bien nos va, la mitad o poco menos en similar período. Los rezagos van acumulándose y eso tiene como consecuencia, entre otras, la muy concreta de que en esta sexagésima edición una de las películas más premiadas –la magnífica La región salvaje, de Amat Escalante– fue producida hace más de dos años, pero como apenas fue estrenada pudo –o mejor dicho no le quedó de otra– competir hasta esta ocasión.

Esta situación anómala prohija otra de idéntica naturaleza: año tras año, sea escasa o ingente la producción, acaba premiándose una cinematografía casi por completo desconocida para el público masivo, y entonces hay que verlo todo en sentido contrario y preguntarse: ¿cómo puede generar gran interés la entrega de un premio que reconoce la calidad de producciones que casi nadie ha visto? La culpa, conviene insistir, no es del Ariel, pues éste más bien es un claro damnificado de una situación que debe cambiar ya.

Se supone que aquí se hablaría de los ganadores del Ariel, pero la pertinencia de una lista más o menos comentada palidece al considerar, después de lo antedicho, que la obtención del trofeo poco, si no es que nada, puede decirle a quien ha visto poco, si no es que nada, de aquello que lo obtuvo.

 

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