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El levante (fragmento)*

Canto primero

 

Flor de los mundos, ola verde de piedras preciosas festonada, mares que surcan veleros de oro cargados de pimienta y canela como peines que recorren cabellos perfumados, gota de rocío en la que se confunden las nubes y el cielo, oh, Levante, donde el céfiro hincha los carrillos y sopla sobre la inmensidad de las aguas, ¡qué sentimientos tan poderosos avivas en mi pecho! Oh, Levante, dichoso Levante, ¿cómo es que no sientes mi turbación, mi cólera? ¿Cómo es que tu ojo de brillos ambarinos no ve la noche que colma mi pecho, la congoja que invade mi mente desde que desperté de mi letargo y comprendí que soy rumano? ¿Por qué no tendré miles de ojos, como Argos, para poder llorar con miles de lágrimas el terrible estado de mi pueblo, prisionero de los lobos y de las alimañas que desgarran el seno de Valaquia con sus garras afiladas?”

 

Así meditaba un joven en la proa de un caique que se deslizaba sobre las aguas, con las velas hinchadas, desde Corfú hasta Zante,1 enfrentándose a las olas que hacían añicos el rostro del sol en el ocaso arrojando sombras de minio a través del turquesa líquido de los mares. Joven amigo, tu rostro es pálido y transparente. ¿Es el tuyo un gemido de amor o de odio? Tu mano, colmada de pesados anillos de retorcidas piedras preciosas, ¿querría posarse sobre un puñal o sobre el tierno pecho de una doncella? ¡Ay, sobre un puñal, y además cuanto antes, pues los tiranos se sonríen todavía; rodeados de albaneses de monstruosos turbantes, saquean todavía a los campesinos, arrancan todavía a las muchachas de los brazos de sus madres, explotan todavía el país con crueldad! Tú te diriges a Zante, donde te espera tu hermana con treinta palicari2 en una barcaza anclada en el muelle, junto a los fanales.

¡Ay, tu hermana Zenaida! Quien la ve queda embelesado. Quien contempla sus labios de rosa y sus ojos celestiales se pregunta si no se habrá reencarnado Hero para esperar a Leandro al otro lado del palacio de cristal del Helesponto. La griega es dulce y perfumada y sabia, colmada de gracias. Los ojos de la musulmana son como ciruelas brumosas que apenas se adivinan a través del tupido velo. La francesa tiene dientes como granos de nácar y ojos verdes. Una kirguiza se vende en el mercado por unos miles de mahmudes,3 pero sólo un loco querría comprarla: en la alcoba, entre cojines de Shirāz, sorbería sus besos hasta dejarlo sin aliento, sin color en las mejillas. Mi arpa no tiene cuerdas suficientes para cantar a la macedonia, para alabar su cabello ensortijado, sus senos insaciables y sus cejas unidas como el arco de Amor: es vanidosa pero dulce, y sus chanclos tienen punteras de seda. La egipcia es negra como una noche de pasión, se derrite entre caricias, gime y suspira en el delirio amoroso, arde y se enrosca al cuerpo del amado como la vid al rodrigón. La italiana es una diablesa: te engaña y te traiciona, te arruina y, cuando ya no te queda ni un céntimo, le pide a su amante que te apuñale en un cruce de caminos. La serbia luce collares de icosari en su pecho de azucena, es tímida como una corza, todos los mozos suspiran por ella, mas ella no entrega a nadie la flor de su virginidad, y se vuelve dócil monja en alguna ermita solitaria. Muchas flores hay en el mundo, pero pocas dan fruto, muchas perlas hay que brillan bajo el cielo, muchas mujeres de ojos negros y densas pestañas, ¡pero ninguna se parece a la rumana de los Cárpatos! Su melena cae como una cascada voluptuosa hasta los tobillos que asoman bajo sus bombachos sedosos, hasta las pantuflas de hilo de oro y punteras retorcidas. Su rostro es de alabastro, sus párpados como conchas están maquillados con kohl de Quíos, el más caro, sus pestañas son espesas y abundantes; sus pasos, menudos y cimbreantes. Está secretamente enamorada del beizadea del país, de nombre Kalimaki, que tiene el alma corrompida, pero que es tan bello como la vida misma. Es el hijo del perro que devora y consume a la desgraciada Valaquia, el putero de los arrabales, entregado únicamente al mal. Él es la espina que habita en el pecho torneado de Zenaida, él es el ladrón de su corazón...

 

1. Actualmente se conoce como Zacinto, una de las islas jónicas de Grecia.

2. Soldados voluntarios que participaron en la guerra de independencia de Grecia.

3. Moneda turca de oro que estuvo en circulación en Rumania hasta mediados del siglo xix.

Notas de la traductora.

 

*Tomado de la edición publicada por Editorial Impedimenta, España, 2015.

Traducción del rumano de Marian Ochoa de Eribe.

 

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