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Gladiola Orozco: la danza de un monstruo mestizo

La maestra Gladiola platica todos los días con el fantasma de Michel Descombey y apapacha a su gato Misha, ausentes desde hace tiempo de la vida real, pero no por eso menos presentes. La maestra dialoga con Michel y con su propio corazón, como ella reconoce, de la situación del país, los amigos, la soledad, el diario acontecer, los demonios internos, las ausencias que se acumulan día con día. Además de las múltiples visitas que recibe con frecuencia, Gladiola está acompañada por su gata Cloeopatra, cariñosa y celosa de su dueña, que suele inmiscuirse, curiosa, en todas sus actividades. Y es que las tareas no cesan nunca: ordenar y digitalizar el material en video del Ballet Teatro del Espacio (bte), clasificar los escritos de Michel Descombey para donarlos a una biblioteca en Francia, integrar el material que no deja de aparecer del bte, a pesar de que hace un par de años fueron publicados los tres volúmenes de Memoria 1966-2009, editados por el Instituto Nacional de Bellas Artes, cuya investigación y elaboración ocuparon cuatro años a la maestra y un equipo de arduos colaboradores, y que registra cronológicamente la historia del bte, desde sus ante-cedentes hasta su cierre.

La flor de gladiolo es símbolo de victoria y hace referencia al amor loco: ese amor desenfrenado, tormentoso y gozoso que ataca a las almas sensibles. Gladiola Orozco no podía tener mejor nombre: a sus ochenta y cuatro años sigue trabajando para la danza como jurado, promotora de becas, asesora y consejera. Nacida en Michoacán, creció con una soledad a cuestas que aún carga. En la escuela solía sumergirse en ensoñaciones ajenas a las clases. En un sistema en el que se privilegian los méritos académicos y las medidas precisas del conocimiento, Gladiola no encajó; su salvación fue la danza. Formó parte del Ballet Nacional de México, luego tuvo la oportunidad de asistir a la prestigiada escuela de Martha Graham, en Nueva York. Posteriormente fundó con otros colegas el Ballet Independiente de México y en 1977 el Ballet Teatro del Espacio junto a Michel Descombey.

En sus inicios, de la mano de Guillermina Bravo, quien instauró la danza moderna en el país, Gladiola aprendió la técnica, a gestionar apoyos, a convencer a funcio-narios de que la danza es importante. Años después, materializó lo que Bravo alguna vez anheló: que la danza fuera simultáneamente experimental y profesional.

Por medio del coreodrama, la maestra logró explotar y explorar nuevas formas de expresión al involucrar todos los sentidos, las emociones, la expresión, la actuación, al público, los demonios internos, el escenario, la iluminación, la propia piel y las experiencias vividas. Gladiola desarrolló a través de los años un ojo crítico para reconocer las debilidades y fortalezas de los bailarines. Estricta y con una disciplina férrea, sacaba lo mejor de ellos; varios se convirtieron en intérpretes profesionales. Su principio es que todos pueden bailar; admitía a cualquier persona, sin importar edad o atribuciones físicas. Los que se quedaban, a los pocos meses de disciplina y constancia experimentaban cambios físicos notables. Muchos, maravillados por la capacidad de la maestra para leer el estado de ánimo a través del cuerpo y su plasticidad, terminaban por contarle sus cuitas.

Para Gladiola el poder de la danza es infinito. Comenta que le encantaría darle clases de danza a di-putados y senadores para que conozcan su cuerpo, su espacio vital, y así obtengan herramientas sensibles para entender dónde están y cuál es su responsabilidad pública. “Mi fuerza, mi energía está en tratar de hacer posible lo imposible. No podemos vivir con los brazos cruzados”, afirma.

A últimas fechas, la maestra ordena sus propios escritos y no se entiende en qué momento tuvo tiempo de escribir tanto: cuentos, reflexiones, poemas, narraciones, textos autobiográficos. Descubrir lo que ha escrito durante varios años revela que sus obsesiones literarias se entrelazan de manera natural con sus indagaciones dancísticas: el amor, la soledad, las injusticias, la investigación psicológica de las emociones, la conciencia de ser distinto, ajeno. Entre sus tantos escritos, aparecen de vez en cuando los proyectos, el desarrollo y su materialización en coreodramas.

La maestra Galdiola no deja de escribir y, en sus textos, reconoce a esa bailarina inquieta que desde muy pequeña sintió que no encajaba en el mundo y pro-curó transformarlo a través de la danza. Quizá la mejor manera de conocerla sea a través de su currículum, hallado en sus escritos, que dice así: “Nace un pequeño monstruo, monstruo mestizo, monstruito lleno de rebeldía desde su primer grito rebelde hacia su monstruosidad y la del mundo circundante generador de más monstruosidades que genialidades. Empezando por ella misma, desde siempre trata de combatir la mediocridad, la pereza y el conformismo; y la mejor ma-nera que ha encontrado para hacerlo fue peleando contra su ser, haciendo su diaria revolución. De esta manera logró trascender en las estructuras para una danza y un arte profesional.

Su escuela han sido las experiencias de la vida y vencer obstáculos sin cesar. El anochecer lo recibe inconforme, insatisfecho; el amanecer lo recibe con la esperanza de que su servicio ayudará a la educación, la cultura y el arte. Cree que estos medios son las únicas posibilidades para el crecimiento del hombre como hombre.

Tomó cursos por aquí, por allá, fue miembro de aquí y de allá, dio cursos aquí, allá y acullá, fundó esto y lo otro; cruzó colonias, fronteras, mares; viajó en burro, a pie, por tierra, por aire y hasta en Concorde. Lo único que le sigue importando es saber que su energía y su vida hayan podido servir a la sociedad combatiendo su analfabetismo y ceguera.

Aunque sea una utopía, no cree en nada que no sea el trabajo continuo, la autocrítica y la dinámica de una revolución diaria para alcanzar el triunfo de la gran revolución, sinónimo de grandeza y defensa de la especie.”

 

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