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La escuela de Frankfurt en México
'Nich für immer! No para siempre!', Ambra Polidori y Raymundo Mier (comps.), tomos I y II., Gedisa-Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2017.
Por Evodio Escalante

Hablar de la Escuela de Frankfurt es reconocer que el marxismo, en tanto pensamiento crítico y por ello mismo liberador, atraviesa por una crisis que no ha podido ser remontada. Fueron Horkheimer y Adorno, me parece, los que con mayor claridad vislumbraron y enmarcaron este problema cuando señalaron, al principio de su Dialéctica de la Ilustración: “La Ilustración, en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una fatal calamidad.” Esta calamidad histórica de orden planetario, por lo demás, cuyo resplandor enceguece o encandila, y de la que no escapa la misma teoría marxista, ya estaba de algún modo anunciada en un libro del escritor dadaísta Hugo Ball, La huida del tiempo, cuando sentenciaba también desde sus primeros renglones: “La vida está totalmente encadenada a un entramado que la mantiene cautiva. Impera una suerte de fatalismo económico que asigna a cada uno en particular, aunque intente resistirse, una función determinada y, con ella, un interés y un carácter propio.” La idea de progreso, que suponíamos garantizaba un creciente estado de libertad, termina trabajando contra lo que hubiéramos esperado. La Ilustración progresiva, y a la vez indetenible, con la que podríamos sacudirnos del Mito, contribuye por el contrario a afianzar el Mito del que intentábamos salir. Algo funciona de manera perversa en el transcurrir de la historia, y quizás ni siquiera la más fina conceptualización dialéctica podría sacarnos del atolladero en el que al parecer nos hundimos en lugar de avanzar. Expresado en otros términos: la teleología se nos salió de las manos y se volvió impredecible.

Puede parecer arbitrario que yo reúna, uno al lado del otro, el pensamiento de dos eminentes teóricos de la Escuela de Frankfurt con el de uno de los fundadores de ese nihilismo en acción que fue el movimiento dadaísta, pero estoy convencido de que hay entre ellos más de un hilo conductor. Ambos, al menos, detectan la catástrofe universal de la economía y de la cultura, y protestan contra las formas de la enajenación que se derivan de ella. Ambos intentan resistir la hecatombe, por la vía de la teoría, los primeros, elaborando textos y haciendo estallar en el aire las convenciones del arte burgués, los segundos. En sus mejores momentos, al menos ni Adorno ni Benjamin podrían desconocer el carácter crítico y subversivo de los poetas y los pintores del dadaísmo, que de algún modo se les adelantaron en el diagnóstico de una crisis de la que no podemos salir.

En su famoso ensayo sobre La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, en efecto, Benjamin observaba: “Con los dadaístas, la obra de arte dejó de ser una visión cautivadora o un conjunto convincente de sonidos y se convirtió en un proyectil que se impactaba en el espectador; alcanzó una cualidad táctil. Favoreció de esta manera la demanda por el cine, cuyo elemento de distracción es igualmente en primera línea táctil; se basa, en efecto, en el cambio de escenarios y de enfoques que se introducen, golpe tras golpe, en el espectador. El cine liberó al efecto de shock físico de la envoltura moral en la que el dadaísmo lo mantenía todavía empaquetado.” Aunque Adorno es en lo general más severo con el dadaísmo, al que con gusto reduce en su Teoría estética a un puro balbuceo, a un gesto deíctico” carente de concepto, y al que descarta en consecuencia por considerarlo “impotente”, me gustaría indicar que la primera vez que se refiere a este movimiento en su citado libro, lo hace anteponiendo una consigna que de modo implícito lo reivindica, y que dice así: “De los peligros del arte moderno, el peor es el de la falta de peligro.” Habría que conceder, cuando menos, que los dadaístas exploraron de manera consciente y a menudo hasta brutal las posibilidades del peligro en el arte. El primer gran riesgo, sin duda, el que se los tomara por unos gesticuladores desprovistos de ideas. Nueva paradoja con la que podríamos replicarle a Adorno, pues nadie como los dadaístas, incluyendo por supuesto a Duchamp, le dieron al concepto un papel protagónico en el arte de nuestros días, al grado que éste se ha convertido, con las reservas del caso, en un arte predominantemente “conceptual”.

El hecho es que gran parte de lo que sucedió en la segunda mitad del siglo XX no se entiende sin el concurso de los integrantes de la Escuela de Frankfurt, algunos de los cuales, por cierto, como Herbert Marcuse y Walter Benjamin, rescataron la “dimensión estética”. Ellos fueron, sin duda, el núcleo duro del llamado marxismo occidental. No sólo conciliaron a Marx con Freud, también supieron destacar el carácter esencialmente disruptivo del arte. Los movimientos estudiantiles que conmocionaron al mundo en el año axial del '68, en parte estuvieron inspirados en el pensamiento de estos marxistas heterodoxos que ofrecían a la juventud de aquella época una visión más atractiva del marxismo que la que hacían circular los manuales del Diamat difundidos por una Unión Soviética que nunca logró deslindarse del todo de su pasado estalinista, o por una República Popular China que nunca logró superar su culto idolátrico a Mao Ze-Dong.

Los dos libros tardíos más importantes de Marcuse, Eros y civilización. Una investigación filosófica sobre Freud (1955) y El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada (1964) fueron publicados en su versión castellana en México por la editorial Joaquín Ponce. García Ponce, a quien los estudiosos ubican en la llamada Generación de Medio Siglo, pertenece a la misma ola generacional de la revista El Espectador en la que destacaron Francisco Sánchez Cámara, Enrique González Pedrero y Víctor Flores Olea. Los menciono porque me parece que es esta precisa generación a la que le debemos en México la primera difusión de la obra y del pensamiento de la Escuela de Frankfurt. En efecto, como bien recuerda Jorge Volpi en su libro La imaginación y el poder, no sólo García Ponce tradujo los textos de Marcuse, sino que González Pedrero, con el apoyo de sus amigos Flores Olea y Sánchez Cámara, lo trajo por primera y única vez a México en 1966 como invitado a impartir una serie de tres conferencias dentro de los “Cursos de Invierno” que organizaba entonces la Escuela de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. La mecha revolucionaria que habría de estallar en 1968 se encendió en estas visionarias conferencias que encabezaba quien unos meses más tarde sería denunciado por el Presidente de la República como uno de los “filósofos de la destrucción”.

Como señala Volpi en su acertado diagnóstico: “A diferencia de los marxistas clásicos y de los marxistas-leninistas, los investigadores de la Escuela de Frankfurt propusieron una visión cuyo objetivo era interpretar la realidad más que transformarla. Aunque la idea de la praxis había sido el principal motor del marxismo hasta entonces […] los francfortianos se inclinaban hacia una crítica ajena a la intervención de la filosofía en la realidad.” Sin que olvidaran subrayar los rasgos utópicos de una sociedad socialista que podría beneficiarse del tremendo desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado por la sociedad industrial contemporánea, el toque característico de la mayoría de estos pensadores trasminaba una visión profundamente pesimista de la realidad. No es casual que Marcuse concluyera uno de sus libros citando un aforismo de su amigo Walter Benjamin: “Sólo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza.”

Añado que son los miembros de la generación de El Espectador los primeros que saludaron con libros y conferencias el triunfo sorprendente de la Revolución Cubana, que tanto impacto tuvo en América Latina. Estimo una lástima que el colega de la UAM Carlos Illades, en su reciente libro El marxismo en México. Una historia intelectual, ignore del todo los aportes de esta generación. Recuerdo, de paso, que uno de los libros más influyentes del momento, Escucha, yanqui, del sociólogo estadunidense C. Wright Mills, que publicara el fce, fue traducido al español por la escritora Julieta Campos, esposa de González Pedrero.

Aunque la afirmación de Volpi en el sentido de que los pensadores de la Escuela de Frankfurt estaban más interesados en interpretar la realidad que en transformarla puede matizarse, dado que de cierto modo interpretar la realidad ya es una forma de transformarla, y que en sentido inverso, para transformarla se hace necesario antes haberla interpretado (postular una praxis ciega sería un contrasentido), pienso que este asunto puede considerarse a la luz de lo que resulta característico de esta escuela: a saber, su confinamiento dentro del guetto universitario. A diferencia del marxismo del siglo XIX, que estaba vinculado a la acción revolucionaria de las masas, ya fuese a través de sindicatos, cooperativas u organizaciones partidarias, el marxismo del siglo XX ha adquirido en lo fundamental un estatuto escolar. Lo mejor y lo peor de la Escuela de Frankfurt, desde mi punto de vista, tiene que ver con lo anterior. El lenguaje sofisticado y muy difícil de comprender de algunos de sus miembros, pienso sobre todo en los textos de Adorno, es el resultado directo del rigor académico en el que se sitúa su ejercicio. Brillantes y rigurosos, eruditos y a menudo sorprendentes, los textos de la Escuela de Frankfurt están pensados para un lector académico que ha pasado años estudiando a Hegel y a Marx. La crítica, por justificada que esté, termina convirtiéndose en una “crítica de la crítica” cuyo ámbito normal de validez se da dentro de la disciplina investigativa. Los movimientos estudiantiles de los años sesenta serían la gloriosa excepción que confirma la regla. El marxismo de nuestros días se ha convertido en ideología académica.

Bolívar Echeverría, Adolfo Sánchez Vázquez, Enrique Dussel, Jorge Veraza, el siempre extraordinario José Revueltas, y otros tantos filósofos como Luis Arizmendi, Enrique Gallegos, José Luis Barrios, Esther Cohen, Diana Fuentes y Ana María Martínez de la Escalera, todos presentes en Nicht für immer! No para siempre, terminan cultivando, quiérase que no, un marxismo “de cátedra”. Marx mismo, el gran sarcástico, si fuera testigo de esta situación, habría concluido por exclamar: ¡Miseria de la filosofía!

Si Marcuse y Benjamin encarnan lo más atractivo de la Escuela de Frankfurt, Adorno, pese a su brillantez, ilustra el extremo contrario. Resulta sintomático que reinstalado en su cátedra después del exilio estadunidense al que lo obligó el ascenso de Hitler al poder, Adorno haya tenido en enero de 1969 la mala idea de llamar a la policía alemana para que desalojara una protesta de estudiantes que habían bloqueado justamente el Instituto para Investigaciones Sociales de Frankfurt. En represalia por este acto, un grupo femenino de estudiantes interrumpió el 22 de abril una conferencia sobre estética que impartía el profesor con un performance memorable: se descubrieron los pechos y lo acosaron provocadoramente para burlarse de él. Adorno se retiró enfurecido por el escarnio y murió unos meses después en su casa de un ataque cardiaco. La artista conceptual Hito Steyerl, durante una exposición que presentó hace algunos años en el MUAC, aporta un inmejorable broche final: “El evento fue conocido como el Busenattentat (atentado de los senos).”

 

 

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