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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

¿Canallitas? (II y última)

La vaga paráfrasis que Marx hace de Hegel en las primeras líneas de El 18 brumario de Luis Bonaparte, refiere que los grandes hechos y personajes de la historia se producen dos veces, “pero a Hegel se le olvidó agregar –dice Marx– que la primera ocurre como tragedia y la segunda como farsa”. En nuestra historieta patria, por lo que toca a los gobernantes, después de Lázaro Cárdenas venimos de frase en frase y de farsa en farsa. Hemos carecido casi por completo de grandes hechos y por completo sin el casi de grandes personajes; hasta en las relaciones exteriores, donde antes hubo altura, caímos de “Los amigos no deberían regatear apoyo a eeuu” del secretario bilingüe Castañeda Jr. en septiembre de 2001, a “Comes y te vas” de Vicente Fox en abril de 2002. Y del ninguno murió porque “sólo recibieron disparos de tequila” de Felipe Calderón en una cumbre mundial de 2011, a “Es importante y urgente bombardear Siria”, de José Antonio Meade Kuribreña en La Haya en agosto de 2013 [https://www.diariolibre.com/noticias/]

El 6 de junio de 2006, en el segundo debate para la Presidencia de la República, el candidato priista Roberto Madrazo aseguró que Calderón le había copiado su plan de gobierno: “En noviembre del año pasado presenté mi libro y hoy veo que el candidato del pan ha tomado 23 de las propuestas que tiene el libro. Enhorabuena, que sea por el bien de México.” En su turno, una sonrisa amplificada afiló los labios de Felipe Calderón y sus ojos se hicieron dos rayas: “Celebro que coincidamos, licenciado Madrazo, yo también presenté mi libro con propuestas, sólo que se publicó un año y un mes antes, en octubre de 2004.” Poco después se supo que el libro del panista no estaba en ningún registro de publicaciones. Pero eso ya no le importó a nadie, el machetazo a caballo de espadas se había consumado como rúbrica de las pegatinas de Elba Esther con la leyenda “¿Tú le crees a Madrazo?, yo tampoco.” Y no fue esa la única mentira de Calderón. Durante los debates prodigó lo que después se revelaría como falso pero útil para atacar al candidato más fuerte. “Nuevamente miente usted, señor López Obrador…”, solía decir, y la parte de las pupilas que no se ocultaba bajo los párpados superiores chispeaba triunfal y desfachatada.

Si la primera vez el truco del libro ya era farsa, ¿en qué género teatral incluir la segunda y tercera partes? En este 2018, durante el primer debate de la contienda para la Presidencia de la República, Ricardo Anaya dijo: “Yo sí tengo un plan. En este libro con 40 puntos…” Y aunque otra vez el secre bilingüe Castañeda precisara un día después que tal libro constaba de 120 páginas y prometiera que iba “a estar online y lo puede bajar quien quiera”, Salomón Chertorivski, también cercano a Anaya, desmintió indirectamente a ambos. El libro, en síntesis, no existía. Y peor sucedió con el candidato del pri, quien en el programa Tercer grado, de Televisa, ante el reclamo de Leo Zuckerman por un libro de José Antonio Meade, éste contestó: Sale la semana que entra. ¿Cómo se va a llamar?, dijo Loret de Mola. No me acuerdo, dijo Meade. Loret de Mola repreguntó: Pero, ¿sí lo escribió usted?, Meade dijo: Sí, sí, sí. Lo único que no escribí yo es el título… En su afán de argüir criterios de la editorial o algo así Zuckerman acabó con el bochornoso cuadro.

No, perdón, quien acabó con el cuadro fue Anaya en el segundo debate. Primero al reiterar falsas cifras sobre el fracaso económico y de seguridad en el Distrito Federal, adobándolas con una estupidez: la venta de un banco. Luego al capotear un costal de utilería y al final –agotado su tiempo de réplica–, mostrando dos portadas de Proceso, una de ellas adulterada. En su farsa, Meade llegó a acusar de secuestradora a una inocente; aquél no borró su sonrisa tétrica ni éste su gesto de papel maché. Y aunque estas canalladas parecen minucias en comparación con la carnicería y la corrupción sin límite del régimen, resultan igual de imprescindibles y lesivas. Con la mentira se mata, se despoja y se gobierna; sus portavoces ocultan el disparo –con enriquecimiento ilícito– de una deuda impagable que hipoteca la soberanía y disfrazan de política de Estado para la seguridad una guerra impuesta desde fuera. El 18 brumario de Luis Bonaparte, de Carlos Marx citado al principio, ilustra cómo la necesidad creciente de impunidad va conduciendo al mayor crimen contra la democracia, y este libro no es invento, es de verdad.

 

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