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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Ritmo al caminar. Melodía al hablar. Armonía al conversar. Mezclado todo en la espontaneidad de un paseo dominical puede reflejar la antigua capacidad humana de improvisar música en la cotidianidad, así como la importancia de la prosodia como expresión anterior a la teoría y los lenguajes escritos. En otras palabras, mientras fluimos socialmente con el entorno atendemos a la entonación, la interpretación, la calidad sonora y la transmisión de emociones, por lo que muchos pedagogos han intentado perspectivas de educación artística sustentadas en ello, rompiendo esquemas tradicionales. Allí están los métodos Waldorf, Suzuki y Orff. Este último –Método Orff– adquiere su nombre, precisamente, de su creador, el compositor alemán Carl Orff.

Hombre polémico nacido en la primera mitad del siglo xx, por un lado se vio ligado al nazismo y, por el otro, supo desarrollar un sistema de enseñanza musical para niños basado en percusiones e instrumentos melódicos como la flauta. Siguiendo un modelo de tres vías (palabra, movimiento, música), su éxito y propagación internacional se debe a la relación inmediata de los “alumnos” con repertorios creados y seleccionados ex profeso, cuyos parámetros provienen del folclor y las tradiciones populares que los rodean. En buena medida se trata de un sistema activo que subraya la posibilidad de aprender haciendo.

Relacionado de alguna forma con el Método Orff por la naturalidad que persigue, el llamado soundpainting que Walter Thompson creó en 1974 conduce a músicos durante una ejecución a través de señales que expresan la imaginación de quien dirige. Él lo define como un “lenguaje de señas para composición multidisciplinaria en vivo”. Fundamentado en una sintaxis tomada del lenguaje hablado, Thompson propone cuatro grupos con cientos de signos corporales para manifestar quién, qué, cómo y cuándo. Verbigracia: batería / entra / lentamente / ahora. Teniendo ese marco referencial, el “pintor sonoro” impulsa la creatividad instantánea de los intérpretes que pueden pasar de un instrumento convencional al uso de la voz, la danza o el video. Para que comprenda lo que describimos, busque en Youtube la presentación de Thompson en el Conservatoir de Poteaux en 2013. Excepcional.

Dicho lo anterior podemos hablar de lo que el músico mexicano Ramsés Luna está haciendo al frente del Taller Orquesta de Música Experimental (TOME) de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), fundado hace ya cinco años. Inspirado en Orff y Thompson, entre otros, su trabajo parece profundamente necesario y político en los momentos que vivimos, pues democratiza la creación experimental llevándola a espacios más o menos típicos y otros normalmente vedados. ¿Cuáles? Sí, teatros como el Esperanza Iris, foros como el del Museo del Chopo, festivales y los cinco planteles de la propia institución, pero también centros de readaptación como el Reclusorio Norte en donde los presos intentan nuevas vías de reestructuración individual y social; porque esa es una de las condiciones del soundpainting, la producción de un diálogo colectivo.

Dirigiendo a cerca de treinta estudiantes con o sin experiencia musical previa, Luna celebra el lanzamiento de un segundo disco al frente de TOME. Si el primero fue dedicado a juegos y juguetes tradicionales, el segundo hace hincapié en los sitios que lo gestaron, a saber: instalaciones de la UACM, pero también espacios públicos como el barrio de La Merced. Construyendo instrumentos con materiales reciclados, sus pupilos también atienden al lenguaje de señas con objetivos performáticos. En tal exploración hacen sonar guitarra, trompeta, gaita, berimbao, corno, trombón, saxofón, melodión, piano, fujara, sintetizador, kinect, holusi y, desde luego, la voz.

Otrora miembro de Cabezas de Cera, Ramsés vive la mitad del año en Santiago de Chile y la mitad en Ciudad de México, lugares en los que ensaya su oficio pedagógico, pero también la ejecución de numerosos instrumentos de aliento, muchos manipulados por una compleja parafernalia electrónica. Desde hace un tiempo compartimos con él ese espacio musical llamado Luz de Riada, por lo que conocemos bien sus motivaciones e intereses. Ahora que, por esa misma razón, nos hemos obligado al silencio… pero su ímpetu en pos de una nueva educación artística lo amerita.

Retomando la idea de que la música y las artes escénicas nos pertenecen a todos en el instante presente, artistas como él nos recuerdan que al niño –real o interior– siempre se le puede dotar con herramientas que provoquen el crecimiento de su talento. Acérquese a TOME, lectora, lector, y festeje con nosotros su existencia. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

 

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