Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Cinexcusas
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Cinexcusas
Cinexcusas
Por Luis Tovar

En 2012, acompañado por Julio Chavezmontes como guionista, Sebastián Hoffman dirigió Halley, su primer largometraje de ficción, con el que puso pie firme entre los nuevos cineastas mexicanos –por cierto abundantes—que, ya sea siguiendo huellas formales bien establecidas genéricamente hablando –sobre todo decantados por la comedia romántica, el melodrama y el terror, y en mucho menor medida el cine de época y el biográfico–, ya sea experimentando con mayor o menor timidez la mixtura genérica y tomando de ese modo uno que otro riesgo.

En su debut largometrajista Hoffman se inscribió claramente en la última postura, pues si algo distingue a Halley es una saludable capacidad de incomodar al espectador, en virtud de su tema y la forma en que lo aborda, sobre todo en términos estético-visuales. Ahora, de nuevo en compañía de Chavezmontes, con Tiempo compartido (2018) no sólo parece, sino que declaradamente –lo dijo para la revista Proceso, a principios de este año– se ha propuesto que su segunda incursión fílmica transite por caminos más convencionales y, en consecuencia, resulte más asequible para un público masivo, lo que en otras palabras significa –aunque esto último no lo diga el cineasta–, de entrada, una morigeración formal que no por conscientemente asumida es menor, así como el comienzo de una potencial asimilación –ojalá que a final de cuentas no cumplida– al grueso de cineastas nacionales que le tienen franca aversión a la palabra “riesgo” cuando va acompañada del adjetivo “creativo”.

De focos repartidos

Consistente con el aire híbrido derivado de dicha intención, el foco narrativo de Tiempo compartido tampoco es unitario sino que se divide, si bien a partes muy desiguales, entre los cuatro o hasta cinco personajes principales, a saber: Andrés (Miguel Rodarte), empleado de hotel, encargado de esas dinámicas pueriles con las que se busca “entretener” turistas ñoños, que un día cualquiera –años antes del desarrollo pleno de la trama– sufre un colapso que lo relega del contacto con los huéspedes, y Gloria (Montserrat Marañón), su esposa, igualmente empleada del mismo hotel, convencida de que vender tiempos compartidos es una variante incontestable del “éxito” y la “realización personal”. A ese hotel, en un Acapulco que la película finalmente no retrata, llegan Pedro (Luis Gerardo Méndez) y Eva (Cassandra Ciangherotti), un matrimonio joven, con su hijo, inmersos en una crisis de pareja de la que se ignora la causa pero pueden apreciarse, de manera intensa, sus múltiples y constantes manifestaciones, unas crasas, otras sutiles, todas potencialmente letales. Inesperadamente –aunque la principal falla del guión consiste precisamente en no haber logrado naturalidad en este punto–, Pedro y Eva se ven obligados a convivir directa, íntima y permanentemente con otra familia, formada por Abel (Andrés Almeida), su esposa e hijos, en algo que a lo largo de la trama se convierte, esta vez plausiblemente, en un proceso de transferencias afectivas cuyo principal damnificado es Pedro –y aquí otra falencia guionística lamentable por las previsibles, inverosímiles e innecesariamente cargadas tintas que hacen de este personaje el proverbial perro al que se le arriman todas las pulgas. Finalmente figura Tom (Roy Frank Mitte), el súper vendedor de tiempos compartidos, paradigma patético de algo que la película quiere denunciar y alcanza a hacerlo: la burrada monumental, con hoteles o sin ellos, con tiempos compartidos o en soledad absoluta, de decirle a la gente que debe ser feliz por decreto y, por medio de esta crítica, otra de más calado: la que se hace a la capacidad o incapacidad, según el caso de cada quien, para entender quién es realmente el otro –o verlo entero y no sólo la parte amable o buena–, ése en quien uno puso primero su entusiasmo y sus esperanzas pero que, sin darse cuenta, de manera progresiva y como si lo hiciera por la puerta de atrás, terminó por ser fuente de resignaciones, costumbre y tedio, confundidos con estabilidad, invariablemente aderezada con hiel.

En la más reciente entrega de los premios Ariel, Tiempo compartido ganó los correspondientes a Coactuación Masculina y Actor de Cuadro, para Miguel Rodarte y Andrés Almeida, respectiva y merecidamente, pues son los mejores desempeños de ese par de actores habitualmente instalados en la comodidad de interpretarse a sí mismos. Para competir por el Ariel, la película tuvo que exhibirse comercialmente, lo cual de seguro sucedió pero sin que casi nadie se enterara, que es decir sin que casi nadie la viera. A ver hasta cuándo acaba esta distorsión del fenómeno cinematográfico mexicano.

 

 

comentarios de blog provistos por Disqus