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El agente de Angola
Jaime Bunda. Agente Secreto. Historia de algunos misterios, Pepetela, Elefanta Editorial, (Traducción de Rodolfo Alpízar), México, 2017.
Por Emiliano Becerril

La conjura de los necios –esa fenomenal obra que hizo que el mundo volcara su atención a la vida de su autor, John Kennedy Toole, para sospechar morbosamente que éste se había suicidado por no haber conseguido publicar en vida dicha novela, misma que posteriormente vio la luz gracias la a tenacidad de su madre, reivindicadora del trabajo de su hijo– es una novela canónica sobre el gordo. Ignatius Reilly, fanático de los hot dogs y la filosofía medieval, pone su gordura por delante y el mundo por detrás. Dignidad, seguridad y un cinismo absoluto desparramándose por encima de las lonjas de la piel como mantequilla, en un caminar pendular, consuman a un personaje memorable. Reilly tiene algo de Mr. Pond –que también vio la luz después de que su autor falleciera–, ese otro gordo que crearía Chesterton para observar el mundo desde su redondez personal. Reformulo: Pond y Reilly son personajes distintos, pero con una ansiedad similar, calculadora y ansiosa, probablemente producto de las demasiadas calorías acumuladas haciendo combustión en su cerebro y estómago. Primero almuerzo, luego existo. Primero me embuto, luego dilucido. Y si se radicaliza ese dogma, aparecerá, como un holograma hecho de cinismo literario, el personaje que aquí nos ocupa: Jaime Bunda, del gran escritor angoleño Pepetela (Premio Camões 1997, por el conjunto de su obra). Jaime Bunda es el epítome de la gordura y lo policíaco a la vez. Bunda en portugués quiere decir trasero, y Jaime Bunda, fonéticamente, hace alusión James Bond. Y ahí radica el primer escalón de su patetismo: Bunda quiere, pero no puede. Desea ser Bond pero su realidad luandense no podría estar más alejada del londinense, de hecho es todo lo opuesto al agente inglés. Incluso podría decirse que Bunda ni siquiera es un investigador propiamente dicho, sino un burócrata megalómano que evade su realidad, por cierto inescapable. Y lamentablemente él sólo cuenta con eso, con su personalidad, y con su cuerpo que, como ya quedó claro, es voluptuoso, pesado y nada recomendable para perseguir a la trepidante velocidad de los esquíes a maleantes en los Alpes suizos. Pero, por suerte, Bunda no está On Her Majestys Secret Service y no tiene que enfrentarse a ninguna montaña –más que la suya propia–, y tiene, eso sí, un arma secreta: ser un gran lector de novela policíaca, de tal modo que sus decisiones generalmente tienen algún sustento literario –y edificante para el lector. Y aunque el personaje es agudamente intuitivo, tampoco hay que confiar enteramente en su criterio, porque su necesidad de demostrar que es un hombre de mundo, también es una debilidad latente. Así, mientras Bunda se refiere sin miedo a equivocarse a Chandler y Chester Himes con enorme familiaridad, también cree que Kierkegaard es un poeta español –sin miedo a estar en lo correcto. Vamos, Bunda es una fichita. En palabras de Pepetela: “Bunda es un James Bond sin tecnología, un James Bond subdesarrollado.” Jaime Bunda. Agente Secreto, recién publicada por Elefanta Editorial, con traducción del autor cubano Rodolfo Alpízar, es una novela policíaca tragicómica en la que la grandilocuencia heroica de la epopeya inglesa de Ian Fleming no puede consolidarse tan fácilmente debido a la omnipresencia de la corrupción postcolonial africana, y esta es otra mirada que subyace en el libro: cómo se estructuró Angola después de su independencia, de qué está hecha. No hay que olvidar que Pepetela fue el primer Ministro de Educación de la Angola independiente. Jaime Bunda existe en una pequeña saga de dos novelas: Jaime Bunda. Agente secreto y Jaime Bunda y la muerte del americano. En ambas se manifiesta una sátira deliciosa sobre las aspiraciones del ser tercermundista que desdeña lo propio; una crítica al poder, un recorrido casi antropológico por la enorme diversidad que constituye a Angola, y un humor irónico y casi didáctico. Bunda aglutina estilos, historias y referencias, a través de él, sonrisa tras sonrisa, Pepetela cumple la máxima del brasileño Garcia-Roza: tanto la psicología, la filosofía como la novela policíaca son un ejercicio de sospecha.

 

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