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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

La historia es muy sencilla: una joven talentosa vive y crece para la danza, la disciplina que consiste en crear un instrumento con su cuerpo; uno de la misma calidad y precisión con la que los jóvenes músicos rusos y austríacos tocan ese cuerpo periférico que no es ajeno sino que vive fuera, se compromete con lo suyo, lo suyo es lo de ellos, aunque ya la diferencia entre lo que recibe y lo que da tiene ese aire de naturaleza e invisibilidad que llamamos adaptación.

Un día tiembla en su país y los suyos se fracturan. Se da cuenta de que está lejos pero tan cerca que siente la fractura dentro de ella. Se da cuenta de que tiene que hacer algo importante, pero no es Plácido Domingo, que puede llenarse de polvo y ponerse un casco. Ella busca y encuentra mecanismos para apoyar económicamente a los suyos. Se da cuenta de que lo que sabe vale mucho y permite la ayuda.

Pero sigue lejos y decide venir a México. No hay que tener una gran intuición para darse cuenta de que rápidamente se convierte en un personaje político y cultural al que los medios le dan voz, y entonces se empodera. La escuchan, se hace oír y sus amigos y colegas del otro lado del mundo apoyan sus iniciativas. Se inicia un proceso de regreso o de compenetración, que incluye todo un proyecto que pone en escena y, bajo la forma de la Fundación Elisa Carillo, incluye la pedagogía que permite por un momento ser ella, ser como ella, aunque vivas en México y seas pobre o pertenezcas a un medio impermeable e ignorante de la disciplina artística.

La convocatoria fue compleja. La hizo a través de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, para que aparecieran los sellos de la Secretaría de Cultura y el inba –que para ponerse en los créditos se pintan solos, aunque muchos artistas serían capaces de cualquier cosa por tener esa legitimidad que da el reconocimiento institucional. Se trata de una convocatoria a profundizar en la pedagogía de la danza clásica, dirigida a docentes de la enseñanza técnica de este arte a partir del método Vaganova, que está en la base de la Escuela Rusa de Ballet en el que se formó Nuréyev, por ejemplo.

Se entusiasma con facilidad. Todo marcha sobre ruedas y emprende un festival al que invita a sus amigos europeos: Danzatlán, del 7 al 15 de julio. Y por amigos también quiero decir una deslumbrante organización que hace posible que las estrellas a su alrededor tengan facilidades de toda índole para mostrar su arte. Ella es la protagonista, pero es un protagonismo que tiene que ver con la capacidad de imantar y no con esa visión comercial tan frecuente en los espacios comerciales.

La amistad incluye una difusión muy experimentada que sabe conducirse de manera transfronteriza, y la lengua no es obstáculo alguno. La encabeza Itzel Zúñiga, quien promovió el año dual con Alemania y viene de trabajar en el Festival Internacional Cervantino para independizarse por fin y acompañar proyectos como éste, que requieren formas novedosas y de respeto para relacionarse con los medios.

Elisa Carrillo parece alemana, es alemana, y actúa con el rigor que las artes escénicas tienen en su país, aunque también sea mexicana, una mexicana asombrada, diría maravillada, a quien vemos defender su proyecto y hacer que Nacho Duato haga lo que odia: ponerse al teléfono a explicarle a un conjunto de reporteros culturales en qué consiste su participación, sin que falte alguien (“tan bien que íbamos”) preguntándole cuál es el “estado de salud” de la danza mexicana y “por qué baila”. Fuera de esas curiosidades, queda la certeza de que lo venidero permitirá tener una muy necesaria valoración del camino que ha tomado la Compañía Nacional de Danza.

El programa de Danzatlán es una muestra de la gran capacidad de convocatoria de Elisa Carrillo, quien pudo traer a uno de los grandes coreógrafos del mundo, Nacho Duato, para sostener un impulso incluyente y generoso con la danza de México. Duato representa hoy un replanteamiento de las artes escénicas, de las diferentes corrientes de la danza, y permite entender cómo funciona un trabajo autoral en el marco de una compañía estable, equivalente al la Compañía de Teatro de Berlín, de muy alto estándar de calidad.

Sólo una última nota sobre Nacho Duato, cuya teatralidad coreográfica podremos ver en White darkness, con el Staatsballett Berlin, una coreografía autobiográfica extraordinaria sobre el universo de luz cegadora de las adicciones. Con la compañía de danza de Sao Paulo viene también de Duato: Gnawa, otra joya. La programación completa está en www.danzatlan.com­­

 

 

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