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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Mi marido dice que las palabras que ha escuchado con más frecuencia en veinticinco años de matrimonio son “comienzo el lunes” y “después”. Afirma que, si la procrastinación fuera un deporte, yo sería una figura de clase mundial que llegaría a buscar mi medalla de oro, haciendo alarde de tardanza, cuando ya hubieran pasado las competencias.

Me lo recuerda cada vez que aplazo algo que quiero hacer: un viaje, tomar una clase, ¡ir al fisioterapeuta!, llamar al señor que tapiza los muebles, bordar. Y así los ahorros para conocer Delfos y quedarme con la boca abierta ante las ruinas del oráculo se esfuman; trato de aprender latín y nomás hago perder el tiempo al maestro (no hacía la tarea porque la relegaba); las rodillas comienzan a doler; al sillón se le ven los resortes y yo sigo pensando que me queda tiempo para bordar el cojín del bebé aquél que me tiene fascinada.

Y el tiempo, lector, no se puede reemplazar ni comprar, aunque lo perdemos cotidianamente. El tiempo es lo que nos roban las ambiciones frívolas. El tiempo es la vida. La vida es frágil y siempre se va como agua. Lector: “Ama y haz lo que quieras” dijo San Agustín. Dejemos lo del amor, porque no es ese amor cinematográfico que tú crees, es el amor al prójimo, aunque ese prójimo vaya a votar por aquél que odias o ande tirando la basura en la acera. Es casi imposible cumplir con lo que San Agustín pide, pero conformémonos con: “No infrinjas la ley, ni friegues a los demás y haz lo que quieras.”

Ojo, no pospongo el trabajo. En cuestiones laborales soy de una puntualidad ñoña, acentuada por los nervios. Pospongo aquello que me dará placer porque creo que no tengo tiempo para lo que me gusta, que habrá un mejor momento o, simplemente, por insegura. Por ejemplo, las tangas. Convengo en que no son para todo el mundo, pero tuve una a los veintiún años, un regalo traído de Brasil. Siempre he sido insegura, pero lo supe al verme en el espejo: era entonces o nunca, porque esa tanga era diminuta. Mejor el año que entra, me dije. Y hago desplantes. O sentadillas. Los desplantes, aclaro, no eran necesarios por esas épocas. Ahora, ni con dos millones de desplantes diarios podría reponer lo que el tiempo se llevó.

Siguieron las minifaldas, que tuve algunas. Lo mismo: ahora no, luego. Cuando me sienta mejor y me haya asoleado un poco. Cuando me haya depilado las piernas con láser. O suba de peso. O baje de peso. Según. Un día, las minifaldas se fueron al bote de la basura en una bolsa, limpias y listas para ser halladas por alguien con más decisión, porque el asunto no se trata de la forma de las piernas, sino de la voluntad para ponerse lo que a uno se le dé la gana. Por el mismo camino se fueron los bikinis, los tacones de vértigo, cierto tipo de medias, el pelo de colores y cualquier escote.

Creo que no demoro los asuntos laborales por la misma razón por la que retraso los placeres: por neurosis. De niña, cuando ya este problema despuntaba, no hacía la tarea. Era tarda e incumplida: llegaba a la papelería, cuando estaban bajando la cortina, a comprar mi mapa orográfico de la República Mexicana, mi estampita de Benito Juárez o la monografía sobre la vaca. Mis trabajos eran mediocres. Pero no crea el lector que yo disfrutaba las tardes ociosas: al contrario. Mientras veía Los locos Addams, pensaba en los problemas aritméticos que tenía que resolver. El tío Lucas se quitaba la jaqueca en una prensa; el tío Cosa llegaba en su coche con una guapa en el asiento del copiloto; Morticia le daba de comer a la planta carnívora y yo me reía a medias, pensando en la regañada que me tocaría al día siguiente si no me aprendía el ciclo reproductor de las gallinas.

La cosa fue complicándose porque el mundo no espera. Mis compañeros aprendieron a dividir mientras yo miraba por la ventana y pensaba que luego entendería esa mecanización tan rara. Pero no fue así. Mi confusión escolar llegó a tal extremo que en el mundo laboral tuve que cambiar: cumplir de antemano y de sobra porque si no, me daba colitis.

Ese era, y es, mi modus operandi. Me ha echado a perder decenas de cosas importantes y debido a él mi felicidad está compuesta por veinte por ciento de alegría y ochenta por ciento de sensación de alivio. Alivio de haber cumplido, de no haberla regado, de no haber metido la pata, de no haber lastimado al prójimo. ¿Qué felicidad domesticada es ésa?

Cómo quisiera tener tiempo para pensar en este problema. Ay. Otra vez.

 

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