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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

 

Debates, música y futbol

Digamos algo sobre los debates entre los candidatos a la Presidencia. No. Mejor no. Eso ya pasó hace muchísimo tiempo, ¿verdad? Como en otra vida, ¿verdad? Como que ya no importa, ¿verdad? Mejor hablemos del Mundial, ¿verdad? Sí. Fue maravilloso que esos muchachos fracturaran la historia ganándole a Alemania. El niño que fuimos lo agradeció conmovido y México entero pareció unirse en torno a un balón… Mmm… no. Ese mismo día aparecieron dos cuerpos descuartizados en Insurgentes, en la zona de Tlatelolco, al lado de una manta escrita. Aunque nos encanta mirar futbol en esta época no pensamos en él más que como futbol. Placebo momentáneo, no supone ni curas ni paliativos para lo que nos duele desde adentro.

Montados en un avión que tarda en abandonar la tierra, mirando por la ventanilla el espléndido cielo de una Guadalajara en llamas, rondamos el concepto debate. No podemos dejar de pensar en ello. Pocas veces hemos presenciado (¡y por partida triple!) una logorrea tan antimusical y desconcertante como la que ofrecieron Meade, Anaya, el Bronco y Andrés Manuel en las ciudades de México, Tijuana y Mérida. Lo contrario al contrapunto de compositores que urden voces independientes causando consonancias colectivas.

Allí el asunto. La buena política ha de provocar conciertos en la sociedad organizada. Por más ajenas que parezcan las posturas de unos y otros contendientes, buscará temas y notas comunes, siempre. Comprensiva ante solistas de furibunda especie, la buena política orquestará coros, alientos, cuerdas y percusiones erigiendo un límite que expulsará el insulto y la diatriba. Siguiendo los meandros de la misma partitura, sus intérpretes impondrán humildad y fraternidad... Vaya, ¡pero qué ingenuos somos! La verdad es que nuestros candidatos apuestan por la estulticia maniquea, salida fácil para quienes viven futbolísticamente cada minuto del día. No saben nada de jugar o tocar en conjunto.

Perdone nuestra lectora, lector, el tamaño de la siguiente cita tomada del extraordinario libro Para combatir esta era del filósofo holandés Rob Riemen, quien nos acompaña entre rosadas nubes: “El único conocimiento que puede aportar una verdadera comprensión del corazón humano, las complejidades eternas de las sociedades, con sus intereses en conflicto, las causas de los movimientos y levantamientos contemporáneos –y lo que una civilización democrática realmente quiere– es la sabiduría de la poesía y la literatura, de la filosofía y la teología, del arte y la historia.”

Claro, nosotros haríamos hincapié en la música. En su composición usamos escalas, secuencias con fórmulas antiguas más o menos distanciadas entre sí según las notas que comparten. Unas y otras proponen pivotajes (caminos, puentes, ríos, túneles) a través de los cuales innumerables instrumentos –migrantes eternos– dialogan, se dan la mano, se abrazan cumpliendo tramas de belleza inimaginable. Los músicos que las tañen, entonces, presienten misterios que invocan la bondad humana. Se saben náufragos, astronautas, peregrinos sujetándose al sonido de sus pares, fruto de quien comparte un deseo: el buen concierto en que los diferentes se hermanan transformando a la masa. Sí, ya lo dijimos… ¡qué ingenuos somos! Mejor hablemos del Mundial. Nos gusta cómo juega Bélgica. Lukaku está para cosas grandes. Martinoli y Luis García nos hacen reír en la televisión: “En el día del padre les dimos en la madre.”

La pelota sigue rodando. Se acerca a la urna. Pronto votaremos por un director de orquesta que no sabe nada de armonía ni de motivación en vestidores. Eso es seguro. Inclinados al mundo del experimento atonal, nuestros enclenques candidatos verán el triunfo de Andrés Manuel López Obrador –para quien irá nuestro propio y poco convencido voto–, un hombre que parece representar “cambio”. Tal es el principio de la melodía que traza el balón sobre el césped quemado: seguir rodando, siempre rodando. Veamos. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

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