Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Biblioteca fantasma
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Biblioteca fantasma
Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

Hallazgo en Deronda Street

Desde Flannery O’ Connor, no había subrayado tanto un libro como hice con Visión binocular, de Edith Pearlman, perpleja ante su arquitectura narrativa que alterna una precisión intachable con la transparencia para su comprensión. Nada aquí es decorativo. Las flores no están allí para perfumar una atmósfera: algo sucederá con esas flores. Aunque se trata de una voz sumamente personal, única, me hizo evocar los grandes salones atiborrados de seres atormentados que fingen divertirse, de aquella otra Edith: la Warton.

Nacida en Rhode Island, en 1936, Edith Pearlman se graduó del Radcliffe College y trabajó en una empresa de informática al tiempo que atendía un comedor de beneficencia. Todo parece indicar que escribía relatos y crónicas de viaje por afición. Desde mediados de los setenta, su obra empezó a diseminarse en diversas revistas. Sus crónicas de viajes tenían un espacio más o menos fijo en The New York Times. Durante casi treinta años de publicar periódicamente, nunca intentó materializar un libro, aun cuando sus relatos sueltos comenzaron a obtener premios. Cumplidos los sesenta, recibió una oferta de la Universidad de Pittsburgh para reunir los que ella considerara sus mejores relatos y Vaquita y otras historias vio la luz. A la fecha sólo ha publicado cuatro libros. El único que incluye textos inéditos es el más reciente, Visión binocular. El nombre de Edith Pearlman cobró notoriedad cuando, en 2015, Oprah Winfrey recomendó la lectura del que nos ocupa.

En el prólogo de la edición española publicada por Anagrama, la novelista Ann Patchett enumera entre los grandes misterios de la humanidad el que Edith Pearlman no sea famosa. Pese al exquisito tratamiento de su prosa y la sagacidad de sus diálogos, sus relatos no parecen escritos con la finalidad de llegar al gran púbico; hay en la narrativa de Edith un carácter profundamente íntimo, la sacrílega complicidad con las palabras de quien escribe para su propio solaz. Recurre a palabras que parecen inventadas o, en su defecto, resignificadas a su conveniencia. Algunas historias, no propiamente inacabadas, son anécdotas llevadas al extremo que no se sujetan a las reglas internas del relato convencional. Patchett hace mucho hincapié en “Independencia”, uno de los relatos escritos exclusivamente para este libro y el que lo cierra. Empecé justo por allí: me hizo evocar, en efecto, a Alice Munro, pero tras leer sus relatos antiguos me pregunté si la reminiscencia con la Nobel canadiense no se deberá a la insistente comparación. Patchett no exagera respecto a que “Independencia” es una de las más preciosas joyas de la literatura estadunidense, pero prefiero mil veces a la Edith de “Dirección centro”, que se remonta a la época de las revistas. Nos lo susurra uno de tantos rabinos que pululan en estos relatos: no, señor Tolstoi, no es cierto que todas las familias felices sean iguales. ¿O qué me dice de ésta que brinca de una estación de Metro a otra, con un bebé a cuestas y una hija pequeña tomada de la mano, que siente ingresar al paraíso cuando por fin localizan aquel museo cerca de Harvard Square, y la pequeña Sophie, enamorada de las palabras y los libros pese a no saber leer, deja atrás a sus padres y a su hermanita con síndrome de Down para dejarse engullir por una biblioteca? Qué me dicen del barrunto de perder a la hija dotada, que magnificaría la vulnerabilidad de los padres ante la discapacidad de la más pequeña: Sophie es la caracterización de esa felicidad. Sólo en esta snowball de Edith Pearlman, la belleza de una mujer se define por “dos arrugas de preocupación que hacían guardia entre sus cejas”, y las narices no son largas sino “trascendentes”; una vieja diplomática prefiere desplazarse en autobús porque la limusina oficial la hace sentir “cadáver”; una marroquí lleva el mismo elegante vestido de su boda que se destiñe conforme se incrementa

su desilusión respecto al esposo; existen los lectores de entrañas, el tono lavanda de un moretón es el color más hermoso, y las calles llevan nombres tan preciosos como Deronda Street.

comentarios de blog provistos por Disqus