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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Tres intentos tres

Considerando el sempiterno maltrato que, en términos de distribución y exhibición, suele dispensársele al cine mexicano en su propio país, nada de extraño tiene que sea una temporada de audiencia baja –para no ir más lejos piénsese en el Mundial de Futbol, capaz de robarle audiencia incluso al Juicio Final– cuando sucede la rareza de que tres producciones nacionales completen la oferta fílmica, pobre por lo demás, en buena medida a causa de la sobreofertada segunda parte de Los increíbles, que por cierto demoró en llegar mucho más tiempo del que Todomundo supuso hace casi tres lustros.

Empero, y fuerza es reconocerlo, tampoco significa que esas tres películas mexicanas tengan mucho que oponerle al resto –eso sí, por desgracia mayoritariamente estadunidense, para no variar– en términos de calidad, por más que las restantes dieciocho tampoco sean demasiado memorables.

 

De mixturas imposibles

Da la impresión de que El habitante (Guillermo Arredondo, 2017) quiso ser al mismo tiempo una película clasicista e innovadora, dos atributos que, narrativa y cinematográficamente hablando, no es que sean absolutamente inconciliables pero, para conseguir que armonicen, hace falta un grado considerable de pericia, aquí ausente por desgracia. En este caso concreto, el de una película genérica de terror, a una factura técnica visual y auditiva que no genera mayores reproches y en ciertos momentos luce bastante bien, se le hace contar una historia trillada en extremo –posesión satánica–, a la que quiso dársele una vuelta de tuerca que de ningún modo alcanza a serlo: manejar ambiguamente las causas de la tal posesión, valiéndose de un recurso que es otro lugar común, es decir, los “traumas” padecidos previamente por quien sufre la remencionada posesión. Encima, de modo absolutamente innecesario y, por decirlo así, contaminante para la trama, se involucra como tema secundario la corrupción política, asunto que de inmediato es obviamente olvidado, pues a fin de cuentas era prescindible e indiferente para el grueso de la historia.

 

De principios fallidos

Si Prometo no enamorarme (Alejandro Sugich, 2017) pretendía levedad –digamos a la manera propuesta por Italo Calvino–, lo que consiguió fue sólo ligereza o, en otras palabras, superficialidad simplona, por supuesto que para mal y, para peor, a consecuencia de pifias elementales, verbigracia, tener como punto de partida una total inverosimilitud; en este caso, el de una historia romántica decidida y deliberadamente convencional, que no por eso puede permitirse absurdos tales como pretender que una extranjera recién llegada se confíe por completo a un extraño, al grado incluso de hospedarse donde él se lo indica, y todo sin saber siquiera el domicilio, el teléfono y ninguna otra forma de localizar a la persona que supuestamente la recibiría al llegar… Sin todo lo cual, sencillamente no habría película. El resto, auténtica colección de clichés más que manidos y fórmulas deslavadísimas, termina por dar lo mismo puesto que, como suele suceder en este género, el final es más previsible que los resultados de las próximas elecciones: naturalmente, el título de la cinta será traicionado y el par de desconocidos requerirán apenas un día entero y una sarta de cursilerías para decidir que fueron hechos el uno para el otro. Para peor, las actuaciones se corresponden con el aire general del filme: lo más difícil es decidir qué rubro tiene menos calidad.

 

De buenas intenciones

El ángel en el reloj (Miguel Ángel Uriegas, 2017) es, a su manera –es decir, a título de suficiencia nada más–, una película que cumple: técnicamente ejecutada a nivel elemental, con eso le basta para desarrollar una trama ídem, carente de complicaciones o exigencias demasiado elevadas, de manera que logra su objetivo de hablar a favor del trabajo clínico, científico, social y humanitario en torno al cáncer infantil y libra, con más suerte que desdicha, el escollo de toda obra artística que antepone el apellido al nombre, es decir, que piensa más en el “mensaje” que en el vehículo para transmitirlo.

 

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