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La lectura como acto subversivo
'Cómo Pinocho aprendió a leer', Alberto Manguel, Siglo XXI Editores, México, 2017.
Por Andrea Tirado

El propósito esencial del Premio Internacional Alfonso Reyes es, de acuerdo con Felipe Garrido, afirmar la conciencia de que la educación humanística es tan necesaria como la tecnológica, y el acreedor del Premio 2017, el argentino Alberto Manguel, rinde un perfecto homenaje a esa educación en el presente volumen.

Cómo Pinocho aprendió a leer es una compilación de catorce ensayos cuyo denominador común es la literatura y su acto consumatorio, la lectura. Aborda temas diversos: la democracia como ficción, a partir de una relectura de La República de Platón; los abogados y su representación en obras literarias; una breve historia de las cubiertas y cómo éstas transformaron al libro en objeto de lujo; así como un elogio del diccionario –“talismán contra el olvido”–, entre otros. Todos los temas son abordados desde la literatura-lectura, haciendo especial énfasis en una lectura profunda que conlleva un verdadero acto de leer.

El título del libro es el de uno de los ensayos y, a nuestro parecer, el que sustenta la tesis central de Manguel. Cómo Pinocho aprendió a leer revela el secreto para aprender a leer verdaderamente tanto libros como el mundo en el que vivimos; es decir, para distinguirse de los “bibliodiletantes”, como los nombra el autor, esos “consumidores de papilla”, predilectos de la sociedad de consumo. Como bien señala José Ángel Leyva en Lectura y futuro, la sociedad capitalista no tolera a los verdaderos lectores, pues ni la sensibilidad, la imaginación o el cuestionamiento tienen lugar en una sociedad que pretende normalizar, homogeneizar y controlar a favor de la productividad.

De ese modo, partiendo del ejemplo del títere que quería ser un “niño de verdad”, Manguel muestra cómo Pinocho logra convertirse en un buen muchacho porque ha aprendido a leer, y por ende, será capaz de realizar ese “proceso mecánico de aprender el código de escritura en el que está codificada la memoria de una sociedad”, lo que le permitirá funcionar en dicha sociedad, respetar las reglas –escritas– y “pertenecer” a esa normalidad establecida. Pinocho aprendió a leer, sí, pero no a ser lector, pues esto implica que el acto de leer llegue más allá. Aprender a leer es sólo el primer paso; el verdadero acto consiste en darse cuenta de que las inscripciones de dicho código sirven para conocer de una manera profunda, imaginativa y práctica nuestra identidad y la del mundo que nos rodea. Este aprendizaje es el más difícil y el más peligroso, porque enseña cómo leernos y leer al mundo; y eso es lo que Pinocho nunca aprendió.

Parte de esta lectura verdadera y profunda viene acompañada del acto de traducir. Manguel desarrolla esta idea en uno de los ensayos al presentar la lectura como la traducción de la realidad del mundo en nuestra propia y sentida realidad. De tal manera, todo texto se convierte también en una multitud de otros textos, redefinidos en otros contextos, en otras experiencias, en suma: resignificados. Así, según el autor, al texto fijo el lector-traductor propone, un poco derridanamente, un texto nómada cuyo significado no acaba por anclarse nunca, sino que será resignificado infinitamente con cada nueva lectura, creándose una constelación de significados infinitos.

En esta constelación Manguel sitúa otra de sus tesis principales, lo que llama un entendimiento doble del mundo. Es decir, “el descubrimiento de que la inteligencia y la imaginación son los instrumentos que necesitamos para desentrañar el misterio que nos rodea, dicha revelación está escondida entre líneas, en las palabras que narran una historia inventada, pero que sabemos nuestra”. No se necesita de otra cosa, y ambos instrumentos están en nuestras manos; es por ello que la lectura se presenta como un acto subversivo.

En un mundo en donde casi todo lo que nos rodea inhibe el pensamiento y conduce a lugares comunes, los libros y la lectura se presentan como el acto subversivo que estimula la inteligencia y echa a andar la imaginación para encontrar el secreto sugerido entre líneas. La lectura es vista como aquello que nos hará cuestionar lo establecido, el funcionamiento propio de la sociedad; una lectura que permita aprender a pensar, a interrogar el dogma sin conformarse. El desarrollo de la imaginación, según Manguel, permite disolver las barreras y quebrar los límites, en suma: “poder subvertir la visión del mundo que se nos ha impuesto”. ¿Qué mejor manera puede haber que estimular la imaginación mediante las palabras escritas?

El cuestionamiento se alcanza también mediante el vocabulario que aporta la lectura, pues nos permite salir del restringido margen léxico que los medios, el discurso político y la publicidad imponen. Al ampliar el vocabulario se abre otro mundo infinito en el cual no hay límites, y lo ilimitado resulta siempre aterrador por ser incontrolable.

El autor afirma que la escritura elimina los dos más grandes obstáculos a los cuales se enfrenta todo ser humano: el tiempo y el espacio. La escritura es vista entonces como remedio contra el olvido, como una suerte de inmortalidad; nuevamente incontrolable. Si aprendemos entonces a trascender el estadio primario de Pinocho para aspirar a esa lectura profunda, la vida misma se revelará ante nuestros ojos como un solo y gran libro que debemos aprender a leer entre líneas, usando la inteligencia y la imaginación para descubrir su misterio. Se debe apostar por ser verdaderos lectores, por aceptar esa responsabilidad que conlleva el poder de la lectura-escritura, un poder de inmortalidad e infinitud, herramientas para inquirir los límites-normas impuestos por la realidad; el objetivo es aprender, en suma, a escapar de los lugares comunes que buscan limitarnos.

 

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