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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Nuestra santa voluntad

omo el marido llevaba días sin aparecer, la comadre fue a visitarla. Se sentaron en las mecedoras a disfrutar el frescor de la noche. Oiga comadre, desde hace rato le está picando el brazo un zancudo, dijo la que venía de visita. Sí, ¿verdad? Ya hasta tiene ahí hinchado, comadrita. Sí, dijo la anfitriona con la vista clavada en la oscuridad. Si quiere que se lo mate, se lo mato. No, comadre, me consuelo con sentir que algo me pica.

Este consuelo inútil me recordó mi última incursión en el futbol.

Jugábamos en los llanos de la Cabeza de Juárez, en la calzada Zaragoza saliendo de México a Puebla. El equipo se llamaba Valladolid y como nuestra camiseta era verde y los cronistas deportivos le habían puesto la “esperanza verde” a la Selección Mexicana, nuestros partidarios nos apodaron “La esperanza inútil”, tanto por el color del uniforme y la perseverancia con que perdíamos como por el bolero que eternizó Daniel Santos: “Virrrrgen de medianoooche, virrgen esoéres túu…”

Si quienes han regido los destinos del país, nuestros destinos, no recurren a la fuerza ni se deciden por el caos, dentro de una semana estaremos eligiendo, entre otras autoridades, al Presidente de la República. Y yo votaré sin esperanza ni ilusiones, pero con el compromiso de defender mi voto crítico.

Pienso que hoy por hoy lo único que puede servirnos es este compromiso a la hora de votar. Compromiso realista frente a las circunstancias y en defensa de nuestra voluntad. No. No podremos optar entre una derecha siniestra realmente-existente y una esperanzada izquierda ambiciosa e hipócrita que desde antes de Lenin suele dar un pasito para adelante y dos pasitos para atrás. Hablando en plata política y no en oro filosófico, antes que derecha o izquierda de pensamiento, palabra y obra, lo que hay son intereses, intereses de casta, de bando, de clase…

La abrumadora mayoría de quienes se dicen de izquierda viven aspirando al poder… sí, al poder vivir-como-los-de-derecha, como ésos que no quieren cambios porque así viven bien, o casi, y se conforman. Comúnmente la ciudadanía se identifica con la ideología dominante, es decir por los valores de la llamada derecha. Y lo que vemos ahora es el agotamiento de esos valores: la moral judeocristiana; la familia heteropatriarcal excluyente; el principio de autoridad tan socorrido como sustraído del discurso oficial; la razón y las bellezas validadas por el criterio y el gusto hegemónicos; la normalidad democrática con resultados electorales que sólo se toleran cuando la voluntad local coincide con la codicia global; el orden violento que empieza depredando la vida, que sigue con la violencia de quien reacciona y que acaba en persecución y más violencia.

Sin embargo, debido sobre todo al hartazgo, la ciudadanía puede votar por la “izquierda”. Aunque después, una vez harta de “izquierdismo”, regrese, ¡viva la democracia!, a lo malo por conocido. Porque tanto la derecha como la izquierda oficiales son parte del tablero de ajedrez institucional que por insostenible necesita transformarse a conciencia y de raíz.

Las encuestadoras han funcionado como hardware del inmundo aparato de dominio “democrático”, y el manejo de sus estimaciones constituye el software que legitima mediáticamente los fraudes. Sin embargo, hoy como nunca antes en la historia del país, las mayorías saben lo que no quieren –la tradición de elegir en México es más antigua de lo que creen quienes se han apoderado de la palabra y el pensamiento–; la mayoría sabe por quién votar y contra qué votar. Por ello esa santa voluntad que se percibe por donde quiera sólo se podría torcer con un fraude mayúsculo y mortal. De ahí la necesidad urgente de ver con claridad el peligro y de asumir un compromiso. Se acabó el reposet de creernos diferentes de la derecha que no se atreve a decir su nombre; ahora, como nunca, es imprescindible la acción, además del pensamiento y la palabra, para hacer respetar nuestros votos.

 

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