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1968: el año de las muchas primaveras

Con parquedad reconocida los almanaques suelen evocar fechas jubilares sin mencionar el antes ni el después de los sucesos que registran, ni mucho menos las sinapsis
que unen a éstos con otros sucesos y procesos. Algo semejante hace también el historiógrafo taxidermista, aquel que arranca al hecho histórico de su hábitat sociotemporal, lo limpia a su amaño de cierto polvo y cierta paja, lo diseca con primor y lo presenta detrás del vidrio de algún insectario público, clavado para siempre con el alfiler indiscutible de la inmutabilidad de las cosas. A esta óptica retrospectiva del ojo tuerto, ora el diestro, ora el siniestro, viene a añadirse el influjo siempre cómodo y poderoso del mainstream y además, en la actualidad, el valor contante y sonante que el mercado comunicacional y político asigne a la ocasión recordatoria respectiva. Factor éste no pocas veces decisivo a la hora de (re)escribir la historia.

Mucho de esta sesgada manera de mirar hacia atrás se observa en estos días de primavera europea, cuando una marea de monografías, memorias, testimonios, balances y ediciones especiales inunda las librerías y los kioskos de diarios. Tema de tal inundación es el emblemático año 1968. En especial aquella primavera en París y en Praga. Aunque las coordenadas geográficas del justamente legendario ’68 abarcaron una región mucho mayor que la que se extiende entre el Sena y el Moldava, fueron sin duda las primaveras parisina y praguense las que mejor simbolizan el epicentro del sacudón telúrico que hace cincuenta años remeció los establishments de Europa. Y agreguemos, sin temor a exagerar, también del resto del mundo, porque no fue una, ni dos, sino fueron muchas las épicas primaveras que en esos tiempos hicieron temblar el “orden establecido”, de este a oeste, de norte a sur: Estados Unidos, Alemania Occidental, Italia, España, Bélgica, Polonia, Yugoslavia, Japón y, hasta un cierto punto discutible, también en China, durante la wuchanjieji wenhua dageming 1. También en Argentina, México, Chile, Uruguay, Brasil, movimientos estudiantiles remecieron los edificios orinientos del Poder con estruendos de primavera, aunque tuvieran lugar en invierno.

La coincidencia que une el mayo de París y
el de Praga es quizá calendaria, pero menos casual de lo que podría parecer a simple vista. La genealogía de ambas arranca del tronco común que significó la segunda guerra mundial y sus consecuencias. Sin duda el tumultuoso movimiento estudiantil de aquella época se engendró en esa matriz histórica tan jodidamente europea, a la que no permaneció ajeno ningún país del Viejo Continente, ni siquiera los que frente al conflicto se autodeclararon neutrales. La valo­ración y ponderación que la juventud hizo del capítulo más horrendo del pasado siglo xx tiene, por lo tanto, un innegable carácter postraumático y fue distinta de país en país. Su denominador común fue el rechazo radical a esa vergonzosa herencia de plomo recibida de sus padres, y su decidida militancia en la causa de la libertad
y la paz mundial. No por acaso fue en la entonces llamada República Federal de Alemania, donde la implacable condena estudiantil a “la generación de los hechores” -muchos de ellos reciclados como políticos “demócratas” en altas funciones de Estado- alcanzó su máxima expresión. Menester es recordar que aunque en Francia, Checoslovaquia, Italia, Polonia, Grecia, Dinamarca, Ucrania, Bielorrusia, Yugoslavia, Hungría, Noruega y otros países se organizaron y combatieron movimientos de resistencia contra la ocupación alemana, también actuaron fuerzas no despreciables de colaboracionistas que, después de la guerra, supieron acomodarse a las nuevas condiciones impuestas por los contendientes de la guerra fría.

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Es plausible suponer que los primeros brotes de la primavera de Praga comienzan a asomar, tímidos todavía, por entre la asfixiante maraña de revelaciones públicas con que el informe al xx Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en invierno de 1956 da a conocer las dimensiones más que trágicas del estalinismo, al mismo tiempo que anuncia su propósito de renovación y democratización de la entonces aún joven sociedad socialista soviética, que acababa de sobrevivir la guerra más apocalíptica de la Historia. Como es sabido, tal propósito deviene en manos de la burocracia partidaria del pcus en maculatura. No obstante, su solo enunciado logra agitar las conciencias y fervorizar las esperanzas de muchos que creen en él y comienzan a bregar por su realización. Esporádicos, surgen en Polonia, en Yugoslavia, en la misma Unión Soviética algunos movimientos iniciales de protesta que exigen dar los primeros pasos en dirección a un futuro socialista donde la palabra “libertad” no suene a calabaza hueca. Pero es en Praga donde las agujas de los sismógrafos comienzan a volverse locas cuando, en enero de 1968, un funcionario comunista más bien gris y hasta entonces poco conocido, Alexander Dubček, es electo Primer Secretario del pc checoslovaco. Desde esa posición -hasta entonces indiscutible- del Elegido, anuncia un breve “programa de acción” que apunta a corregir las deformaciones del sistema político imperante a través de una renovación democrática del Partido, del Estado y de la Sociedad, sobre la base de un efectivo pluralismo. Tal programa se reduce a la formulación escueta, y sin duda atractiva, de un objetivo primordial: “Un socialismo con rostro humano”. Lo que sigue a este anuncio es una verdadera explosión de entusiasmo popular. La atención internacional comienza a concentrarse en lo que sucede en el pequeño país. Pero también dudas se hacen oír. La ola de simpatía o rechazo frente al experimento checolosvaco es de motivación tan variopinta como los intereses de los bloques político-militares en que se hallaba dividido el mundo de entonces. Lo que siguió es conocido. El proyecto de renovación iniciado en enero de 1968 concluye en agosto del mismo año con la ocupación de Praga por tropas del Tratado de Varsovia. Fotos de la época muestran a jóvenes que, frente a los tanques invasores, alzan retratos de Dubček, Lenin y Marx, pero también del Che. Casi veinte años después de aquella esperanza, nacionalistas eslovacos y checos, antes hermanos, deciden que poco y nada los une, y todo los separa. Checoslovaquia, como unidad político-administrativa, deja entonces de existir, para dar paso a la República Checa y la República Eslovaca. Y en ambos países, como en todos los otros del “socialismo real”, aquella lejana ilusión de un “socialismo con rostro humano” es sustituida de inmediato, sin emociones ni temblores, por la realidad de un neoliberalismo de una sola cara.

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Los vientos huracanados que comenzaron a soplar en las calles de París a comienzos de mayo, aunque no idénticos, fueron muy semejantes a los de Praga. Muy pronto quedó claro que no soplaban para desempolvar el viejo sistema existente, sino para derrocarlo y sustituirlo por uno nuevo. Lo que ocurrió en las calles de París no fue un simple proceso de renovación de lo que había, sino una revolución. Mejor dicho, el anuncio esplendoroso de una que no llegó a ser.
André Malraux, en esa época ministro de Cultura de Charles de Gaulle, reconoció: “El ensayo general de este drama suspendido anuncia la gran crisis de la civilización occidental.” Sus palabras reflejan uno de los enésimos intentos por entender aquel mayo parisino en sus intrincadas dimensiones y alcances.

Como la de Praga, tampoco la primavera de París del ’68 fue de generación espontánea. La década anterior había ido agregando sin cesar ingredientes de la índole más distinta al caldo de cultivo de la que emergió, y que durante todo ese tiempo se cocía a fuego lento en la marmita de la subconsciencia francesa y europea. Fue aquella década en que el “primer mundo” se convertía a la religión del consumo a costa del saqueo y endeudamiento crecientes del “tercero”; años en que el perfil humano de la persona ya comenzaba a desdibujarse en la abulia del consumidor-masa; cuando el aparato político y económico del sistema, a parejas con el paternalismo autoritario de una democracia estadística, funcionaba inmutable porque se sabía perfecto; una década en que la defensa de los “valores occidentales y cristianos” ante la “amenaza comunista” se entendía compuesta por un artefacto nuclear y un cerrojo cerebral. Pero era también la década de una insólita revolución que osaba salir al encuentro de un destino diferente al que los augures del Capitolio habían prescrito para la América Latina; era el tiempo de la América ricacha que se enfrentaba aún perpleja a los beatniks, al flower power, a los black panthers y se afanaba en una nueva forma de matar y morir en Vietnam; un tiempo en que Francia comenzaba a comprender que con la bestialidad de sus paras 2 no lograría retener a Argelia en los grilletes coloniales, pero sí perder para siempre su dignidad de Grande Nation; también era el tiempo del aggiornamento con que El Vaticano pretendía alcanzar una “claridad más grande de pensamiento”, para entender mejor al Hombre y su Mundo, más allá de los bordes de una medallita parroquial. La década de gestación del ’68 parisino fue, además, cuando la píldora anticonceptiva abre las puertas a la liberación sexual a una generación que se da en pensar que All you need is love es la mejor fórmula para arreglar el planeta; la década en que el Fluxus se echa a andar en pos del “arte total”, sin direcciones prefijadas ni ordenanzas del tránsito, al ritmo de un piano loco preparado por John Cage; cuando Heráclito y Marx, Lenin y Babeuf, la Luxemburgo y Gramsci se sacudían de encima el polvo de los dogmas en que los habían sepultado vivos y regresaban de sus tumbas a la vida silbando un “valsecito bailador”; cuando Europa decreta la muerte de la novela y ésta, porfiadamente, comienza su resurrección en el magín de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes. En fin, de todo esto y mucho más se fue haciendo la primavera parisina del ’68, hasta que llega a la pila bautismal de la Universidad de Nanterre, la rebalsa y se extiende luego por toda Francia y parte importante de Europa. Quizás sea este ubérrimo cocktail genético de su gestación histórica lo que explique, en parte, su carácter tan desenfadadamente heterodoxo y tan resueltamente radical. Aquel fenómeno sin precedentes del “encuentro de la juventud con el proletariado” (Malraux), a pesar de algunas estúpidas desconfianzas iniciales de la “vieja izquierda”, demuestra en pocos días ser una avasalladora fuerza de creatividad y combate. Estudiantes y obreros, técnicos e intelectuales, jóvenes y viejos descubren que tenían intereses comunes que defender y derechos que conquistar. Huelgas cada vez más multitudinarias paralizan el país y aterrorizan a las “buenas conciencias de la Nación” con sus demandas por una mayor participación directa de trabajadores y estudiantes en todas las instancias del proceso político, económico y social del país, en toda la esfera de la administración del Estado. Las fábricas, los teléfonos, el correo, el transporte, los semáforos y los servicios públicos, dejan por semanas de funcionar. La alegría de la lucha popular crece en proporción geométrica al espanto de la burguesía, que sólo atina a lanzar las jaurías de las crs 3 en contra de las barricadas callejeras, las universidades y fábricas tomadas, en defensa de su Bolsa, sus bancos y sus cotos de caza. La “revolución” del ’68 cobró siete muertos. Todos ellos, víctimas de la represión policial.

En su sentido más prístinamente moral, el mayo parisino fue un alzamiento-símbolo contra Babilonia la Grande, la Madre de las Rameras y de las Abominaciones sobre la Tierra. Contra sus disfraces. Contra sus hipocresías. Contra sus crímenes. Contra su riqueza. Contra sus fetiches. Contra sus dioses, sumos sacerdotes y soldados. 1968 fue el año de la contestation más rotunda que registra la biografía del espíritu francés: todo fue cuestionado, puesto patas arriba, todo fue viviseccionado con un bisturí de reciclado filo cartesiano y sometido a las ordalías implacables de la creación poética. Porque el mayo parisino fue además una insurrección violenta y sin tregua de la Poesía, y nos recordó que ésta es parte vital de toda revolución que pretenda ser verdadera, es decir humana. Octavio Paz escribe en septiembre del ’68: “Estoy más y más convencido que la rebelión actual, sobre todo en Europa y eu, no es política sino moral y, más que moral, sensual, sentimental, emocional. Es la gran rebelión de los sentidos.” Carlos Fuentes memora que en el mismo lugar donde comienza Rayuela, en la calleja que une la rue de Seine con el Quai de Conti, donde Horacio Oliveira busca a La Maga, el propio Julio Cortázar plantó un cartel saludando a los insurrectos: “Ustedes son las guerrillas/ contra la muerte climatizada/ que quieren vendernos/ con el nombre de porvenir.” Esta fue sólo una entre las diez mil consignas que hicieron de los muros de París el pizarrón más espectacular y bello de los aprendices de hechiceros que una vez más osaron intentar el asalto al cielo, en las mismas calles donde habían sido masacrados en esa otra primavera, en ese otro mes de mayo de 1871.

“¡La imaginación al poder!”

“¡No tomen el Metro, tomen el poder!”

“Decreto el estado de dicha permanente.”

“Un pensar que se estanca, es un pensar que se pudre.”

“Cuanto más hago el amor más ganas tengo de hacer la revolución, cuanto más hago la revolución más ganas tengo de hacer el amor.”

“Estamos tranquilos: 2 más 2 ya no son 4.”

Francia para los franceses: slogan facista.”

Todos somos judíos alemanes.” 4

“El derecho de vivir no se mendiga, se toma.”

“Dejemos el miedo al rojo a las bestias con cuernos.”

“Soy marxista de la tendencia Groucho.”

“La revolución no es un espectáculo para anglicistas.”

“El tedio es contrarrevolucionario.”

“Bajo los adoquines hay playas.”

“¡Dios no es conservador!”

“¡Corre, camarada: el viejo mundo está detrás tuyo!”

Seamos realistas: pidamos lo imposible.”

Et cetera. Et cetera.

La lista de las consignas parisinas es tan larga como la memoria que las ha resguardado en el tiempo que vino después del ’68, hasta la actualidad. Quizá sirvan para otra vez. El mayo de París fue breve. Fue aventado de las calles con la misma celeridad con que se apropió de ellas. La revolución nonata murió durante el parto del que debía nacer. Cierto, en su muerte colaboró el discurso de hierro, cerrilmente anticomunista y corporativista que el general de Gaulle pronunció en la hora undécima. El gobierno no tuvo empacho en mostrar el comodín de la guerra civil asomado en la botamanga de su uniforme. Efectivamente, el general Jacques Massu, el torturador de Argel, ahora en Baden-Baden a cargo de las Fuerzas Francesas en Alemania, ya había recibido las órdenes para que los blindados de la 3ª División echaran a andar sus motores. No obstante, habría que agregar que la insurrección se extinguió en el momento mismo en que las reivindicaciones sociales de los diferentes grupos fueron separadas de la acción política unitaria de las masas, entendida ésta como una acción cultural de nuevo tipo. Así, la lucha contra “la Gran Costumbre”, “la Gran Polilla”, “el Gran Consumo”, “el Gran Sistema” (Cortázar), se perdió cuando degeneró en vademécum y no fue capaz de ofrecer un camino por andar.

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Cada revolución crea iconografías y configura su propio sistema de códigos y referencias para explicarse a sí misma y que la unan al tiempo en que tiene lugar. América Latina es, junto al “Vietnam heroico”, una de las referencias principalísimas de aquella primavera insurreccional.

Naturalmente que América Latina ya estaba presente en París desde mucho antes de comenzar el mes de mayo de 1968. Porque en esa pobre América de las satrapías bananeras y las sangrías rutinarias de los golpes militares, algo había comenzado a cambiar. El 1 de enero de 1959, un ejército de barbudos no sólo había irrumpido a la fuerza en La Habana, sino ante todo en la conciencia activa de todo un continente y de allí al imaginario rebelde de toda una generación mundial. A partir de esa fecha y de manera acelerada destacamentos de choque del pensamiento joven, en decenas de ciudades entre el Río Grande y la Patagonia, se daban en sacudir desfachatadamente el árbol del fruto prohibido, y aventar de paso las telarañas de una sociedad que olía a naftalina. En las infinitas extensiones latinoamericanas del hambre y la miseria comenzaban a multiplicarse las comunidades de base de los cristianos pobres, cada vez más dispuestos a desclavarse de la cruz y echarse a andar. Ni las dictaduras militares, ni las adormideras reformistas, ni el gran guiñol de la “Alianza para el Progreso” parecían impedir que a la amenaza monstruosa de “crear dos, tres, muchos Vietnam” comenzaran a crecerle brazos, patas y cabezas. Cualquier cosa, menos eso: Vietnam era a la sazón el lugar donde el Imperio Más Poderoso del Mundo (en aquel tiempo una definición en ningún caso peyorativa) por primera vez se rompía los dientes en el lodo blando de los arrozales.

Así los asuntos, ya antes de que comenzara mayo, la embajadora indiscutible de esa América Latina que comenzaba a cansarse de su posición de rodillas frente a la historia, era Cuba: ninguna advenediza en la actualidad europea y francesa. Jean Paul Sartre ya había publicado “Huracán en el azúcar”, una serie de artículos sobre la ex­periencia revolucionaria cubana, no exentos en aquel tiempo de admiración, cariño y respeto. Desde un comienzo Cuba estuvo presente de cuerpo entero en el estudiantado de París, en el corazón de la revuelta, en su poética y en la llama del discurso. Para los estudiantes de La Sorbonne o Nanterre y los obreros de la Renault o Sud-Aviation, Cuba ya no era una isla, era un arrondisement, un banlieu, una ruetan propia como el Boul’ Mich’ o Saint Germain-de-Prés. El “hombre nuevo”, solidario, creativo y libre, profetizado por el Che, daba señales de su existencia en cada uno de los insurrectos. En una de las mil discusiones maratónicas de la Cité Universitaire, el ejemplo de Cuba es enarbolado una vez más por Sartre quien les recuerda a los estudiantes que en Cuba la teoría de la revolución había nacido de la experiencia revolucionaria, en vez de antecederla. Era exactamente lo mismo que en esos momentos estaba ocurriendo en París. También Fidel y los suyos habían echado por tierra los pruritos dogmáticos de la “vieja izquierda” y las teorías anquilosadas de “las vanguardias”. Por todas partes se repetía que “este movimiento nuestro es a la revolución francesa (y europea) lo que el ataque al Cuartel Moncada fue a la Revolución Cubana”. El Che reunía sus huesos dispersos en Vallegrande y no faltaba a ninguna de las asambleas en el Odeón ni olvidaba cumplir sus turnos en las barricadas del Quartier Latin. Junto a él, codo a codo, l’oncle Ho, el Gran Timonel Mao, y también Rimbaud, Baudelaire, o el viejo pendejo de Louis Aragon. Y Roberto Matta, Jean Cassous, Michel Piccoli, Jean-Louis Barrault, Jean-Luc Godard, Marguerite Duras, Michel Butor, Julio Cortázar, Paul Ricoeur, Alain Touraine, Alfred Kastler, tantos.

El mayo francés fue europeo y latinoamericano. “A través de Francia”, dice Carlos Fuentes, “podemos comprender y ser comprendidos.
Esta revolución también es la nuestra”, y recuerda las palabras de un estudiante con el que conversó en Bari: “Dígale a sus lectores y a sus amigos en Hispanoamérica que no se dejen desorientar, que esta lucha de los jóvenes europeos es a favor de ustedes, conscientemente. Estamos continuando, por otros medios, la lucha de Zapata y Guevara, de Camilo Torres y Frantz Fanon. Luchamos contra el mismo mundo de la opresión centralizada”. Son palabras que hoy, cincuenta años después, bajo el aturdimiento espeso del marasmo global, tienen una resonancia de patética ingenuidad.

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En el ’68 la primavera mexicana terminó en el octubre de Tlatelolco.

Como en París, en México el movimiento telúrico social se gestó en las universidades, en la unam, la Iberoamericana, la Benemérita Autónoma de Puebla, La Salle, El Colegio de México.
Y a él se fueron sumando en el curso de los meses ingentes masas de obreros, intelectuales, dueñas de casa, pequeños comerciantes, profesionales de todo tipo. Agrupados todos en el Consejo Nacional de Huelga, cuyo programa de lucha exigía una medular transformación democrática del país, la libertad de los presos políticos, mayores libertades cívicas y políticas, y el fin del cacicazgo matonesco del pri. El movimiento culminó el 2 de octubre de 1968 con la escabechina de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en el centro fundacional de Ciudad de México, ordenada por el propio presidente Gustavo Díaz Ordaz y ejecutada por tropas policiales, militares y paramilitares, con la asesoría activa de la Central de Inteligencia de Estados Unidos, efectuada bajo el nombre operacional de “Litempo”. El número exacto de víctimas se desconoce hasta el día de hoy.
El gobierno mexicano impuso una censura de treinta años, que prohibió informar sobre la matanza. El periódico inglés The Guardian estima que la cifra de 325 muertos es la más probable. Diez días después de Tlatelolco comenzaron con toda solemnidad los xix Juegos Olímpicos, en el Estadio Olímpico Universitario de Ciudad de México, los primeros realizados en América Latina. En señal de protesta, Octavio Paz renunció a su cargo de embajador en India: “Luego del gran ritual azteca del 2 de octubre en la llamada Plaza de las Tres Culturas, decidí que lo único decente que podía hacer era cortar toda relación con Huitzilopochtli y su gran sacerdote.”

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Las primaveras de Praga y París, y el octubre púrpura de Tlatelolco, han devenido en instantáneas en blanco y negro que hoy amarillean en álbumes cada vez más desmemoriados de las familias felices, junto a un trozo de estuco del Muro de Berlín, algún panfleto con la palabra “compañero”, quizás un clavel rojo, seco y sin ningún olor. Bajo los adoquines, catequiza ex cathedra algún contemporáneo, no existen playas ni nada que se le parezca, sino sólo una red de cloacas inmutables.

Muchos de los que ayer desde la tribuna del agitador describían con pasión inigualada el color de la esperanza y llamaban a “avanzar sin transar”, hoy –en las pausas que su adiposidad le permite- queman lo que ayer adoraron con la misma intransigente vehemencia con que ayer quemaron lo que hoy adoran. Muchos, demasiados, de los líderes que ayer desde su altura avizoraron la tierra prometida de justicia y equidad de los hombres libres, hoy recomiendan con humor alopécico que el político con “visiones” debería ir al oculista o consultar un psiquiatra. Los estrategas infalibles que ayer organizaban y capitaneaban la transformación inmediata de los sueños en realidad, hoy se remiten a la etimología sumisa del convertido para probar que la Utopía es un lugar que existe sólo en el Absurdo. Para muchos héroes de ayer, la Realidad era algo que sólo estaba para ser cambiado; para los mismos, hoy es el Abracadabra que puede transformarlo todo a condición de que no se cambie nada. Sí, aquel mayo del ’68 sirvió también para advertirnos que a menudo las revoluciones suelen ser planeadas por utopistas, realizadas por fanáticos y aprovechadas por sinvergüenzas.

“¡Qué planeta, hermano, qué mierda increíble! ¡Pero siempre con una florcita creciendo encima del montón de mierda, como en el poema de Allen Ginsberg!”, le escribía Julio Cortázar a Gregory Rabassa, su traductor estadunidense, el 26 de junio de 1968, comentando suspiroso la derrota de la primavera de París.

Una florcita como para llevarla en el ojal, hasta la próxima. Aunque sea nomás por joder

 

Notas

1. Transcripción latina de “Gran Revolución Cultural del Proletariado”.

2. Abreviación de “parachutistes” – tropas paracaidistas de asalto del ejército francés.

3. Compañías Republicanas de Seguridad.

4. Este lema fue acuñado como respuesta a los odiosos ataques antisemitas de la derecha francesa en contra de Daniel Cohn-Bendit, entonces uno de los líderes del movimiento estudiantil parisino.

 

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