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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

El vacío de la ley

Para Federico Samaniego

 

En El proceso, Kafka introduce una parábola que un sacerdote narra a Josep K, el protagonista. La parábola, que lleva el título de Ante la Ley, es un género literario cuya enseñanza no tiene una respuesta única, pero que, en el caso de Kafka, guarda como un enigma el tema fundamental de su propia vida y de su obra y, como una premonición, el de los Estados totalitarios: el padecimiento de un castigo arbitrario amparado por la Ley.

Un campesino, dice la parábola, se encuentra ante la puerta de la Ley que está abierta y custodiada por un guardia de aspecto sobrecogedor, que le dice que no puede entrar en ese momento. Ante la negativa, el campesino espera. Pero ese momento nunca llega. Mientras se pasea y husmea a través del hueco de la puerta, intenta convencer infructuosamente al guardia, incluso con sobornos, que le conceda el permiso. “Si tu deseo es tan grande –le dice sonriendo el guardia– intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso y el último de los guardias. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. El tercer guardia es tan terrible que no puedo siquiera mirarlo.” Intimidado, el campesino continúa esperando a lo largo de los años, hasta que le llega la muerte. Mientras agoniza, pregunta al guardia por qué, si todos buscan la Ley, nadie ha llegado para intentar como entrar él. El guardia le responde que esa entrada estaba reservada únicamente para él y con su muerte cerrará la puerta.

El gran enigma de la parábola no es el guardia, ni el miedo ni la intimidación –toda ley es custodiada por la presencia y la amenaza de un aparato policíaco brutal–; tampoco el que la puerta de la Ley esté abierta. El enigma puede resumirse en una pregunta: ¿por qué el campesino no entra? ¿Realmente, como lo señala el guardia, nadie puede conocer la Ley porque es imposible franquear su aterradora custodia? O ¿en realidad la Ley está vacía, tan vacía que si el campesino entrara desmoronaría su presencia basada en un horror psíquico? No lo sabemos. Lo único que sabemos –y de ello da testimonio toda la obra de Kafka– es que el aparato, que dice custodiarla, es tan intimidatorio que inhibe cualquier sentido de la libertad y de la Ley.

Kafka no podía ir más allá. La visión que el mundo de su época y la brutalidad de su padre le impusieron fue la de un período inhumano que pronto llegaría con su intolerable y absurdo rostro; un período en el que la Ley, como en su Carta al padre y El proceso, será sólo el terror y el medro inevitable de la tiranía, el crimen y la demagogia.

Detrás de Ante la Ley está la inhumana topografía de la crisis civilizatoria que vive el mundo actual; está también, en su particularidad, México y su Ley de Seguridad Interior, sus crímenes, sus desaparecidos, sus fosas, sus presencias criminales y sus narrativas tan sobrecogedoras, para disuadirnos, como las del guardia de la parábola; están también sus demagogos que, disputándose en largos y aburridos shows mediáticos la custodia de la Ley, nos prometen que el próximo primero de julio nos dejarán por fin entrar en ella. Mientras tanto, los ciudadanos, si no nos asesinan como es el destino del protagonista del El proceso y de tantos y tantas otras en nuestro país, languidecemos impotentes, paralizados, pero absurdamente ilusionados con la idea de que el nuevo guardia cumplirá su palabra de dejarnos entrar en la Ley.

Kafka sabía, como escritor y judío, que en el principio era la Palabra, el sentido y la Ley que lo contenía. Lo que no sabía es qué había después. Es la pregunta que no deja de hacernos en su parábola, que no deja de hacernos la realidad que nos circunda y que él, para su desgracia, entrevió.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

 

 

 

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