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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La muralla invisible

Hasta hace pocos años se escribía poco sobre la enfermedad desde el punto de vista del paciente. Claro que tenemos La montaña mágica de Thomas Mann; La muerte de Virgilio de Hermann Broch, esa caudalosa agonía del enfermo que se despide de la vida incorporando al delirio sueño y recuerdos del mundo y, cómo no, El Sur, de Borges. Pero ésas son recreaciones, hechas con la materia de la enfermedad mezclada con la invención. Borges, pudorosamente, mezcla la descripción de su septicemia con la enfermedad de Dahlmann, porque, reitero, hasta hace algunos años pocos escribían de sus males.

Ignoro si se consideraba de mal gusto o descarado.

Eso, apuntaba Virginia Woolf, es extraño, si consideramos que la gran mayoría de nosotros hemos padecido cualquier cantidad de cosas y éstas nos afectan profundamente, más tenazmente, me atrevo a decir, que la mayor parte de las experiencias que nos facilita alegremente la salud. ¿Cuántos libros se escriben sobre el amor, el sexo o el dinero en comparación con lo que se escribe en primera persona sobre la enfermedad?

En su ensayo sobre la enfermedad, Woolf habla del ser como si nuestra esencia estuviera encerrada en una especie de traje de buzo con un visor. La enfermedad empaña o mancha el visor; ensordece y debilita al portador, le dificulta moverse, pensar, comer. Yo disiento de ella en una sola cosa, aunque su descripción me parece inteligentísima: yo sostengo que el traje de buzo también somos nosotros. El cuerpo es un espíritu disfrazado, leí en alguna parte y se me grabó para siempre. No es el disfraz del espíritu. Es el espíritu mismo, presente en cada célula, en cada acción involuntaria y puramente física como el latir del corazón.

La enfermedad nos aparta de los demás: el enfermo está preso en su cuerpo doliente o en su mente herida, que también son él.

La enfermedad se alza, insalvable como el muro de una cárcel, y pocos pueden salvar el abismo que se abre entonces entre el enfermo y el sano. Suelen ser los cónyuges, los hijos, los padres, los amigos cercanos y no siempre saben cómo. El enfermo también lo ignora. Está perdido en el océano de la enfermedad, a merced de los síntomas y del dolor, enemigo de la orientación. El médico no puede cruzar y acompañarlo, aunque su trabajo consiste en conocer el abismo: si se acerca demasiado al enfermo pierde la objetividad necesaria para el tratamiento.

Yo pienso que escribir sobre la enfermedad es cantar una especie de épica del caído, con protagonistas maltrechos y obligados al heroísmo, con cuerpos heridos en batallas que suelen ser invisibles, con armas gastadas: la jeringa, la compresa, la pastilla, la solución que gotea dentro de la vena. Es el campo de batalla después de la lucha, donde sólo hay caídos y pocos actos son hermosos. Por eso, quizás, esa escritura necesaria es tan escasa, al menos en español.

Es notable cómo en nuestra sociedad estar enfermo es un asunto que tiene absurdas connotaciones: los actores, por ejemplo, se resisten a aceptar públicamente que padecen cualquier dolencia. Quizás es porque la prensa rosa es todo menos rosa y se ensaña de forma obscena hablando de los enfermos. José José sería el caso más reciente. Todo, su aspecto físico, su estado de ánimo, las relaciones con su familia, es escrutado de forma desvergonzada, como si la enfermedad lo despojara no sólo de su fuerza, sino también de su dignidad.

Y aquí he llegado al quid de esta reflexión. Tal vez en México no sabemos cómo tratar a los enfermos porque identificamos la enfermedad con debilidad, asociación parcialmente verdadera, aunque no considera, ni de lejos, al ser en su conjunto. De ahí y de forma brutal, consideramos la debilidad como falta de dignidad. Y ahí sí que regamos el tepache.

El enfermo tiene la misma dignidad que el sano; lo que no tiene es salud. Ya es hora de entender esto: es muy importante. Necesitamos un ombudsman de los enfermos.

 

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