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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria de la mujer forzada

Dónde es aquí que no termina su horizonte y me despiertan sus nudillos en los ojos. Y cuándo ya no más de ahí que viene conmigo desde entonces, que no me suelta aunque lo suelte, que no se va y no cesa y en la noche me embiste la memoria, y por encima de mí y por debajo, a mis costados siempre la llama de su sombra, su ruido de insecto erizado en mis silencios. Es esa hora de una tarde inalterable, fija en un taxi en una ruta inesperada, en un pulcro consultorio se supone, o en un rincón del patio o en el baño del colegio, en una sacristía cerrada desde adentro, un autobús a mediodía en carretera, la oficina en horas extras, contra la barda rota de un baldío, en la punta sin remedio de una esquina, en una muda bocacalle a las orillas que se vuelcan en mi centro, o en la casa de infancia si lo era en esa media noche desasida, en esa insomne madrugada, tanta la anchura y el poder de sus dominios. Miro alrededor y nada. Tengo lacerados los codos, hundidas las ingles, cortes de vidrio en las costillas; golpes y rasguños en la cara, las uñas levantadas, el cabello en plastas sudorosas y marañas, magullados los muslos de burlas y amenazas, prensada la voz en la garganta, los ojos terrosos, rojos y aterrados. O eso mismo en disimulo, con el tacto sedoso y sigiloso, tramado poco a poco en las pausas y astucias de la voz, del juego que deslumbra y confunde indefensa la mirada y al cabo asesta sin reserva una vez y otra y más su manoseo. Miro a mi alrededor y nada. Todo quieto y llano y afuera a cada cual lo suyo y su distancia. De aquí a dónde, me pregunto todavía. A quién le digo qué. Y cómo. Y quien o quienes su tumulto. Ese pasmo que agrieta en un instante los talones; esa soledad que saca pellejos a los labios. Busco mi cuerpo entre las prendas que le quedan, busco su forma deformada, retorcida en mi persona, y me tropiezo con él y se me encaja, se aleja luego y se ovilla en las palmas de mis manos que me cierran, que me pliegan en un hueco que no era de mi alma. Pasan los años que no pasan. Ahora me levanto y vago descalza por la casa o doy vueltas nudosas en el lecho. Aún tengo las agujas del miedo punzando en los huesos temblorosos y el aliento; en los hombros, las mejillas y la frente la negra sal de una vergüenza sin fisuras; la mordida de la ira contenida en la quijada, tu olor untado que me cunde la arcada de la náusea. No quiero estar aquí que es ahí no importa donde vaya. Me acechabas. Me rodeas. Me sitiabas. Me detienes. Tú que estabas cerca y yo contigo a salvo me decías. Tú mi padre, mi tío, mi primo, mi abuelo, amigo o compañero entrañable y alevoso. O tú un desconocido que llega por la espalda embozado, desatado, abandonado al arrebato de sus manos y el fardo inmundo de su cuerpo. Pero a esta madrugada vengo al fin a que pase esa hora que no pasa. Ya no más los ojos bajos y vedados los espejos. Ya no más la noche dislocada y el día tartamudo en su recóndito silencio. Ya no contaré los días de tu vida, ya no esperaré la limpia de tu muerte. De adentro vuelvo a mí y miro a plena luz tu sonrisa contrahecha, carcomido tu rostro en tu deseo. Una a una escupo entonces las letras de tu nombre y retumba en el aire tu derrumbe. Se raja el mármol del secreto, la planicie interminable de su celo. Así me dejo atrás para encontrarme enfrente. Así te dejo solo sin coartada ni recurso, solo contigo en la plaza sin mi culpa y mi vergüenza, atado tú contigo a tu violencia.

 

 

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